Una noche en Amalfi, de Begoña Huertas

Una noche en Amalfi, de Begoña Huertas

Una-noche-en-AmalfiDe antemano sabes que la noche no va a ser la más divertida de tu vida. Hay tema. A continuación, cuidado, perversiones psicopáticas,  las novelas inglesas empiezan con una fusta de doma clásica y acaban con un corazón en una alcantarilla. Pero los ingleses son un puto coñazo. Italia mola; con entramado y entorno; elegante al estilo de Henry James y los tripulantes de un ferry con pamelas, elegantes letras helvéticas y gin-tonics, y poc a poc todo se va abocando al puto caos, el thriller, el suspense, en un ejercicio de visionado evidente, incluso agradecido: la peli y el libro son la misma cosa.

Por tanto el libro no suda, es una peli de papel con un malo, una guapa y un pobre hombre. Se bebe mucho, se filosofa lo justo y se putea bastante, pero un thriller sin putadas es como un jardín sin flores y un idiota sin razón (tampoco te puedes pedir un Nestea en un puerto de Napoli). Una mierda, un desastre. No es el caso, ni la intención de Begoña Huertas. Primera división. Tipo Sporting, pero primera.

Ir en descapotable por la costa amalfitana en medio de la noche, con el sabor del whisky todavía en el paladar parecía un escenario de ensueño; y sin embargo la pesadilla se iba imponiendo, sus tentáculos se introducían, lentamente, en el barro de lo real.

Guardo el detalle de la literatura universal, de la tortilla de patatas (cuando no se tomaba con pajita o cuchara de bebé), de lo permanente ante la experimentación retórica de ponerle un marquito del IKEA a los cuentitos modernos de cinco amish y un bukowski de Jack Jones y Starbucks. Hablo de literatura comunal, colectiva. La novela va de celos y putos locos. Se desarrolla en el paraíso;  Amalfi (ese importante matiz), como premisa de que a menudo no hay edén sin averno. Puerto Hurraco no tendría sentido. Tampoco Chipiona. Nirvana sin abismo. En Amalfi hay Moretti, Campari, mar turquesa, reminiscencia de mercados orientales, perfumes, joyas, arquitectura barroca, alemanas borrachas, señoras que dicen Santa Madonna. Amalfi es de puta madre. Monísimo. Ideal. ¿En qué momento se jode todo? Pues cuando la realidad se pone la máscara y somos nosotros los que tenemos el cáncer de páncreas, suavizando, somos los que nos damos la hostia con la mierda del chucho que tiene la vecina Lady Orfidal del tercero derecha, y no alcanzamos a ver la hamburguesa de la puesta de sol, la expectación de la vida. Y ante tanta belleza nada tan perfecto y rematado como sofocar al lector, en esa agradable turbación de la literatura de pasa-página, que viene a ser la agradable condensación que recrea Begoña Huertas, que lo va regando todo de  alcohol, noche (No se oía ni se veía nada, como si de pronto la noche, más que una referencia temporal, fuera una cápsula que le envolviera y le asilara del mundo) tengo una sorpresa para ti y los paisajes imaginarios de la vida real que quizá no lo sean tanto.

Otro tema importante es la fascinación que nos ofrece Lidia. El odio de la suegra rancia es fascinante, y la detracción de las comuniones, los dedos retorcidos en las sandalias, los pantalones piratas y los chalecos de los niños (aquí hubo risas colectivas, y alusiones). Los congresos de cuñados.

….las legañas apretujadas en los ojos como los nudos de las corbatas mal hechos.

El horrendo piensa mal y acertarás se dibujaba en cada una de las feas caras que se aproximaban a él para insistir en la misma idea. 

Gracias Begoña por no traspasar los límites de la repulsión. Muy agradecido: Lidia no era Ana y los Siete. 


Así era Lidia. Traía viento fresco, de aeropuerto, de vida en el aire; viento fresco de Rusia, de amplitud de miras, de otros idiomas y otros climas, de horizontes nuevos. Sacaba las botellas de vodka de la bolsa de plástico y la guasa y el buen humor la rodeaban. Sergio estaba orgulloso. Era su chica.

Otra determinación de la novela: antes era el paraíso, ahora la mujer bonita, audaz y divertida. Reincido, no se puede ambicionar la tensión narrativa del thriller psicológico entre Seseña y Chabelita. Necesitamos perder personas admirables, necesitamos que su ausencia ocurra en la gloria. Necesito maniobra y estrategia, literatura breve sin tuntún, la evidencia de la correlación entre las taquicardias y la crítica social, el punto donde la novela deja de ser fútil. Y vaya, con Una Noche en Amalfi, un 2 en la quiniela.

Y además Begoña está buena y huele bien.

Una noche en Amalfi, Begoña Huertas, El Aleph Editores.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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