Valientes idiotas, Javier Divisa

Valientes idiotas, Javier Divisa

valientes idiotas divisaDivisa es escritor. Tiene exactamente aquello que no puede aprenderse en ninguna jodida escuela de creación literaria. Una rara cualidad que distingue a los tocados por la gracia y que es algo tan sencillamente exquisito como la capacidad de observar el mundo.

Ahora bien, eso no es todo. Divisa tiene tiempo para mirar. Se lo concede. Pero entonces, ¿por qué no se ocupa de construir el tiempo en su novela?

La literatura necesita de tensión narrativa para ser memorable, para llegar a convertirse en una experiencia. Desde luego, eso no garantiza que la obra final tenga una calidad mínima. Basta con pensar en la colección de gañanes que suelen ocupar los estantes de “los más vendidos” en las librerías que ustedes frecuentan. Esos cabrones manejan de un modo endiabladamente académico los recursos más clásicos del arte narrativo. Probablemente alguno de ellos llegó incluso a sacar un Notable+ con felicitación del maestro  incluida durante su etapa pre-escolar en un ejercicio de redacción sobre las catedrales góticas. Seguro que metió sexo y misterio. Y al final el ladrón era el electricista. Pero no se dejen engañar. Les falta precisamente lo que a Divisa le sobra: miran, pero no tienen ni puta idea de lo que han visto.

Pero insisto, la literatura necesita de tensión narrativa para ser memorable. Necesita de alguna construcción de sentido que permita una sensación de avance. De otro modo, los hechos se van sumando sin modulaciones de voz. Se acaba constituyendo una mera acumulación aditiva en la que todo es una repetición de lo igual. En ese panorama, el lector se siente ajeno a cualquier tipo de desarrollo. Una impresión se sucede a otra, todas ellas situadas en un mismo nivel de importancia (o lo que es lo mismo, todas ellas acumuladas en un plano único) hasta establecer una textura fragmentada y atemporal en la que no pueden brillar como debieran los resaltes significativos. Precisamente porque se han suprimido las posibilidades de contraste.

Recuerdo que durante el acto de presentación de “Valientes Idiotas” (Amargord, 2015) se habló de la capacidad del autor para dejar, tras la lectura de la novela, una especie de “retrogusto”,  a la manera en que los buenos vinos nos sorprenden con matices que se nos habían ocultado tras una primera prueba. Pero yo tengo exactamente la impresión contraria. Creo que Javier Divisa explota su innegable calidad en una sucesión de presentes absolutos que no permiten un “después”, que no pueden re-unirse porque falta un centro de gravedad que los organice. Mi sensación mientras leía la novela era la de asistir a una dispersión acelerada de partículas de significado. Me era imposible acceder a algo así como un reposo de lo que allí estaba sucediendo y que pudiera conformar al fin una experiencia narrativa.

A lo mejor yo soy un poco antiguo.

La verdad es que nunca me ha seducido demasiado toda esa experimentación formal que cada cierto tiempo viene a reinventar la novela. Siempre he creído que es extraordinariamente difícil ser un buen novelista, pero podría definir de un modo bastante sencillo las dos características que, a mi modo de ver, deberían configurar la mente de uno de esos genios como el de William Somerset Maugham: una enorme capacidad de leer dentro del mundo y la habilidad de alumbrar tiempo.

Divisa es un maestro en lo primero. Un auténtico virtuoso en el descubrimiento de los resortes y mecanismos que animan a tantísimos valientes idiotas.

Pero necesito el tiempo, Divisa.

Necesito el tiempo.

Autor

Javier Cristóbal
Javier Cristóbal es madrileño, psicólogo disidente y profesor de Integración Social. Ha publicado los libros "Genealogía de lo Imposible" (Vitruvio), "Feroces de Pensamiento" (Vitruvio), "La hospitalidad de la intemperie" (Amargord) y "Heterotopías" (Amargord).

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