San, el libro de los milagros

San, el libro de los milagros

Inicio de la expedición: Somos las primeras palabras. Somos los que fuimos y los recién llegados. Somos la fiesta y la jornada de trabajo y somos el aburrimiento. Somos el que os quema y somos el que os apaga. Somos el que os despierta por la mañana y el que os derrumba en la cama al llegar la noche. Por supuesto, también somos el que os quita el sueño. Somos el Enemigo y el único consuelo. Casi nada. Un puñado de palabras, las últimas palabras.

Quien aborda un viaje no siempre sabe lo que le espera en su camino. He ahí mi primera interacción con San, el libro de los milagros, casi murmurada con el transportista que me hizo entrega la mañana del 23 de abril. Además, viajar, leer, trasciende casi siempre nuestros límites geográficos, no solamente se puede ir a un lugar que se escape absolutamente de nuestra posición física sino que se puede ir a una aldea que no está en ningún lado, o dicho de otra manera: se puede llegar a una aldea que ha estado en todas las aldeas. Por tanto, la novela, partiendo del mundo agreste y salvaje de la Asturias más rural y legendaria, supone la reconstrucción de la historia de nuestro viejo mundo, directa al cementerio y el olvido: todas las lápidas son hojas con la tinta desvaída donde ya no se puede leer ninguna historia. Por qué no decirlo, este libro atávico y ancestral somos nosotros. Nuestros crímenes, nuestra sangre, nuestro pueblo.

Manuel Astur no rechaza en ningún momento los valores renacentistas de la expresión latina «Beatus ille», es decir, las propiedades renacentistas y más fascinantes de la naturaleza, de hecho acaricia sobremanera la gloria del río, el manzano, la luna, el roble y el prado, todo, pero parece más interesado en el reflejo de la crudeza y la inclemencia, del tiempo, del padre, del hermano, del pobre Marcelino, y por tanto invita desde la atmósfera rural a la violencia, la religión, el misticismo, la leyenda, la fuerte relación entre los hombres y la hosquedad de los malvados. La hermosura por un lado, en el otro margen la miseria, la avaricia, la tragedia labriega, los delirios y las pasiones desbocadas, el gocho, la gallina, el hacha, los borrachos, los gusanos del diablo, la maldad de los niños, la perversidad de los mayores, la bondad de las mujeres, la taberna de las tribulaciones, el apasionante atractivo entre sórdido y médium de la religión en el pueblo. Y para qué vamos a creer en un Dios si podemos creer en todos, diría Lugo, el peregrino, en el de los moros, de los chinos, de los cristianos y los negros. Pues bien, en San, el libro de los milagros de igual forma, hay dos métodos de lectura, una como si nada fuera un milagro y la otra, como si todo lo fuera y creyéramos en todos los dioses y santos (justo mi resolución lectora).

Estructuralmente el libro está dividido en tres cantares, La matanza, Los gusanos y El macho cabrío, narradores de la épica, las hazañas y la tristeza de Marcelino y Olegaria, cuyas bondades son una refracción de la malicia y mala calaña de sus seres más cercanos. Es la propia agilidad de la voz de Astur, y la memoria histórica y popular de la aldea quien avanza con una naturalidad casi onírica. A veces es una novela un poco burlesca, otras veces salvaje, siempre dolorosa, pero logra en todo su recorrido deslizarse sin arrastrar metáforas evidentes (de hecho algunas son maravillosas) ni tesis demasiado trilladas. Su lenguaje es poderoso pero ingrávido y tolerable, su humor terrible, su tristeza incontenible, y encara con pasión literaria la historia y la vida, que se deben la una a la otra, porque con nacer ya es suficiente para que lleguen los milagros.

San, el libro de los milagros nos llega adosado a Delibes desde la perspectiva bucólica de la naturaleza, y García Márquez (flirtea con el Realismo Mágico), también a la conciencia, el latifundio y el salvajismo agreste de Juan Rulfo, pero de igual forma es una advertencia a los autores demasiado vanguardistas con tramas demasiado originales y enrevesadas. Una literatura, la de Manuel Astur, que curiosamente revitaliza la novela en 2020, haciéndola viejuna, afortunadamente con una gran ponderación entre el peso de las palabras y el peso de la historia. Me temo que esta novela va para largo, porque alcanzamos a entender la verdad de Lino, y afortunadamente no encontramos la verdad (desvergonzada) de su autor.

Era un perro que vino y se comió al gato que se comió al ratón que se comió el queso que sólo tenían para comer la vieja y el viejo.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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