Supergods, Grant Morrison.

Supergods, Grant Morrison.

De ahí que el amante del mito sea, a su modo, un amante de la sabiduría; y es que el mito se compone de maravillas.

Aristóteles, Metafísica, 982b

 

Cuando la traducción de este curioso texto se publicó el pasado octubre en España, los autodenominados “especialistas” en cómic ya lo habían leído en su edición original en inglés de 2011 y reseñado exquisitamente en sus correspondientes blogs. Así, por lo visto, lo que Morrison narra en el primer tercio del libro dichos especialistas en la bibliografía superheroica ya se lo sabían bien, pero como yo sólo tenía una escasa idea, aprendí y gocé por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, todo muy vintage, sociológico, picante y colorista. Luego Morrison se introduce a sí mismo en la historia, pero hasta podría justificarse, puesto que considero que el itinerario que un friki “que llegó” (que llegó a ser uno de los guionistas más reputados y mejor pagados en la actualidad) también puede ser parte simbólica de la historia externa e interna del tebeo americano. Además, sus críticas de autores y colecciones son sutiles, ya que entiende que lo que puede no ser bueno visto así, puede serlo visto de otra manera, o al revés (le conviene, de todas formas, porque habla de las editoriales para las que trabaja), de modo que la escritura resulta interesante, viva y moderna, a menudo ocurrente y alternativa, siempre algo petulante e irónica, como corresponde al medio, pero admirativa en términos generales. Montones de títulos y cosas que no conocía pero conoceré se agolpan en mi biblioteca virtual, perpetuamente en crecimiento, que es aquella en que acumula todo lo que todavía tengo que leer. Seguro que hay modos más intelectuales de glosarlas, pero no tan emocionantes como este de la crónica personal. Grant Morrison es un pelín cretino (cualquiera puede comprobarlo en la autopromoción que se está -o le están- haciendo como a una superestrella cool en youtube), pero hay que reconocer que aquí has sabido hacérselo. Hasta que su recorrido histórico se topa con la obra de Alan Moore, británico como él, el Mesías del cómic, a quien no puede disimular que reverencia, pero cuya paternidad se empeña en matar, en un complejo de Edipo mezclado con el de inferioridad que hacen de su complejo un complejo verdaderamente complejo -Freud más Adler nada menos. Desde luego, es completamente inútil: Moore ignora a este mosquito como Galactus los puñetazos de la Cosa, y además él jamás se hubiera rebajado a escribir unas confesiones (cuando tuvo ocasión de hacerlo, en The voice of the fire, se limitó a describir en profundidad su localidad de nacimiento, Northampton). Neil Gaiman, más agradecido, suele decir que lo primero que hay que saber de Moore es que es un genio; pues bien, si tal halago fuera cierto, lo segundo que habría que decir es que es un cabrón, y que seguramente Morrison tenga buenas razones para querer sacudirse su asfixiante influencia…

Grant Morrison con su daimón

Lo preocupante es que, en torno a la página 325, Morrison de repente nos sale con un arrebato místico-oligofrénico acaecido en Katmandú que relata con sus armas de escritor de futurismo psicodélico a fin de convencer al lector de que es un elegido para una misión especial que comunicará o ha comunicado ya en sus siguientes cómics. De eso trataba el libro, después de todo, piensa el lector. Así empezaría Ron Hubbard, lo mismo nos quiere vender una nueva Iglesia con él como Sumo Sacerdote, han pensado alguno de aquellos “especialistas”. Pero luego la visión se diluye y vuelve a hablarnos de cómics, los suyos y los de otros cercanos a él, gradualmente más tentado de ofrecernos también una filosofía, la filosofía, por decirlo así, no del Hijo del Hombre, sino del Hijo del Superhombre… Viene, por tanto, a decir que ya somos Superdioses (el subtítulo original es Nuestro Mundo en la Era del Superhéroe, de modo que la vocación del libro era la de una Fenomenología del Espíritu de la cultura popular) si despegamos nuestra mirada de la cotidianeidad mortal y la proyectamos a la totalidad de la vida en la Tierra concebida como un pseudo-renacentista Gran Animal, tal y como dictaba su brote místico. Los hombres, especialmente, hemos desarrollado una serie de prótesis, a las que llamamos tecnología (los términos de la explicación son míos), que nos aportan efectivos superpoderes parangonables a los de Superman, y por ello no es extraño que, como especie, seamos cabalmente Superman, o al menos Clark Kent a punto de abrirse la camisa. Porque  Superman es un santo, el paladín de todas las virtudes, y nosotros, evidentemente, no, o no todavía…

Pues bien, filosóficamente la propuesta de Morrison consiste en que asumamos el criterio pragmatista de que, como decía Jodie Foster en Contact, el mundo no es así o asa, sino tal como lo hacemos, de manera que, si tomamos a Superman como divina medida del hombre, importa poco que haya sido el hombre el que haya creado a Superman, puesto que, una vez convertido en ficción, la ficción se muestra más grande que nosotros. Feuerbach se hubiese, quizá, sentido orgulloso. Spinoza, que afirmaba que el ateismo no era, para él, una cuestión metafísica, sino ética, y que, por tanto, filosóficamente, sólo filosóficamente, hay Dios, también, salvando las enormes distancias. La estrategia de no mezclar la pregunta por la naturaleza de Superman con su génesis humana -es decir, que nos conste que a Superman lo hayamos hecho nosotros en dos dimensiones no es para él una dificultad teórica, sino una mayor prueba a fortiori de que albergamos en nosotros ese potencial ontológico en cinco dimensiones-, me recuerda los siguientes párrafos de Rainer María Rilke de las célebres Cartas a un joven poeta, cuando, en carta sexta a Kappus, principios del s. XX, escribe:

 ¿Por qué no piensa más bien que Él es Aquél que aun ha de venir, el que desde hace una eternidad está por llegar: El Venidero, fruto supremo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide proyectar Su nacimiento hacia los tiempos por venir? Y ¿qué le priva de vivir su propia vida, como se vive un día doloroso y bello en la larga historia de una magna preñez? ¿No ve cómo todo cuanto acontece es siempre un comienzo? Y ¿no podría ser esto el principio de Él, ya que todo comenzar es en sí tan bello? Si Él es El Más Perfecto, ¿no ha de precederle forzosamente algo menos grande, para que Él pueda elegir su propio ser de entre la plenitud y la abundancia? ¿No debe Él ser El Último, para poder abarcarlo todo en sí mismo? ¿Qué sentido tendría nuestra existencia si Aquél a quien anhelamos hubiera sido ya?…

 Así como las abejas liban y juntan la miel también nosotros extraemos de todo lo más dulce para edificarlo a Él. Podemos iniciarlo también con lo ínfimo. Con lo que menos presencia tenga: siempre que suceda por amor. Con el trabajo y luego con el reposo. Con un silencio. Con una pequeña y solitaria alegría. Con todo cuanto realicemos solos, sin partícipes ni seguidores, iniciamos a Aquél que no alcanzaremos a conocer, como tampoco nuestros antepasados pudieron conocernos a nosotros. Sin embargo, esos que hace tanto tiempo pasaron, están aún dentro de nosotros. Como depósito, herencia y fundamento. Como carga que pesa sobre nuestro destino. Como sangre que bulle, y como ademán que se alza desde las profundidades del tiempo. ¿Hay algo que logre arrebatarle la esperanza de llegar algún día a estar del mismo modo en Él, que es El Más Lejano, El Supremo?…

Claro que los superhéroes de papel y celuloide, igual que nacen, a veces mueren, como nacían y morían las deidades antiguas, pero todos los dioses resucitan, y cada dios es una exacta sucesión de dioses. A Morrison los cómics de tema social, que llama de “relevancia”, le gustan poco, y los fans estrambóticos, gregarios, masificados, vulgares, menos aún. Ama la grandeza del superhéroe cósmico, ese meme cultural irreversible poseedor de una hegeliana objetividad social, y a sí mismo se tiene por una especie de mago (un “mago del caos”, como Moore, aunque da a entender que lo fue antes que aquel y por su propia cuenta), lo cual es casi normal, puesto que, como los aedos arcaicos, forja dioses narrando sus historias… En fin, las críticas que pueden hacérsele son, previsiblemente, las de siempre: Superman y los demás son etnocentristas, a menudo wasp, representan un lucrativo negocio, habitan un limbro apolítico, etc. A lo que se puede añadir una observación -no sé si crítica- más. Y es que Morrison menciona de vez en cuando la palabra “gnóstico”, sin darle un sentido preciso. El gnosticismo, como estudió Hans Jonas, creyó que Cristo es una suerte de reflejo del verdadero Dios, aquel que está por encima del malvado Creador del Mundo, al igual que, después, el Hombre, que lleva por ello en sí una chispa divina. Ese conocimiento salvífico está precisamente al alcance de unos pocos iniciados que afrontan este mundo desde el superior, y me temo que por ahí van más bien los tiros de estas entretenidas lucubraciones de un señor del cómic elegante y cincuentón, si fuese culturalmente consciente de ello, lo cual, en cualquier caso, le recomiendo…

 

Autor

Óscar Sánchez
Licenciado en Filosofía por la gracia de Hegel y, aunque cueste creerlo, existe una profesión instituida en la que puede enseñarse semejante cosa a los adolescentes a cambio de dinero. Si además tuviese horas de Historia de la Literatura Universal, hasta se recortaría gustoso el sueldo a sí mismo -pero no conviene mencionar la soga en casa del ahorcado... Desertor de otras revistas digitales de menor pelo, ha publicado un ensayo sobre Jane Austen, algunos experimentos que le son queridos en bubok.es y, recientemente, un capítulo del libro colectivo Galería de los invisibles. Es de esos que fungen de dictadores del gusto en un blog prácticamente diario (www.elantipatico.blogspot.es) que afortunadamente no hay que tomar muy en serio. Por carambola, resulta que le gustan especialmente los autores que llenan sus dedos de anillos (Aristóteles, Dickens, Moore... los mejores en lo suyo), pero no entiende cómo hacen para escribir: aquí debe haber algún oscuro misterio...

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