Rashomon y otros relatos históricos, de Akutagawa Ryunosuke

Rashomon y otros relatos históricos, de Akutagawa Ryunosuke

La Tarántula, noviembre de 2015 

Querido A., dime una cosa: ¿qué pasa por nuestra cabeza cuando contemplamos la muerte de los demás? Quizá te parezca innecesario el énfasis… pero no lo es. Y dime también: ¿alguna vez acompañaste a un moribundo en su lecho de muerte, lo asististe en esas largas horas, hasta el suspiro final?

Hace algo más de trescientos años, el 12 de noviembre del año 7 de la Era Genoku, los discípulos del poeta Matsuo Basho se reunieron en torno al tatami en el que agonizaba su maestro. Cinco días antes, el vate había compuesto su «jisei no ku» o poema de despedida a la hora de morir:

«De viaje enfermo

y recorro entre sueños

la tierra yerma».

Rodeado por sus discípulos, Basho se consume y entra en el estado comatoso previo al desenlace. En esas interminables horas últimas, ¿qué pasa por la cabeza de Kikaku, de Kyorai,  de Masahide, de Otokuni, de Shiko, de Izembo, de Joso… y el resto de los fieles seguidores del maestro?

«Extracto de la tierra yerma» es uno de los diez relatos que integran el libro exquisito que hoy te envío (de nada, el gusto es mío) y que también forma parte de ese lujoso cofre de tesoros que es la Colección Maestros de la Literatura Japonesa, de Satori.

Portada del «Rashomon y otros relatos históricos» editado por Satori

Portada del libro «Rashomon y otros relatos históricos» editado por Satori

En esta ocasión el maestro se llama Akutagawa Ryunosuke, tokiota nacido a finales del siglo XIX y autor a quien bastaron los 35 años de su corta vida para ingresar en el olimpo de la literatura nipona. Enfermizo, neurasténico, insomne, paranoico, depresivo y suicida, Akutagawa fue autor de cuentos, principalmente, entre ellos el que da título a la esta antología. Si de niño a Ryunoskuje le encandilaban las leyendas tradicionales japonesas, en su adolescencia se interesó por los autores occidentales, y fruto de ese maridaje son (así nos lo parece) todos estos relatos: recuperaciones de viejas historias del acervo literario nipón que Akutagawa re-escribe o re-crea, movido tanto por el interés que le merece su tradición como por la necesidad de re-inventar, de re-producir, aportando su personalidad nueva y distinga, su carisma y sus matices, sus gustos, su formación, su voz. ¿Qué mejor comienzo para una carrera literaria que el saludo a los maestros y el recuento de la herencia de la que todo artista es albacea provisional? Todos sin excepción somos epígonos, apéndices, y toda escritura es —lo sepamos o no— una re-escritura, por más que durante las fiebres juveniles nos parezca que hemos venido al mundo para apagar y encender de nuevo, para arrasar y refundar. Todo inicio es un re-inicio por mucho que nos parezca que lo nuestro, lo que hacemos nosotros, sí que es inédito y original y la leche. Qué va. Los dedos que trazan estas líneas que parecen nuevas repasan los surcos de innumerables escrituras anteriores que nos han hecho posibles y fecundos, y sobre nuestros pasos vendrán después otros y esa es nuestra tarea y nuestra responsabilidad.

En títulos lacónicos como «La nariz», «El destino» o «Los ladrones»; en otros algo más matizados como «El biombo del infierno» o «Una vida consagrada a la literatura ligera»; y también en alguno de epígrafe más sonoro y evocador como «En la espesura del bosque», Akutagawa busca inspiración y argumentos, escenarios y personajes en las vastas colecciones de leyendas y cuentos antiguos japoneses (el Konaku Monogatari, el Heike Monogatari) y sus predilecciones oscilan entre los lujosos ambientes palaciegos y aristocráticos, y las urbes decrépitas que han sido pasto de la violencia y la miseria; entre los seres de cómica condición y los agonistas de trágico sino; entre la humorada y el brusco fatalismo. Así conocerás a un monje de hipertrofiada nariz que es víctima de su propia vanidad; a un hambriento y torpe samurai, hazmerreír de su comunidad, que no sueña sino con hartarse de gachas algún día; a un autor de subliteratura atormentado por las críticas y desdenes del mundillo literario… Y en el otro extremo, una anciana que sobrevive arrancando el cabello de los cadáveres abandonados y al empobrecido samurai con el que tiene la mala suerte de toparse; a dos hermanos miembros de una banda de ladrones, enamorados ambos de la misma mujer y enfrentados por los celos y por las intrigas de la perversa cabecilla de la banda; a un obsesivo pintor entregado a su obra maestra, una pintura que refleje el infierno con el más crudo y horrendo realismo, en cuyo empeño acaba sacrificando a su propia… Ya basta.

El joven Akutagawa coquetea con el humorismo, se deja arrastrar por la tentación de burlarse de sus criaturas más risibles, más vulnerables, pero donde se engrandece y toma altura su obra, su re-escritura, es en la intensidad del drama, en ese extremo filo sobre el que los personajes deben escoger entre lealtad y traición, entre sacrificio y egoísmo, entre soberbia y humildad. O entre el arte y la… vida. Ahí los personajes se juegan su condición y el autor su categoría como creador, dos variables cuyo balanceo no siempre es paralelo, por supuesto: los hermanos se traicionan, los amigos son desleales, el ser humano es cobarde, prepotente y egoísta, y los artistas que los retratan son decididamente mezquinos, vanidosos, despreciables. Y ante ese escenario de miserias Akutagawa nos «re-cuerda» —de re (de nuevo) y cordis (corazón): volver a pasar por el corazón— la necesidad de eso que pone nombre a lo que nos pasa, a lo que somos. Eso que llamamos literatura.

Retrato de Akutagawa Ryūnosuke

Retrato de Akutagawa Ryūnosuke

El 12 de noviembre del año 7 de la Era Genoku, en torno al lecho de muerte en el que languidece su maestro, el muy venerado poeta, gran renovador del arte del haikai Matsuo Basho, un grupo de discípulos contempla el rostro macilento, huesudo, decrépito, del hombre que está a punto de morir. En ese trance, lo que siente Kikaku es un asco insoportable, una indisimulable repulsión fisiológica; Kyorai, discípulo dulce y atento, no siente sino la complacencia que le producen sus propios actos, acompañada de remordimiento y vergüenza de sí mismo; Masahide, por su parte, libera una risa nerviosa e histérica, una risa extemporánea e intolerable que es fruto inesperado de lo que no podemos ni nombrar; Otokuni, demasiado orgulloso para llorar, embargado por una pena meramente intelectual, aprieta los puños, se reprime y controla, no tolera que la emoción arruine su estampa de hombre íntegro; Shiko, cínico y vanidoso, se burla de sus compañeros y desdeña al maestro, preocupado únicamente por el lugar que ocupará en las crónicas que narren el desenlace; el hipocondríaco Izembo, aliviado por no ser él quien se halla en el lecho de muerte, teme en cambio que será el siguiente en ocuparlo; y Joso, humilde, leal, paladea el expansivo gozo de una liberación inminente, la que para él supondrá la desaparición de la figura opresiva del maestro…

«En definitiva, tal y como había previsto Basho con frecuencia en sus versos, sería apropiado decir que el maestro había sido abandonado a la intemperie en la inmensidad de los campos yermos».

Así somos, eso somos. Un breve extracto de la tierra… ¿yerma? Nuestra fecundidad, si se da, consiste en re-escribir, re-hacer, re-pasar. Y ahí también nuestra fortuna, nuestra disciplina, nuestra humildad.

Tuyo siempre,

Alberto

P.D.: Quizá todo prólogo debería ser, con mayor acierto y justicia, un epílogo. También el que firma Iván Díaz Sancho, traductor asimismo de los textos originales. Pero no lo pases por alto: es un texto iluminador en más de un sentido y —bola extra— contiene el undécimo cuento, sui generis, de esta antología. Precioso.

Autor

Alberto R. Torices
Alberto R. Torices (Guernica, 1972) es autor del libro de cuentos Los sueños apócrifos (2009), la novela corta Piel todavía muy blanca (2005) y la selección de relatos Yo, el monstruo (2002). Ha recibido entre otros premios el de Narración Breve UNED (2009) y el de Novela Corta ‘Tierras de León’ (2004). Formó parte del equipo editor de la revista The Children’s Book of American Birds que publicó el Club Cultural Leteo entre 2005 y 2010.

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