Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas. Edición de Luce López-Baralt, coordinadora Beatriz Cruz Sotomayor

Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas. Edición de Luce López-Baralt, coordinadora Beatriz Cruz Sotomayor

repensando-la-experiencia-mistica-desde-las-insula-El origen de “Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas” (Trotta, 2013) no es otro que el asombro, quizá el mismo asombro que marcó a los descubridores de las Indias, que, en palabras de Luce López-Baralt, “atónitos ante las islas de esmeralda y de primavera perpetua que se ofrecían ante sus ojos, no tienen palabras para describir su nueva experiencia”. El mismo asombro que caracteriza la fórmula mística de San Juan de la Cruz, y, en general, el pensamiento místico. Estas “ínsulas extrañas” trazan así, desde la Universidad de Puerto Rico y el CEDEOC (Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe), el camino de vuelta tanto del pensamiento filosófico y literario que englobamos hoy bajo el término “mística”, como de aquel primer viaje desde la Península Ibérica.

Pero ¿de qué se trata exactamente cuando hablamos de mística? ¿Por qué hablar de experiencia mística y a la vez de pensamiento místico? ¿No entran en contradicción estos términos? Farid Ud-Din ‘Attar, en “El lenguaje de los pájaros”, traducido por Clara Janés y reproducido en parte en este volumen, articula el problema desde la perspectiva sufí:

 

¡Oh, tú, cuya presencia se halla tan oculta,

el mundo entero eres y el hombre es una ausencia!

 

El alma oculta en el cuerpo y tú oculto en el alma,

oh, tú oculto en lo oculto, alma del alma. […]

 

La razón y el alma no encuentran el camino a tu esencia.

Nadie tiene conciencia de tus virtudes.

 

Creo que “Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas” intenta resolver ese problema que su propio título plantea. En las diferentes conferencias el principal eje es la relación de los místicos con su propio lenguaje -y, podríamos añadir, con los límites del lenguaje. En este conflicto cobra especial relevancia San Juan de la Cruz. El místico carmelita, según López-Baralt en su artículo “La alquimia del amor en San Juan de la Cruz”, “nos introduce in ictu oculi en un plano más alto de conciencia, y aprendemos con el poeta que el universo está lleno de Dios si lo sabemos abrazar con sabiduría regocijada”: no se trata de abrazar una religión como tal, “tampoco obedece al típico discurso cristiano, pues se encuentra ajeno a la vía de la accesis tradicional”. Ni neoplatonismo, ni ascesis: San Juan es abordado aquí desde la proximidad a un pensamiento tántrico no ascético: reorientar lo fenoménico (Shakti) hasta armonizar la conciencia consigo misma, que es también armonizarla con el Uno, en términos de Plotino, o con Shiva.

Como recuerda Juan Martín Velasco en “El fenómeno místico, clave para la comprensión del hecho religioso”, la mística es por naturaleza irreductible a toda institución, así como difícil de percibir como un hecho aislado de la experiencia: myein, el verbo griego del que deriva el adjetivo mystikòs, significa “cerrar los ojos y la boca”, de donde proceden también “mudo”, o “miope”. En castellano, Rosa de Lima o San Juan de la Cruz ponen imagen, más que voz, a este conocimiento místico, que es “experiencia” antes que pensamiento, lo que resuelve una de las incógnitas que planteábamos. Así cita Emilio Báez Rivera el Primer proceso ordinario en el que Rosa de Lima intenta explicar a duras penas, entre silencios incómodos para la inquisición e imágenes inexactas, lo que sólo ha podido dibujar y recortar en telas sin explicación ninguna (“Estas tres mercedes recevi de la piedad divina antes de / la gran tribulación que padesi en la Confesion Jeneral / por mandato de aquel Confesor que me dio tanto en/ que mereser […]”).

Y este testigo le tornó a preguntar si le sucedía con Dios otra cosa más de lo dicho, y la dicha se paró y no respondió. Volvióle este testigo a decir que no era tiempo de callar en tiempo de examen, ni tampoco se servía Dios [con] que, en semejante caso, callase. Respondió la susodicha que en la unión, después de las dichas figuras de infierno y purgatorio, algunas veces veía a Cristo, nuestro Señor.

 

Pero, aunque el término “místico” se empezara a emplear con el significado actual en el siglo XVII, el libro recoge también experiencias similares, caminos transversales a la teología y la filosofía, en períodos anteriores, e incluso en poetas actuales, como Ernesto Cardenal, o desde una perspectiva de continuidad de aquellos Siglos de Oro hasta la actualidad -como hace Eulogio Pacheco con su recorrido de “Presencia de la mística carmelitana a lo largo de los siglos XVI-XX”.

El mismo carácter de experiencia o fenómeno, que viene de fuera para marcar física e intelectualmente el cuerpo, el mismo conocimiento que pasa por el intelecto (nous en la tradición griega, al-‘aql en este contexto) lo encontramos en la tradición islámica, como señala Seyyed Hossein Nasr al tratar “La gnosis teórica y el sufismo doctrinal”:

En la tradición islámica, este conocimiento supremo o gnosis se asocia con cualidades espirituales como el ḏawq (gusto), el ḥads (intuición), el išrāq (iluminación) y el ḥuḍūr (presencia). Aquellos que son capaces de comprender la gnosis tienen que poseer ciertos dones intelectivos, que tampoco debemos confundir con los poderes del puro raciocinio.

Más allá de la razón, el fenómeno místico, que inicia una revelación pero que es iluminado en un plano intelectual, no dogmático, acude precisamente al terreno de la filosofía, si la entendemos como el lugar desde el que Platón habla del espacio de las condiciones de posibilidad, de la jóora en el Timeo platóninco (que Laura Robledo investiga en relación con Juan de la Cruz).

El lenguaje, y ante todo el lenguaje de la mística, exige una investigación cuidada que “Repensando la experiencia mística…” lleva a cabo de manera rigurosa. Este lenguaje oscuro se expone a un análisis literal y metafórico que sobrepasa al de la teología. Y, sin embargo, en su forma de exponer la trascendencia, en su necesidad de lo corpóreo -y de lo corporal- encontramos también la medida infinita de lo humano. Si lo humano es lo propio del hombre, o si éste es “demasiado humano”, como apuntaría Nietzsche, es otra cuestión.

Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas. Edición de Luce López-Baralt, coordinadora Beatriz Cruz Sotomayor. Trotta, 2013. 528 páginas, 35 €

Autor

Federico Ocaña
He publicado Desprendimientos (Amargord, 2011). Mis poemas han aparecido en La sombra del membrillo, Cuadernos del matemático, Heterogénea, Sol negro, etc. y en Ochenta & 3 (antología en prensa, coord. Hipólito García “Bolo”). He ofrecido recitales en Expoesía de Soria, La Noche en Blanco, universidades, bibliotecas y centros culturales y colaborado como músico con Mª del Mar Ocaña en Almendra (Amargord, 2010), de Luis Luna y Lourdes de Abajo -ilustraciones de Juan Carlos Mestre y pórtico de Antonio Gamoneda, y como artista visual en “Equivocación” (2012) con Irene Tourné. Con Arantxa Romero, Pablo Álvarez e Irene Tourné he fundado el grupo Fractal. Soy Licenciado en Filosofía, Máster en Pensamiento español e iberoamericano (UCM) y ultimo el Grado de Lenguas modernas.

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