Sobre “La tristeza” de Rubén Romero Sánchez

Sobre “La tristeza” de Rubén Romero Sánchez

Por Andrea Aguirre

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,

y una voz cariñosa le susurró al oído:

—¿Por qué lloras, si todo

en este libro es de mentira?

Y él respondió:

—Lo sé;

pero lo que yo siento es de verdad.

Ángel González

Una de las claves de la literatura la hallamos en este poema de Ángel González. Toda obra literaria es ficcional, pero la buena ficción contiene una verdad que es expresada a través de la palabra y de la obra como símbolo, que provoca en nosotros un chispazo de conocimiento, una emoción intensa o una reflexión honda, que nos despierta la imaginación y nos lleva a vivir en otros mundos y a mirar con otros ojos, o incluso a cuestionar aquello que considerábamos una certeza. Por ello, aquello que más recordamos de un libro que realmente nos marca no es el argumento, ni la historia, ni siquiera los personajes. Lo que más recordamos es lo que sentimos cuando lo leímos. Las emociones son, sin duda alguna, la clave del proceso comunicativo que se genera entre un autor, una obra y un lector.

Detalle de la portada de "La tristeza"

Portada de “La tristeza”

La tristeza, primera novela del poeta madrileño Rubén Romero Sánchez, se presenta con un título que ya nos avisa de que la historia que vamos a leer toma como centro las emociones humanas. Pero lo importante no es tanto lo que cuenta el autor sino cómo lo cuenta. El valor de esta novela radica precisamente en cómo están plasmados los temas más universales en una narración sencilla, de tono lírico y profundo, con un estilo marqueciano en sus juegos con el tiempo (como ocurre, por ejemplo, con el uso frecuente de las prolepsis) en la que una ciudad ideal y unos personajes utópicos, casi de cuento, chocan continuamente con lo absurdo de la vida conjugando múltiples géneros en una especie de homenaje a grandes épocas de la literatura.

En La tristeza hallamos elementos que nos recuerdan al movimiento del realismo mágico latinoamericano. Sin embargo, a diferencia de las novelas de aquella corriente literaria, en La tristeza los elementos mágicos no buscan fundirse con lo cotidiano sino romperlo, subrayar a fondo el sinsentido que supone para el ser humano la realidad incomprensible del azar. Mientras que en el realismo mágico lo sobrenatural nos remitía a culturas centradas en el mito y la superstición, en La tristeza, los sucesos inexplicables se contraponen a una ciudad similar a una Arcadia moderna en la que los personajes reaccionan con asombro ante los acontecimientos que ocurren, precisamente porque son escépticos. Son personajes insólitos que no pretenden ser realistas ya que no buscan mostrar la crudeza de la vida humilde, sino la grandeza de la humildad en el ser humano.

foto presentación la tristeza

Acto de presentación de “La tristeza”. De izquierda a derecha: Luis Muñoz (director de Tarántula Cultura), Miguel Casasola (editor), Emilio Porta (escritor), Rubén Romero Sánchez (escritor) y Andrea Aguirre.

Pero para descubrir esa grandeza tenemos que conocer antes sus aspectos más oscuros y reservados, sus contradicciones internas y sus vidas paradójicas. Así, podemos encontrar, por ejemplo, tanto a un tabernero con un pasado de pirata como a un pescador que lee a poetas latinos, y muchos otros personajes maravillosos que viven en esta pequeña ciudad en la que todos los ciudadanos tienen acceso a la cultura pero que a la vez reniega del mundo exterior. En el universo cerrado e idílico de La Tristeza nada es como debiera ser en la realidad, y es en el momento en que la utopía se rompe en el que comienza la verdadera historia y el símbolo último de la novela.

Nos relata los hechos un narrador testigo que nos ofrece el punto de vista del personaje escritor, el personaje que tiene en sus manos el poder de hacernos llegar la crónica de una ciudad que se muere de tristeza. Esa plaga maldita que asola la ciudad actúa como símbolo de la imposibilidad de lo perfecto y lo ideal, y se presenta a medida que se consolida un gran amor no correspondido, el amor de Inor por Verónica, dos personajes que el narrador nos presenta con el cariño de un viejo amigo de la infancia.

Rubén Romero Sánchez

Rubén Romero Sánchez

En el personaje de Inor existe un hastío existencial que nos recuerda en algunos momentos al discurso baudeleriano, y este hastío asalta, implacable, a una ciudad que poco a poco va perdiendo la esperanza. La ciudad funciona también como personaje colectivo cuando comprendemos que todos los ciudadanos están conectados en un fluir simbiótico, y es la lucha contra los avatares de la vida, aquellos acontecimientos incontrolables que no dependen de nosotros y que indignan a unos personajes que no se apoyan en la religión ni el mito, sino en el conocimiento y la razón, la que lleva a la muerte de la utopía. He aquí la mayor contradicción humana que simboliza La tristeza y la duda que nos plantea: ¿es suficiente la fe en el ser humano para encontrar un sentido a la pérdida, a la muerte, a la violencia o a la injusticia? La respuesta está, probablemente, en cada uno de nosotros. Puede que tengamos que embarcarnos, al igual que Inor Santiago, en una búsqueda imposible de preguntas y de respuestas, desafiar todo lo que damos por sentado y cuestionar todas las cosas, comenzando por nosotros mismos.

Pero mientras hacéis vuestra propia búsqueda personal, os invito a que leáis La tristeza y os dejéis invadir por su magia y su poeticidad, y así podréis descubrir si cabe un lugar para la esperanza entre los personajes de esta historia.

La tristeza. Ártese quien pueda Ediciones, 2014. 144 páginas.

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