La hembra apócrifa es un recorrido por la escritura a través de íntimos y secretos pasadizos que conducen a un lado y otro del corazón, en sentidos opuestos, en continuas bifurcaciones, porque todo trasiego personal es un viaje extraño y confuso, pero eminentemente revelador.
Los ochenta y un poemas de Adriana Davidova son, en su conjunto, el itinerario de un sueño a través del sueño. La poesía de Davidova late con pulso de veneno y destino de bálsamo, porque el devenir es doloroso y el amor convive con tantas otras expresiones del sufrimiento que se hace cuesta arriba continuar la lectura de su libro con el mismo ánimo con que los niños se enfrentan al desierto, ellos que convierten en ilusión el amarillo de la arena. Mas es posible expresarlo todo, como indica la autora, pese a la demora o pese a la tristeza, porque aunque no soñemos, soñamos.
El escalofrío de La hembra apócrifa no viene dado por el honesto reflejo que la poeta ofrece de su interior, sino porque sitúa el espejo frente a nosotros mismos, y es nuestra desidia, nuestro desasosiego, el que se nos impone como una montaña mágica donde sanan los recuerdos y los olvidos. Para todo esto es necesario enfrentarse al rostro que somos. Davidova lo hace con el suyo propio y con un caudal de poemas.
Parafraseo una de sus composiciones breves, y animo al lector a emprender la búsqueda de esta correspondencia, cuando declaro que su libro al cerrarse ya no se lee, pero se clava en el corazón. Continúa en mí una preciosa afirmación de la escritora: Nada importa, es el primer día. La poesía de Adriana Davidova es un dardo en la esperanza.
La hembra apócrifa, de Adriana Davidova. Los libros de Ouka Leele, 2013



