En la imagen Jonás Alonso y David Castillo, dos trabajadores en un matadero cerca de Tokio, en “Abierto en canal” de Takuya Yokoyama“
Abierto en canal nos recuerda que la sangre puede limpiarse de la ropa, pero no de las estructuras sociales que nos hacen sangrar. Samuel Viyuela González y Alba Enríquez, en su adaptación y dirección de la obra Abierto en canal de Takuya Yokoyama (Osaka, 1977), nos arrojan, con la crudeza de una sanguina, a un universo teñido de óxido y de rojos densos. No es casual que esa técnica de dibujo lleve ese nombre: reproduce los matices de la sangre en su transformación, del rojo inicial al marrón de la coagulación, los mismos que se impregnan en la ropa blanca de los trabajadores del matadero, donde el rojo fresco va cambiando de tonalidad sin dejar de estar presente.
De entrada, la reacción instintiva es el rechazo: nadie desea contemplar de cerca aquello que preferimos que lo hagan otros. Pero la puesta en escena insiste en recordarnos que no se trata de un simple espectáculo gore, sino de una realidad que late en los márgenes de la vida cotidiana. Porque lo verdaderamente insoportable no es la sangre, sino la certeza de que unos pueden elegir y otros no. Lo mismo que quien rebusca comida en un contenedor no lo hace por una “elección de gourmet” tampoco quien trabaja en un matadero lo hace por vocación. Es la necesidad la que dicta, y es ella la que arrastra a unos a donde otros jamás se acercarían.
Los trabajadores del matadero -Jonás Alonso y David Castillo- realizan un trabajo enorme marcando la diferencia-
La atmósfera creada por los plásticos de la escenografía diseñada por Meloni, entre manchas y olores persistentes, de los que se quejan los actores, no busca ser acogedor, sino significar la incomodidad. Y, sin embargo, en ese espacio hostil, los trabajadores encuentran tiempo para el café, para la conversación trivial, para el desahogo de pequeñas penas: un hijo que rechaza a su padre por el olor que trae consigo, una obsesión por cierta marca de sopa que se convierte en refugio íntimo. Allí, entre vísceras y bolsas, la obra revela con sutileza que incluso en medio de lo inhóspito late un corazón, que la rutina más brutal también guarda un resquicio de humanidad.
La dirección nos coloca así frente a un espejo incómodo: el recordatorio de que lo que rechazamos de golpe es, para otros, el pan de cada día. Y que la diferencia entre uno y otro no radica en la sensibilidad, sino en la desigualdad de poder elegir.
Si no fuera ya suficiente trabajar en una cadena donde la res entra viva y sale troceada, existe la posibilidad de que en el proceso desaparezca el bulbo raquídeo, indispensable para detectar la EEB —la enfermedad de las vacas locas— y certificar la carne como apta. En ese caso, el coste recae sobre los propios trabajadores.
David Castillo, el trabajador que teme dar asco a su hijo, porque huele mal, y calma sus penares comiendo sopa.
De pronto, desde la derecha del escenario, aparece un joven con un pijama de conejo. Poco a poco se despoja de él y se viste de adulto, hasta llegar a la sala de afilado. Los trabajadores lo confunden con un nuevo empleado inexperto al que habrá que enseñar. Pero la situación empeora cuando el muchacho presume de no haber trabajado nunca y declara que preferiría un puesto en dirección, lejos de la faena sangrienta que realizan ellos. En ese instante suena la alarma: ha desaparecido un cerebelo. Uno de los trabajadores se retira en busca del cerebelo; el otro permanece con el joven. Cuanto más insiste este “ni-ni” en detallar su virginidad laboral, más se enciende quien lo escucha.
Sin embargo, un giro se produce cuando, tras mofarse de la situación, descubre su identidad: es hijo del dueño de la granja porcina que más abastece al matadero. Ha acompañado a su padre porque este busca enviar a sus animales a un matadero en Chiva, donde al menos reciban una muerte digna. Entonces el joven relata un recuerdo infantil: el día en que vio cómo unas vacas eran arrastradas al matadero con una argolla en la boca, chillando y sangrando mientras otras, las que se quedaban, lloraban de miedo. Un relato estremecedor que los trabajadores escuchan sin aparente contrariedad, pues esa violencia forma parte de su vida diaria.
La fábula con animales se convierte así en un espejo inquietante: lo que padecen ellos, lo padecemos también nosotros. Porque lo verdaderamente insoportable no es la sangre, sino la certeza de que unos disfrutan de la posibilidad de elegir, mientras otros se ven obligados a aceptar aquello que nadie escogería voluntariamente.
El carnicero -Jonás Alonso- increpa al niño de oro -Oriol Pàmies-, en presencia de su compañero -David Castillo
Y ya no os cuento más, porque lo que escribo no tiene otra finalidad que invitaros a acudir a una función de Abierto en canal. Solo así podréis descubrir lo que sucede en la sala de afilado del matadero. Y pasan muchas cosas: el texto es envolvente, fértil en sugerencias y asociaciones que nos llevan, casi sin darnos cuenta, a identificarnos con esos dos empleados que al principio sentíamos lejanos. Bajo la aparente omnipresencia de la sangre, late un trasfondo sutil y profundo.
Samuel Viyuela González y Alba Enríquez, firman una adaptación y dirección primorosa, a la altura de un texto que exige cuidado y precisión. El trabajo actoral de Jonás Alonso y David Castillo es enorme: encarnan a los dos trabajadores que, aunque se ocupen de la tarea que preferimos dejar en manos ajenas, no están desprovistos de ética ni de empatía, aunque la sensibilidad se la hayan tenido que tragar, mojada en sangre.
El contrapunto lo pone Oriol Pàmies como el joven animalista, heredero de un criadero de cerdos. Su personaje revela lo poco que han cambiado los sistemas de clase desde el medievo: seguimos viviendo con cuotas de desigualdad social que, con otro ropaje, resultan inquietantemente similares.
Jonás Alonso, el trabajador, y Oriol Pàmies el hijo del dueño del criadero de cerdos, que aunque no lo sepa pide a gritos que lo maten.
Esta obra abre en canal no solo a los animales, sino también a una sociedad que prefiere no mirar de dónde viene lo que consume ni el alto precio que paga, para sostenerlo
Abierto en canalestá programada a partir del 18 de septiembre de 2025, en el Teatro Infanta Isabel de Madrid, mas información AQUÍ
Autor: Takuya Yokoyama Dirección y dramaturgia: Samuel Viyuela González y Alba Enríquez
Elenco: Jonás Alonso, David Castillo y Oriol Pàmies
Diseño de escenografía: Alessio Meloni Ayte. Escenografía: Lidia Gómez Herrera Diseño de vestuario: Tania Tajadura Diseño de espacio sonoro: Pelayo Rey Diseño de iluminación: Jose Miguel Hueso Taller de escenografía: La caverna del érebo Material gráfico: Mario Ballesteros Producción Ejecutiva: Darbuka Una producción de: El Vodevil Organiza: Molly Cat Productions
Gracias al apoyo de Fundación Japón,Estudio de Actores, Manolo Enríquez, Rafael Chacón, Kazumi Ikeda, Elena González, Pepe Viyuela, Hugo Nieto y Teatro Nuevo Coslada.
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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