Ser de Bernhard

Ser de Bernhard

berhDe Thomas Bernhard se es. Como se es de un equipo de fútbol. Ningún aficionado dice que le interesa o que le gusta tal o cual equipo, no. De un equipo se es y no se admite ninguna otra expresión, ni un grado menor de entrega ni pasión. Y de Bernhard también se es. Da igual si su libro es el glorioso Extinción o los arrabales de un discurso o una entrevista porque da igual que tu equipo juegue la Champion o vaya a segunda; uno sigue siendo de aquello en bloque, sin fisuras. Y da igual si se leen sus novelas, sus obras de teatro o sus poemas porque él es siempre el mismo y todas ellas lo rezuman. Está en todas partes y sus personajes –grotescos, implacables, tiernos, fieros– hablan por su boca. Y al revés. Él habla con su boca de personaje o calla o capitula ante una frase sin que se aclare nunca qué grado, qué porcentaje hay de uno o de otro. Pasa de nuevo en la entrega recientemente publicada por Alianza y titulada ¿Le gusta ser malvado?  Se trata de una conversación (nocturna, dice expresamente el libro) entre el autor y Peter Hamm, poeta y escritor también aunque haciendo las veces de periodista. Se celebró en la casa de Bernhard en Ohlsdorf, en 1977 y estaba destinada a refrescar un volumen de artículos y ensayos que había puesto en marcha la editorial Suhrkamp sobre el controvertido y ya entonces famoso escritor. Hamm acudió a la cita con su “refuerzo femenino” y tras pasar la jornada entera con Bernhard comenzaron a charlar grabadora mediante. ¿De qué se habla con Bernhard?

Libros.

Lo más socorrido. “Un solo libro me basta”, dice dando vigor al mito del escritor del único libro que no hace sino rumiar –sea en una o varias obras, en uno o mil formatos– la misma idea o el mismo puñado de ideas. “Libros, sí, pero no personas”. Solo una le interesa a Bernhard, anticipando el siguiente tópico: él mismo. “Todo lo que aparece (en sus libros) soy yo, de alguna manera. Todos esos veinte libros que están ahí soy yo. Y muy intensamente. Todos”. 

Yo, él.

Al menos cinco de sus obras –El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño– son marcadamente autobiográficas. A la mínima, Bernhard se prepara para disparar su biografía. Su desapego y desprecio por los padres, su cariño y admiración por su abuelo de quien dice que heredó “su vida vagabunda y su aversión a todo lo que era padres y escuela y estabilidad”. Su predicado odio hacia “todo lo que fuera disciplina y orden” y su derivado gusto de vivir “donde encuentro las mayores resistencias” quedan formalmente verbalizadas en las páginas de esta conversación. En su literatura no deja de darles vueltas.

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“Libros, sí, pero no personas”

Contradicciones.

Bernhard nunca negó su ambición: “Quizá quería ser alguien”. Para conseguir fama “agradable por un lado, espantosa por otro, y sin embargo es algo que lo fascina a uno”, escogió la senda de los libros, que constantemente desmitificaba, despojaba de su halo místico: “En aquella época me dediqué sencillamente a los sacos de harina y ahora me dedico sencillamente a las novelas y a las obras de teatro”.  Cuando habla del gremio por extenso, la desmitificación se vuelve ataque. Los editores son uno de sus blancos favoritos “con su hipocresía y su vileza, bajeza e instinto solo para los negocios y con todo el ámbito de la perfidia…”. También los premios serán objeto de denuncias y ataques aunque los aceptaba porque necesitaba el dinero y ¿le gustaba? Con frecuencia, esa contradicción daba lugar a discursos polémicos y situaciones escandalosas que, para los que son (somos) de Bernhard no resultan sino hilarantes.

Literatura.

Cómo no hablar de ella. De si “un buen poema consiste precisamente en que no tiene coherencia, pero sí una forma espléndida” o de que Bernhard considera “textos en prosa y obras de teatro como partituras”.

Austria.

Se podría hablar más de lo que en este libro se hace. La cuestión se resuelve al principio, cuando se menciona lo de vivir entre las mayores resistencias y se zanja poco después: “la idea de patria realmente no me dice nada”. Es interesante sin embargo el gusto por viajar. Un viaje concebido como huída: “Me resulta sencillamente aburrido estar demasiado tiempo en algún lugar y entonces cambio. Sin embargo, me siento cada vez muy decepcionado, vaya a donde vaya (…) hay lo mismo en todas partes”.

Ser malvado.

El tópico que da título al libro se reserva para el final. Un Bernhard nocturno habla de que puede ser “muy malvado, sí, cruelmente malvado. Pero no puedo expresarlo, darle rienda suelta (…). Pero en mi pensamiento soy muy malvado, creo”. Debe ser el mismo Bernhard que, como reconoce el interlocutor compartiendo un tierno detalle, “demostró ser un hábil paleador de nieve” abriendo camino al coche de sus invitados para que pudieran regresar a  su casa, al término de la charla. El mismo Bernhard que, para empezar, se prestó a ella… Pero bueno, como declara el escritor en las líneas que cierran el volumen: “Me da exactamente igual lo que digo ¿no? Tampoco lo controlo. No tiene ningún sentido. Más no puedo decir”.  Y ahí es donde se esfuma la sonrisilla de los que somos de Bernhard porque lo que de verdad nos gustaría saber es lo que calló Bernhard durante la entrevista o lo que habló cuando la grabadora no estaba encendida. Es justo lo que dice que no puede decir lo que nos gustaría oír, leer y saber a quienes irremediablemente somos de Bernhard.

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Su predicado odio hacia “todo lo que fuera disciplina y orden” y su derivado gusto de vivir “donde encuentro las mayores resistencias”

Autor

Pilar Gómez Rodríguez
Trabajo en la revista Filosofía Hoy como redactora y me encargo de la coordinación. Soy autora de algunos libros publicados (La carretera de los perros atropellados, con la editorial Xorki; La otra vida de Egon, en Gadir; y Siete paradas en el país de las sombras, con Edaf) y alguno no publicado.

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