Taxidermia para una alondra es, ante todo, un engaño consciente: un artefacto escénico que se disfraza de múltiples formas, como el humo, que nunca se deja atrapar del todo. Y, sin embargo, no engaña en lo esencial: la necesidad irreductible que tenemos de contar nuestro propio relato, sea verdadero o falso. Porque por encima de la verdad está el deseo —a veces feroz— de ser escuchados y creídos.
Cuando escribí por primera vez sobre el proyecto advertía que Iván López-Ortega asumía aquí la triple responsabilidad del texto, la dirección —que con gran habilidad comparte con Sergio Iglesias para contar con una mirada cómplice desde fuera del escenario— y el diseño del espacio escénico. No se trata, desde luego, de un debut: su trayectoria se ha desplegado ya en escenarios como el Teatro Español, el CDN Fernán Gómez o los Teatros del Canal. Pero sí hay aquí una apuesta especialmente desnuda, personal y arriesgada.
Yo llego al teatro como siempre: sin anticipar, escuchando, dejando que la escena me encuentre. Y tras la función, como es mi costumbre, el impulso se convierte en consejo.
El celofán que envuelve el juego teatral —el vestuario, un banco azul impecable, una vitrina de museo de ciencias con animales disecados, entre ellos un conejo que es un auténtico primor— acompaña en escena a López-Ortega. No son meros elementos decorativos: son la puerta de entrada al artificio. Junto a él, una actriz de cintura precisa y experiencia sólida como Macarena Sanz conforma una pareja escénica que no se limita a “decir bien” un texto, sino que asume otros riesgos, piruetas y saltos sin red, que ayudan a intrigar al espectador, jugándose con él una y otra vez.
Esta es una reseña difícil de escribir porque no me quiero permitir ni el más mínimo spoiler. Cualquier revelación pondría en peligro la eficacia del artificio. Porque Taxidermia lo es: un mecanismo exacto de ocultaciones y revelaciones.
Sobre la pieza gravitan los sentimientos confesables e inconfesables de la condición humana. La obra nace de una pregunta que siempre regresa: ¿por qué seguimos buscando la tragedia? Tal vez porque nos permite bordear el miedo sin atravesarlo; porque, al convertirse en relato, el dolor pierde filo. La taxidermia opera del mismo modo: conserva lo muerto con apariencia de vida, lo suspende, lo vuelve soportable. El teatro también hace eso: nos ofrece un cristal —aparentemente invisible— desde el que contemplar lo terrible sin caer. Pero ese escenario lo llevamos también a la vida, ante las dantescas imágenes de un accidente, de un cadáver, de algo que sabemos que nos da miedo y que, simultáneamente, nos obliga a mirar.
El miedo a la muerte nos empuja hacia la trascendencia. Y, en su forma más sencilla, esa trascendencia consiste en convertirnos en protagonistas de algo insólito. Cada cual, en su medida, se procura su instante de gloria. Hay quien se conforma; hay quien no reconoce límite en la escalada. En ese juego ya no importa si el relato es verdad o mentira, con tal de alcanzar el sueño de visibilidad, de poder, de permanencia. En la pieza se invoca incluso a un líder internacional, pero el afán de protagonismo no pertenece solo a quienes ostentan poder: se filtra en todas las capas del deseo.
La obra es una auténtica caja de Pandora. De ella puede extraerse casi cualquier cosa. López-Ortega actúa tan activamente como un antiguo vendedor de crecepelos en el oeste: seduce, promete, extravía. Entramos en un laberinto donde, cuando parece que el juego avanza hacia un final reconocible, se repliega sobre sí mismo y vuelve al origen. Esa circularidad permite que ambos intérpretes atraviesen situaciones límite sin que lleguemos a fijar del todo su verdadera identidad. Una pantalla, situada a la izquierda del escenario, orienta lo justo para que no nos perdamos del todo en la trama… pero no nos ofrece salida alguna. Y quizá porque no la hay. O porque nadie la busca.
Porque al final —y esto es uno de los logros más inquietantes de la función— el relato épico es lo único que realmente importa.
Taxidermia de una alondra, se estrenó el 13 de noviembre de 2025, y está programada los viernes, en la Sala El Umbral de Primavera Lavapiés -Madrid- mas información AQUÍ
Autor: Iván López-Ortega Dirección: Elenco: Macarena Sanz e Iván López-Ortega Videoescena y diseño promocional: Margo García Fotografías: Olivier Theurillat Colaboración especial: Carmen Longo y Nieves Muñoz
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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