“La señorita de Trevélez” es una comedia escrita por Carlos Arniches en 1916. Una obra que el autor calificó como “tragedia grotesca” y que ciertamente se trata de “un cuento cruel”, con una vigencia permanente, en el punto, de que no hay mayor gozo para algunos que humillar al mas vulnerable.
Arniches, de entrada, presentaba a los integrantes del Club Guasa como unos chicos traviesos que pasaban el rato gastando bromas, despertando la simpatía del público, que poco a poco acabaría viéndolos como unos implacables torturadores que avasallan a todo el que se cruza en su camino.
En la versión de Ignacio García May, que pone en escena Juan Carlos Pérez de la Fuente, varían los tiempos: muestra desde el minuto cero a los miembros del Club Guasa como unos seres extraordinariamente violentos y sin escrúpulos, a la altura de la famosa pandilla de la película de Kubrick, generando miedo y no risa. Para ello, da un aviso con la primera escena a modo de prólogo, mostrando de lo que son capaces.
Pérez de la Fuente arranca la función con un vistoso lance de espadas, perteneciente al Tenorio, en la escena en que don Gonzalo de Ulloa (Daniel Albaladejo) y don Luis (Críspulo Cabezas) acorralan a don Juan (Daniel Diges) para que responda de la burla a doña Inés. Se muestra al burlador como un cobarde que da muerte a don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, sin código de honor alguno, y cuando se ve acorralado por don Luis, se lanza ágilmente por una ventana. En ese momento, la ficción se disipa al escucharse un sonoro golpe seco y cercano. Pérez de la Fuente retoma el tono de comedia marcando al regidor de la obra de ficción como un chisgarabís sobrepasado que, a telón echado, pregunta si hay un médico en la sala. Una espectadora guapa y entusiasta dice ser enfermera y estar dispuesta a ayudar. Ella ( Julia Piera) y una amiga que la acompaña (Marta Arteta) se van tras el telón a prestar socorro, mientras el regidor (Juan de Vera) abandona la escena por la escalera del patio de butacas, simulando unos saltitos como si botara.
Cuando se vuelve a abrir el telón, vemos cómo los miembros de un casino intentan matar el tiempo. El tema del día son los huesos rotos del actor, sorprendiéndose unos y regocijándose otros. En esta escena se presentan los dos personajes con sentido común de la función: don Marcelino y el señor Menéndez, interpretados por dos actores estupendos (José Ramón Iglesias) y Rodrigo Sáenz de Heredia. Menéndez comenta el maltrecho estado del actor, y don Marcelino cree que le habla de la situación del país.
No tarda en llegar Numerario Galán (Daniel Diges), que agujerea un periódico para espiar, con muy poca discreción, a la vecina de la casa de enfrente. El objeto de su deseo es Soledad (Noelia Marló), que pertenece al servicio de la casa de los Trevélez. Interesado, Menéndez escucha cómo Numerario le cuenta su afán, del que no desiste a pesar de las amenazas recibidas del Club Guasa, ya que uno de sus miembros también corteja a Soledad. Menéndez le advierte que no se ande con bromas con los miembros del Club, a quienes trata, pero también teme. Sin embargo, Numerario, muy crecido, no atiende.
También conoceremos a todos los miembros del Club Guasa: Torrija (Juan de Vera), Manchón (Natán Segado), Lacasa (Edgar López), Peña (Óscar Hernández) y su líder, Tito Guiloya (Críspulo Cabezas), quien mostrará que su paciencia tiene un límite y que Numerario (Daniel Diges) se va a enterar, por no cumplir la orden taxativa de no cortejar a Soledad. Ese día, la bella Soledad acudirá a la cita con su balcón colgado a modo de collar, como parapeto, y podrá mantener un diálogo amoroso con Numerario. Ella, coqueta, les dice que sí a todos, y ellos, sin ver más allá de su ego, la creen.
Numerario acudirá al club al día siguiente, puntual y radiante, porque Soledad le ha enviado una carta confesando su amor por él. Se pavonea y se ríe con desprecio de los miembros del Club. Sin embargo, a la hora prevista no saldrá al balcón Soledad, sino Florita Trevélez (Silvia de Pé), también con el recurso del balcón colgado, pero el suyo adornado incluso con un arco de flores. La dama, entregada, acepta la propuesta de amor y matrimonio ante el desconcierto de Numerario, que en principio no entiende nada, pero pronto se da cuenta de que tiene un gran problema. Todos en el casino dan por hecho que fue Tito quien escribió la carta, al igual que supieron que el accidente del actor no fue fortuito.
Al Casino llega don Gonzalo Trevélez (Daniel Albaladejo), pleno de alegría porque su hermana Florita tiene una proposición en firme de matrimonio. El recibimiento del Club Guasa a don Gonzalo es espectacular: los cinco miembros lo alaban sin límite. Pérez de la Fuente marca esta escena con una coreografía repetitiva y sincronizada, como de un torero entrando a matar, que iguala y despersonaliza a los miembros del Club Guasa, uniformados con traje y bombín, mostrándose como un grupo cerrado. Don Gonzalo, quitando importancia a los piropos, recita un poema y se marca un número musical, con el grupo cantando que el mar está “fresquibilis, frequibilis y da mucho gustibilis”. Impaciente por contar a don Marcelino (José́ Ramón Iglesias)que su hermana se casa, don Gonzalo se encuentra con el desconcierto de este último, quien no sabe qué decir ante semejante broma de mal gusto.
La crueldad de la broma recae en Florita Trevélez, una mujer madura por la que nunca ha sentido inclinación ningún varón. Es fácil entender su frustración al no ser deseada por nadie ni tener a alguien con quien hacer planes, un drama acentuado en una época en la que no se le permitía a la mujer tomar iniciativa alguna, especialmente en una sociedad pequeña donde todo se mira con lupa.
La recuperación de la obra de Arniches por parte de Juan Carlos Pérez de la Fuente es un acierto, aunque hay que ver la obra escrita en 1916 como una recuperación de usos y costumbre del pasado, excepto en ese gozo eterno que sienten algunos con el mero hecho de humillar, sigue presente hoy en día. Lo sufren hombres y mujeres, desde guarderías hasta residencias de ancianos, en internados, cárceles, clubes deportivos o cualquier núcleo social reducido. El único requisito es que la vulnerabilidad la sufra alguien que esté solo y sin respaldo, ya que estos “valientes” solo actúan en grupo y sabiendo que su acto es impune El arco de edad del verdugo: cualquiera, mientras que se sienta respaldado. Adolescentes casi niños lo practican con tal pericia que logran intimidar a un compañero de pupitre, que no ven otra salida que la muerte, con un acoso titánico, tan inclemente como el que pueda ejecutar un grupo de reos del peor penal.
Así actúan los chicos del Club Guasa: avasallan, empujan y chantajean a todo el que se cruza en su camino. El daño irreparable causado a Florita, interpretada de maravilla en su temblor constante por la actriz (Silvia de Pé, al enviarle cartas de amor firmadas por Numerario Guzmán es un suma y sigue de la falta de empatía, y el desprecio por los sentimientos ajenos, de hecho el daño que causan a Florita, es por algo totalmente ajeno a ella. No es más que una manifestación de poder sobre Numerario, por no haber obedecido la orden de olvidar su afán de seducir a Soledad.
El proyecto de Pérez de la Fuente es ambicioso, con 13 actores en el escenario que no solo actúan y dicen correctamente el texto de Arniches tan ingenioso, y con una capacidad de jugar con el lenguaje que se escucha como un caudal imparable, lo que es un reto para cualquier actor. Y no os lo he contado todo: os queda asistir a la deliciosa soirée organizada para anunciar la boda, con todos los actores luciendo sus mejores galas, el coqueteo de Conchita (Marta Arteta) y Maruja ( Julia Piera) con los del Club Guasa, y la infinita felicidad de Florita (Silvia de Pé) en un día tan esperado, y la desazón sin límite de Numerario Guzmán.
El desenlace, lleno de caos, duelos por el honor y actos surrealistas, es mejor disfrutarlo en la función. “La señorita de Trevélez” es una obra que no vais a tener la oportunidad de ver representada sobre un escenario como el de el Fernán Gómez, sin escatimar en medios, con un vestuario, una iluminación y unas interpretaciones brillantes, porque todos los responsables del montaje dan la talla.
La señorita de Trevélezde Carlos Arniches, está programada del 16 de febrero al 20 de abril de 2025, en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa. Horario de martes a sábado a las 20h / Domingo 19h.
Diseño de escenografía: Ana Garay. Dirección de vestuario y figurines: Almudena Rodríguez Huertas. Diseño de iluminación: José́ Manuel Guerra. Espacio sonoro: Ignacio García. Diseño y realización de maquillaje: Elvira García para LKM. Movimiento escénico: Guillermo Weickert. Maestro de esgrima: Jesús Esperanza
Ayte. de dirección: José́ Luis Sixto. Ayte. de escenografía: Isi Ponce. Ayte. de vestuario: Pablo Alcándara. Tocados: Mélida Molina (Vanvará). Maestro de billar: José́ María García Luna
Una producción del teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa en colaboración con Producciones Teatrales Contemporáneas
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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