Trabajos del reino, de Yuri Herrera

Trabajos del reino, de Yuri Herrera

La Tarántula, agosto de 2015

 

Querido A… No sé si aún te mantienes fiel a La Ley que rige en nuestro medio, ley no escrita (oh, paradoja) y de artículo único que nos obliga a leer exclusivamente a autores viejísimos o muertos. Cabe informar a visitantes y profanos que se trata de una norma dictada por el puro sentido común (de ahí que no precise redacción), y que garantiza nuestra supervivencia como autores a la vez que vela por la salubridad general del hábitat que, mejor o peor, cohabitamos; norma, pues, fundamental que sólo ocasionalmente se relaja para incorporar a nuestra dieta lectora alguna que otra tolerable frivolidad, alguna chuchería ligera como la que suponen escritores vivos y más jóvenes que, en todo caso, deberán contar con la ventaja haber nacido antes que nosotros, por si acaso… Todo autor que crea en sí mismo y no busque suicidarse ignora firme y soberanamente a los autores de su misma generación, por lo que pueda pasar. En cuanto a los más jóvenes, en el caso de que exista alguno, son condenados genérica y sumariamente a un ostracismo sin redención, y arrojados tras un muro de silencio e ignorancia impenetrable a sus balbuceos, a cualquiera que sea su burdo protolenguaje. Es así, cualquier autor riguroso y autoexigente sabe que detrás de él no hay nada porque no puede haberlo: detrás de nosotros y nuestra escritura, sólo silencio y rechinar de dientes, sólo la barbarie o ni eso, el mundo devuelto a su perfecto silencio original…

El narcocorrido, un nuevo mester de juglaría. (Ilustración de Matt Taylor)

El narcocorrido, un nuevo mester de juglaría
(Ilustración de Matt Taylor)

 

 

Esta ha sido, querido hermano, nuestra fe y nuestra norma desde el instante primigenio y sobrecogedor en que movimos los dedos y floreció un mundo fabuloso de imaginación y tinta azul: entonces comprobamos que el mundo existía sólo porque nosotros lo creábamos, porque lo amamantábamos “hilo a hilo”… Y comprendimos con orgullo y solemnidad la grave responsabilidad que asumíamos, la importancia capital de nuestra tarea, pues si se interrumpía el baile de nuestra mano sobre el universo vacío de la hoja, retornaría el vacío, la oscuridad blanca y plana, el infierno tan temido del no-ser.

Tal fe en nuestro protagonismo indiscutible y creador es un edificio enhiesto y flamante que alegremente se yergue en el cenit de nuestra fuerza vital; una erección que, claro, con los años va perdiendo lustre y firmeza, y sin remedio vemos cómo merma y se inclina, se arruga, ay… Quiero decirte que pasan los años y vamos abriendo los ojos a esta realidad espantosa e intolerable: la realidad prosaica y notarial que nos informa de la existencia de autores más jóvenes que, la verdad, tampoco lo hacen del todo mal. De tan cruda manera comprendemos que si nuestro mundo arde o enmudece o salta por los aires, no pasa nada porque en el mundo hay más y mejor y de todo, vaya por Dios.

Así hemos llegado a saber de Yuri Herrera, insolente que osa haber nacido en 1970 (¿de qué va?) y que en 2004, esto es, con 34 años, estampó su soberbio copyright en Trabajos del reino, la bella y admirabilísima historia que te envío y que resulta ser su primera novela.

Yuri Herrera, con su libro

Yuri Herrera, con su libro

Te diré que me he aplicado mansamente la cura de humildad, que hasta he disfrutado casi como cuando era un muchachito y empezaba a descubrir el placer intenso y G R A N D E que guardaban para mí —sólo para mí— esas criaturas tan extravagantes y adorables, los libros.

Yuri Herrera toma de su México natal el barro elemental de su ficción, que es el narcotráfico y la violencia sádica y delirante que lo sustenta. Habla del chancro de crueldad que cubre la faz de ese México suyo inconcebible y, de todas las maneras en que podría hacerlo, elude las más obvias y opta por la ficción alegórica, renunciando casi por completo a las referencias directas a “la realidad” y convirtiendo su historia en algo muy parecido a una fábula, casi en un cuento de hadas, inteligente maniobra que amplía el alcance y la universalidad de su arte, además de su valor estético.

Reducidos a su función elemental dentro de la trama, los personajes que articulan esta historia no tienen nombre porque no lo necesitan y son de forma simple y suficiente el Rey, la Bruja, el Heredero, el Gerente, la Niña, el Doctor, el Peligroso, la Cualquiera… Y maridándolos a todos en este relato colorista y brutal, entrañable y bárbaro y poético, el protagonista absoluto, que es —claro— el Artista… Herrera sabe o intuye con acierto que un artista sólo puede estar hecho con pegotes, esto es, con claroscuros, matices y contradicciones, y por eso su Artista es excepcional en un teatrillo en el que todos los demás personajes no son ni necesitan ser nada más que lo que indica su nombre: un rey, una bruja, un heredero, una cualquiera… Criaturas de una pieza como las figuras del ajedrez, pues con eso le basta y le sobra a un autor para contar su historia y para meter en ella todo lo que tiene que tener una historia si la queremos resultona y pintiparada, además de eficaz y perdurable: maldad, erotismo, ambición, cobardía, avaricia, brutalidad y buen gusto, más o menos lo que tienen todos los cuentos de hadas y lo suficiente para que podamos seguir contando y escuchando historias hasta que llegue el soplido que barra nuestra especie.

Y para hablarte un poco del libro y no sólo de mis cosas, te diré que el reino aludido en el título es el que gobierna el capo a cuyo servicio entra el Artista con la crítica misión de cantar y propalar su grandeza, pues qué sería de los reyes y de sus reinos sin bardos que les hagan el retrato para la posteridad, sin juglares que glosen y divulgen verso a verso la gesta de sus feroces batallas, sus vastos dominios, sus incontables riquezas, su crueldad inefable ante el enemigo y su afecto y su generosidad también ilimitada para con los que le son fieles. Un rey desprevenido podría creer que incorporar a su plantilla a un juglar sería un capricho y una frivolidad; podría suponer que en el fastuoso decorado que es cualquier palacio, el poeta sólo sería un elemento decorativo y accidental, prescindible y menor. Pero todo rey bien informado sabe que, muy al contrario, la pieza clave de su reinado es justamente ese tipo esquivo y resbaloso que se ocupará de contarlo, de cantarlo; de fijar y divulgar su obra y su figura conforme más conviene que se hagan estas cosas. Por eso los reyes se rodean de poetas, de pintores y músicos, y los controlan y alimentan con el mismo celo con que controlan y alimentan a sus sabuesos o a su yeguada.

Portada del libro en Editorial Periférica

Portada del libro en Editorial Periférica

En cuanto a los trabajos a los que se refiere Yuri Herrera, entendemos que son dos básicos los que ha de despachar el Artista y cualquier artista, el Hombre y todos los hombres. El primero es un trabajo absurdo y necio, innecesario e idiotizante, un trabajo sucio y vil propio de siervos y de imbéciles, que consiste en adscribirse a una fe ajena y ciega, a un credo con el que identificarse y por el que estar dispuesto a batirse más o menos hasta morir. El segundo, contraparte del primero, es un trabajo doliente y hermoso, largo, complicado y absolutamente necesario, aunque casi nadie lo afronte; un trabajo iluminador y noble, que nos cimenta y construye y eleva, trabajo costosísimo que consiste en descreer, es decir, en desprenderse de la venda podrida de la fe y abrir los ojos, sacudirse la segunda piel que es cualquier credo y permitir que el sol y la lluvia, el aire y la libertad bañen nuestro cuerpo entero y bello y desnudo, y ya de paso que empezamos a sentir, empezar también a pensar pero por cuenta propia, con ideas propias y no prestadas.

El reino puede ser una religión, una mujer, una profesión; una ideología, una fantasía, una peña taurina. Etcétera. Los trabajos consisten en sostenerlo, primero, y dinamitarlo después. Trabajos que casi siempre quedan incompletos, ya te digo, pero sólo así crecen los hombres, sólo así dejan de ser niños-artistas al servicio de un rey caprichoso y déspota, quienquiera que sea. Sólo atravesando los páramos de la decepción y el des-engaño podremos ganarnos la palabra y nuestro nombre, como se lo gana en Trabajos del reino el Artista, que se llama Lobo y es manso y leal hasta que se descubre fiero y nómada, salvaje y libre.

Arrumbado el mito ajeno y falaz, querido amigo, ya es posible el reencuentro con la realidad auténtica y personal. O bien: sólo hallarás tu propio camino cuando abandones el establo de la fe, que en tu ceguera podría parecerte un palacio. Creo que sabes bien de qué te estoy hablando.

Recibe mi afecto viril y un cálido abrazo en este fin de verano súbito. Septiembre también es el mes más cruel.

Tuyo,

Alberto

Autor

Alberto R. Torices
Alberto R. Torices (Guernica, 1972) es autor del libro de cuentos Los sueños apócrifos (2009), la novela corta Piel todavía muy blanca (2005) y la selección de relatos Yo, el monstruo (2002). Ha recibido entre otros premios el de Narración Breve UNED (2009) y el de Novela Corta ‘Tierras de León’ (2004). Formó parte del equipo editor de la revista The Children’s Book of American Birds que publicó el Club Cultural Leteo entre 2005 y 2010.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.