Vivir sin dignidad

Vivir sin dignidad

Tener dignidad es el resultado de disponer de una renta mínima necesaria para la supervivencia y de no tener una vida generadora de miedos.

Una vida generadora de miedos es aquella en la que nacen constantemente miedos diversos o bien se sostienen idénticos miedos, quizá un solo miedo, de forma rigurosa y constante.

Si conseguir una renta mínima pareciera cosa sencilla en el mundo desarrollado occidental para una amplia mayoría de sus habitantes, no tener miedo es cosa verdaderamente más difícil.

El ansia por vivir desahogadamente puede generar fácilmente una vida con miedos, puesto que al estar dispuestos a casi todo por conseguir ese objetivo de índole económica, podemos encontrarnos atados de pies y manos al miedo.

Así, cualquier trabajo puede convertirse en generador de miedos por la dejación que hacemos de nuestras responsabilidades como empleados ante las pulsiones de nuestros jefes. Y de paso podemos dedicarnos a cercenar la vida de nuestros compañeros.

Vemos pues que hay grandes obstáculos que superar para poder aspirar a tener una vida digna. Y la dignidad es la base sobre la que edificar el edificio de una vida serena y sosegada.

Podemos decir que muy pocos de nuestros congéneres la han alcanzado o están en vías de ello. La sociedad occidental se caracteriza por ser una sociedad carente de dignidad.

Si no la tenemos, podemos vivir con parches varios que nunca sustituirán la esencia de lo perdido o no alcanzado pero que nos pueden dar la ilusión de obtenerlo y acapararlo.

Esas ilusiones conforman el eje de la ideología moral predominante en Occidente, que se caracteriza por ser ortopédica.

Así, se nos calza desde arriba una moral en lugar de construirla nosotros mismos desde abajo. Además esa moral es sustitutiva de otra que nunca llegará a existir y que nos permitiría desarrollarnos humanamente en lugar de encorsetarnos.

La conjunción de moral ortopédica y ausencia de dignidad real, caracterizan a los hombres y las mujeres de hoy, lastrando sus posibilidades y haciéndoles vivir en un barrizal moral y humano en el que chapoteamos muy libremente.

Es cierto que estamos a gusto en el barrizal y que nos hemos dotado de una plena libertad con tal que no salgamos de él para explorar otras vías de acceso a la realidad.

Los medios de comunicación de masas y los medios de entretenimiento masivo son la expresión afortunada de esa libertad plena que nos hemos concedido para chapotear.

La dignidad real es el medio y a la vez el resultado para alcanzar una vida mejor. Pero, ¿quién le pondrá el cascabel al gato?

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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