Transformación

Transformación

Las tertulias de Justo Sotelo


Hoy presentamos un relato de José Manuel Lasala, tertuliano desde hace ya varios años, economista y abogado, y que un día decidió apuntarse a un taller de escritura, a ver que salía. Desde entonces ha escrito varios cuentos. Transformación es el último que ha salido de su pluma.

TRANSFORMACIÓN

Por José Manuel Lasala

Lajos medía dos metros y tenía un porte marcial al caminar, y había sido seleccionado para formar parte de la escuadra que se encargaba del traslado del Cristo de la Buena Muerte (cofradía vinculada a la Legión en la Semana Santa malagueña). Mientras esperaba en el atrio de la Iglesia, le vino a la memoria su infancia en Budapest, o mejor Buda, la ciudad antigua, oriental y occidental al mismo tiempo, que recordaba como a una dama venida a menos con sus suntuosos edificios que estaban pidiendo una rehabilitación, y ese Danubio que partía la ciudad como una cinta plateada.

El Cristo de la Buena Muerte. ¿Cómo sería la suya? A menudo pensaba en ella, no tenía prisa y debía andar con cuidado entre la gente, buenos camaradas casi todos con un pasado que nadie tenía interés en remover. El presente era lo único importante y así vivían al día. Pero siempre teniendo cuidado, como aquel incidente con el ruso, que decía que era cosaco y presumía de haber matado a varios antes de ingresar en el tercio. Lo sorprendió metiendo la mano en sus cosas y acabaron en la tapia del cuartel; el ruso fue a parar a la enfermería, aunque el teniente médico no hizo demasiadas indagaciones.

Legionarios sacando el famoso Cristo de Mena en la Semana Santa de Málaga.

El oficial da la orden. Se adelantan los nueve primeros hombres que van a izar la Cruz sobre los hombros con unos movimientos acompasados mil veces ensayados, y se pone en marcha la cofradía a paso lento. A ambos lados de la calle, mucha gente guarda un respetuoso silencio. En la clara noche surge vibrante una saeta, como una oración en una voz clara de mujer. A Lajos le da tiempo de verla fugazmente, no puede volver la cabeza, es una mujer de mediana edad morena con mantilla, el pelo de un negro brillante, estirado hacia atrás con una flor roja en la cabeza, una belleza andaluza pensó, cuanta pasión puso en su canto desgarrado, impregnado de tristeza. Por supuesto que a él, que no era creyente, estas cosas no podían afectarle, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Después al pasar por las tribunas, llega la primera orden que se repetirá varias veces a lo largo del recorrido: ¡Arriba el Cristo! Y la pesada Cruz de Juan de Mena se eleva sobre sus cabezas. Se escuchan más saetas. Hombres y mujeres expresan su sentimiento; los primeros, con emoción, algunas mujeres, además, con lágrimas. No importa cómo sea su vida mañana ni cómo haya sido en el pasado. Como si se tratara de una catarsis colectiva, trasladan sus sentimientos a lo que escuchan en respetuoso silencio. Entre saeta y saeta, algunos aplausos al paso del Cristo.

Por fin otra orden y los hombres se relevan. Ya iba siendo hora. Lajos tiene el hombro y el brazo casi dormidos. Ahora marcha acompasando el paso a los demás, la cabeza alta y mirando al frente como indican las ordenanzas.

Vivía cerca del río, y allí en el bastión de los pescadores conoció a Zulia. Era el cabecilla del grupo, el jefe de la banda; daba las órdenes y planeaba las operaciones. Todo iba bien al principio. El resultado de sus acciones le permitía llevar una vida regalada. Preparó el asalto a un banco que, según les decía, les retiraría a todos. ¡Lajos, tu espera en la puerta con el coche en marcha y cuando nosotros salgamos arrancas a toda velocidad! Lo ensayaron mil veces, mil veces reconocieron el terreno, mil veces repitieron los movimientos de cada uno, pero en aquella ocasión, todo salió mal. Lajos escuchó disparos dentro; aun así, esperó tal como se había convenido, pero cuando oyó llegar los coches de policía, pensó que haría mejor marchándose. Luego se enteró que había habido dos muertos, el empleado de seguridad que había conseguido sacar su arma y uno de sus compañeros. Los dos restantes estaban en poder de la policía, y a él le buscaban por toda la ciudad.

Otra vez la orden. El Cristo apenas si cabe por las estrechas calles que bajan al puerto. En el silencio solemne siguen las saetas rompiendo la noche. A Lajos le vuelve a impresionar el llanto profundo de algunas mujeres bajo sus mantillas cuando pasa la Cruz; cada una tendría un fracaso o varios por los que llorar, pero a él le recordó el llanto de Solvey cuando le dijo que tenía que irse. Se habían conocido en una cafetería de la Plaza de los Magiares y rápidamente comenzó una relación que ya duraba un año. Ella no le pedía ni exigía nada, pero le proporcionó los momentos de más tranquilidad de su existencia. Únicamente una vez le pidió que cambiara de vida; ahora lamentaba no haberle hecho caso.

Consiguió pasar la frontera checa, y en Praga se refugió en casa de unos conocidos que le hablaron de un lugar en España donde nadie preguntaba qué había hecho, ni de donde venía, ni siquiera su nombre verdadero. Tras muchas vicisitudes y un largo viaje, con el temor de que en cualquier frontera pudieran detenerle, embarcó en Marsella y llegó a Melilla.

La procesión se aproximaba al final. Llegaron a la iglesia. Depositaron la Cruz y fueron conducidos a la residencia. Al día siguiente embarcarían para Melilla.

En este punto el narrador se encuentra con un problema. No sabe qué hacer con Lajos. ¿Qué haría para que este relato pareciera una profunda vivencia? Quizá fuera lo mejor borrarlo y prescindir de la historia. Por un momento creyó encontrar la solución; se lo preguntaría a Justo Sotelo, pero no, él le diría quizá que no llegaba ni a proyecto de mini best seller. Ya está…, Lajos, a su regreso, encuentra en una casa de putas el amor de su vida que lo redime y lo lleva a buen puerto, a una familia y a la tranquilidad.

Lajos vuelve a Melilla, a la rutina de soldado de fortuna, pero su vida ya no será la misma. Incrementará su afición a la bebida, y las visitas a los burdeles cuando estaba libre de servicio donde siempre era bien recibido y donde dejaba gran parte de su escasa paga. De nada le servirá maldecir de todo, hasta el punto de llegar a escandalizar a sus compañeros de armas. El Cristo de Málaga se le había metido dentro. Llegó a pensar que era como si le quisiera decir algo que no entendía y a lo que no dejaba de dar vueltas. Esto a veces le inclinaba a reacciones violentas tan corrientes en el entorno en el que se desarrollaba su vida y otras a sentir un fuerte rechazo a todo tipo de violencia. Desesperado, intentó huir pero la policía le encontró y le devolvió a su unidad donde conoció los castigos a los que eran sometidos los desertores, el calabozo y el aislamiento.

Al cumplir el tiempo de servicio que le quedaba se licenció. Después de unos años de desorientación, acumulando golpes y fracasos, y sin poder encontrar ningún sentido a su vida, tuvo varios trabajos, algunos de ellos, de dudosa legalidad, hasta que, bajo nombre supuesto, regresó a Budapest.

Un día que se encontraba paseando por la orilla del río se le acercó un fraile. Llevaba un modesto hábito ceñido por una correa y una barba que casi le llegaba a la cintura, tan blanca como su despeinada cabellera. Se acercó a preguntarle una dirección. Ya ves, salgo poco del monasterio y no conozco ni mi ciudad, le dijo. Sus encuentros se hicieron frecuentes a partir de ese momento, así como las visitas de Lajos monasterio donde conoció lo que significaba la vida monástica y disfrutaba de la amplia biblioteca de que disponían los frailes. Y llegó a conocer a autores místicos como Eckehart, Jäger y Juan de La Cruz, y comenzó a acompañar a los frailes en algunos de sus ejercicios. Al final ingresó como novicio en el monasterio donde debe permanecer todavía como fraile.

Autor

Justo Sotelo
Novelista y catedrático de Política Económica, es profesor en los prestigiosos ICADE (Universidad Pontificia de Comillas) y CUNEF (Universidad Complutense de Madrid). Licenciado y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española. Ha escrito varios libros de economía y decenas de artículos, así como cinco novelas (La muerte lenta”, 1995, “Vivir es ver pasar”, 1997, “La paz de febrero”, 2006, “Entrevías mon amour”, 2009 y “Las mentiras inexactas”, 2012), sendos ensayos sobre los escritores Manuel Rico, 2012, y Haruki Murakami, 2013, y un libro de microrrelatos, los "Cuentos de los viernes", 2015. En la actualidad está escribiendo un segundo libro de microrrelatos: "Cuentos de los otros" y una nueva novela.

7 comments

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    Pues me ha gustado mucho este relato y me gustaría que el autor me dijera donde puedo encontrar mas obras suyas. Espero que publique muchos mas.

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    Gracias por este relato, me ha devuelto a todas las Semanas Santas que pasaba en Málaga , me ha recordado un montón de cosas agradables y llenas de alegría; nosotros eramos de los que iban al Puerto a recibir a la legión, y los que después nos llegabamos hasta la iglesia donde los legionarios hacían el traslado del Cristo de la Buena Muerte.

    Este relato ha sido como volver de nuevo a pisar esas calles, a volver a Málaga a dsifrutar de los tronos, ahora vamos todos los años con el corazón, desde que nos falta una persona muy querida no hemos podido ir de otro modo.

    Gracias por hacernos regresar otra vez¡¡

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    Antes de nada quiero felicitar a José Manuel Lasala, por este cuento. Me alegra que hable del Cristo de la buena muerte y del tercio de la legión y su relación con la Semana Santa de Malaga.
    De la veneración que tienen por su Cristo y que como novios de la muerte, que así se llaman ellos mismos, llevan envolandas como nadie la imagen, y Lasala lo describe de forma genial. el dolor en los brazos que tienen y la transformación que Lajos, esta sitiendo de forma paulatina en su interior y que le cambia la vida. Del silencio al paso de los legionarios y de su marcialidad sin igual, el paso lento. y tambien describe aun cuerpo que nunca pregunta de donde procedes. Como dice su propio himno. (Nadie aspire a saber quien soy yo). Donde Lajos tiene cabida y encuentra un sentido a su propia vida.

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    Gracias juan Jose por tu comentario. Ese es el sentido que tiene o al menos así lo capté yo tambien. Si lo he podido trasmitir me alegro de verdad.

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    Si señor, +1 por este relato! .
    Después de leerlo, me han entrado ganas de ir a verlo en persona el año que viene a Málaga.
    Que Jose Manuel Lasala siga con sus talleres de escritura y nos deleite con más relatos como este por favor.

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