Nunca es demasiado tarde (Still life), de Uberto Pasolini

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¿Recordamos a nuestros muertos? ¿O más bien dan pie a que se arracime una comunidad de vivos en la que los muertos ponen los fiambres (del picnic)?

Nunca es demasiado tarde, del productor y director Uberto Pasolini, narra con gran sobriedad, como en un limbo cinematográfico, este dilema. Ya sabemos que a los muertos no les importan los funerales, ¿a nosotros sí?

Es la vida y la obra de John May la que se puede resumir de esta manera. Interpretado por Eddie Marsan, es un funcionario municipal con el sofisticado cometido de cerrar administrativamente los casos de personas solas, sin familia ni conocidos, fallecidas en Kennington.

Conoceremos casi de inmediato a John May, tan plano emocional y vitalmente que literalmente vive entre los muertos, entre sus muertos. El deseo, eso que según algunos define al hombre, parece definitivamente postergado de sus preocupaciones y quehaceres.

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Joanne Froggat y Eddie Marsan en Nunca es demasiado tarde (Still life), de Uberto Pasolini

La película está rodada a la mayor gloria de este personaje, sólidamente interpretado y dotado de matices que se escapan de la estolidez ambiental a que nos condena el director y guionista a lo largo de casi todo el metraje.

Este portero de la ciudad de los muertos, al modo del barquero del río Aqueronte, transporta a los fallecidos entre el mundo de los vivos y el de los muertos, encargándose de todos los detalles y rituales de paso. Pero la mayor parte de las veces está solo en los funerales.

Esta absoluta soledad, que no desolación, de la mayor parte de la película, embarga el ánimo del espectador y le deja con mayor eficacia en los brazos interpretativos de Eddie Marsan.

La cuasi inanidad de la primera parte de la película puede enervar a más de uno pero yo creo que es una solución narrativa de gran fuerza para resaltar la pérdida de lazos que unan a las personas de una comunidad entre sí. El vacío, ya digo, no es desolador, debido a los pequeños detalles de humor con que está salpicada la narración y que dan un tono muy british a lo que se nos está contando.

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John May en Nunca es demasiado tarde (Still life), de Uberto Pasolini

En realidad, Nunca es demasiado tarde podría ser el reverso de una película de intriga, un thriller, o quizá un relato de Sherlock Holmes. John May incurre en la investigación, la búsqueda, el olfateo de pistas y relaciones, trazos que le puedan llevar a dotar de algún contenido la carcasa vacía en un principio de sus muertos.

La segunda parte, más breve, introduce un elemento romántico que da un vuelco al ambiente gélido de la película y nos abre, como a John May, perspectivas inéditas. Aquí aparece Kelly Stoke, interpretada por Joanne Froggat, que abre un espacio de femineidad en un universo poblado casi solamente por hombres.

Esta segunda parte se ve un poco forzada pero será la que detone la implosión final de la película que puede verse como un canto al perfecto funcionario, dedicado en cuerpo y alma a su parcela roturada y señalizada perfectamente en el ámbito administrativo que le corresponde.

Finalmente es oro todo lo que reluce en esta película, a la que da permiso su fidelidad berroqueña al personaje protagonista para convertirse en una pequeña joya.

Nunca es demasiado tarde (Still life) (2013), de Uberto Pasolini, se estrenó en España el 21 de noviembre de 2014.

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José Zurriaga

Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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