Nietzscheario II: La expulsión del Paraíso

Nietzscheario II: La expulsión del Paraíso

El anticristo: maldición del cristianismo (1888). Aforismo 48. Estamos en el Jardín del Edén, al comienzo de la Biblia. Como de costumbre, Dios pasea y contempla su Creación, “su jardín”. Pero hoy no es un día más: algo entra en su “espíritu puro”, algo que pondrá en vilo su perfección. Un aguijón se ha clavado en la piel del “sumo sacerdote” y ha inyectado una emoción que hasta ahora desconocía: el aburrimiento.

Nietzsche, no tarda en avisar: “contra el aburrimiento hasta los dioses luchan en vano”. Pero Dios ya ha encontrado –cree haber encontrado- una cura: crear al hombre. Y la primera conclusión se ilumina: no somos el fruto de un acto de amor, sino el de un acto de aburrimiento. “El hombre es divertido”, afirma Dios, y parece que no se equivoca, pero pronto la fiesta se agua, porque el exceso de semejanza entre Creador y criatura cobra su primera pieza: el hombre también se aburre. La cura no ha sido tal y sólo ha trasmitido la enfermedad al siguiente nivel de la cadena. Dios lo sabe, y siente compasión: “La compasión de Dios por la única pena que todos los paraísos tienen en sí no conoce límites: inmediatamente creó también otros animales”.

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Antes de seguir, una pregunta y una perturbadora conclusión salen a nuestro encuentro: ¿Dios crea a los animales por compasión o por interés? Y es que no hay nada más aburrido que alguien aburrido. Si la mascota, el hombre, deja de entretener sólo puede significar una cosa: el mal del aburrimiento puede volver a Dios. Por su parte, la conclusión perturbadora afecta directamente al Paraíso y de alguna manera lo desenmascara: por necesidad ese “jardín” genera una emoción que ni el mismo Dios está dispuesto a soportar. Ahora bien, esta conclusión tiene más alcance, porque no sería erróneo suponer que lo mismo ocurrirá en la Promesa, es decir, en el Cielo que después de la expulsión del Paraíso algunos encontrarán como premio. Una suposición que aún se torna más oscura si recordamos que el verdadero aburrimiento –no aquel que toma la forma “no sé qué hacer”, sino aquel que se nutre de la peor de las certezas: haga lo que haga nada va a cambiar- conduce irremediablemente a la desesperación.

Pero volamos al hilo tejido por Nietzcshe. Dios acaba de crear a los animales para que el hombre se divierta –en verdad, ya lo sabemos, para que Él no se aburra. Y El sonido del error resuena por primera vez en el Paraíso: al hombre los animales no le divierten, es más, ni siquiera quiere ser uno de ellos. Es el momento de subir la apuesta, y Dios, ese Gran Jugador, lo hace: aparece la mujer en escena. Ante este acontecimiento la afirmación de Nietzsche nos arranca una sonrisa: aquí sí que se acaba el aburrimiento. Pero el final de esa emoción incómoda trae algo terrible: el fin de todo. Por segunda vez, el error suena en el Paraíso. Algo que los sacerdotes, descendientes del sacerdote en sí, nunca han podido olvidar. Pero su guardia nunca más estará baja y desde ese día no han parado de repetir dos de sus mantras favoritos: “La mujer es, por su naturaleza, serpiente, Eva” y “de la mujer viene todo mal al mundo”. Ahora veremos cual ese mal absoluto.

Ahora bien, ¿realmente con la llegada de Eva termina el aburrimiento? Parece que no, porque lo que hace posible que ella sea tentada por la serpiente, no es otra cosa que ese mal tan bien conocido por el hombre y por Dios: el aburrimiento. Ah!, pero Dios subestimó a la mujer… ¡Adán y Él sí, pero Eva no, ¿cómo ella iba a ser capaz de albergar ese sentimiento que es capaz de herir hasta a un Dios?! Aquí está su verdadero error. El auténtico principio del fin. Así, acompañada por la serpiente, Eva se acercó al único árbol cuya fruta Dios había prohibido. ¿Alguien pude imaginar mejor cura para el aburrimiento? La primera mujer da en la diana y Dios lo sabe. Y el mal propio del Paraíso, aquel que éste genera por necesidad, ve por fin su fin. Pero hay más, porque ella tiene la generosidad de introducir a Adán en la ventura. Y la tarea no es fácil, porque a él le cuesta: con Eva tenía suficiente. Con dulzura y paciencia -con seducción-, ella logra que le coja gusto al fruto del árbol del conocimiento. En este aforismo, Nietzsche no omite el poder de Eva y así recoge este momento: “sólo a través de la mujer el hombre aprendió a gustar el árbol del conocimiento”.

¿Cuál es ese mal absoluto que la mujer introduce? La ciencia. Y ahora sí, Adán y Eva como socios, logran lo imposible: “Al viejo Dios le entró un miedo maldito”.  Un horror cuya justificación Nietzsche revela rápidamente: “El mismo Dios había creado su mayor error, se había creado un rival, la ciencia nos hace semejantes a Dios -¡es el final de los sacerdotes y de los dioses, si el hombre se vuelve científico!”. Y la única prohibición divina, más allá de toda palabrería, queda ahora al descubierto: “tú no debes conocer”. De ella se deriva toda moral, y el primer pecado, el pecado original, nace de su violación.

Fin del Paraíso, de la atemporalidad, y comienzo de la Historia, de la caída en el tiempo. Porque como escribe Nietzsche, “el maldito miedo de Dios no le impidió ser inteligente”. Era necesario responder, bloquear a ese rival en potencia, frenar su aspiración al conocimiento. Así, dos maldiciones cayeron sobre Eva y Adán. Primero, la expulsión del Paraíso, ya que “la felicidad y el ocio inducen a pensar”. Segundo, un triple racimo de males: la enfermedad, la vejez y la muerte -“la tribulación no permite al hombre pensar”. Pero Dios subestimó a su criatura, y ella encontró la forma de hacer que la ciencia, el conocimiento, prosperará. De este modo, el asalto al cielo -la Torre de Babel- seguía su curso, y una tercera maldición se impuso: “El viejo Dios inventa la guerra, divide a los pueblos, hace que los hombres se aniquilen mutuamente (-los sacerdotes han tenido siempre necesidad de guerra…). La guerra -¡entre otras cosas, perturba la paz de la ciencia!”. Pero de nuevo, Dios fracasa, porque no sólo la guerra no detiene el avance del conocimiento, sino que con ella aumenta “la emancipación del sacerdote”. En ese momento, el Creador se echa las manos a la cabeza y una ira sin límites se desencadena dentro de su pecho, y decide el destino del hombre: “no queda otro remedio, ¡hay que ahogarlo!”.

El resultado de esta partida sobrehumana, no es otro que el relato de una igualación. Dios y criatura intercambian papeles, se ponen en la piel del otro. Así, el Creador, ese espíritu puro, conoce pasiones y sentimientos completamente nuevos para Él y, en teoría, que deberían ser ajenos a su Naturaleza: el aburrimiento, el miedo y la ira. Por su parte, el hombre y la mujer, desencadenados, liberados del límite impuesto por Dios, se lanzan al camino del conocimiento, volviéndose así, creadores de sí mismos. Su independencia nace de un acto de rebeldía y su búsqueda continúa bajo ese signo. Sólo desde aquí, entenderemos mejor por qué Nietzsche señala que ese “tú no debes conocer” es el principio de la moral judeocristina: a partir de ahora, Adán y Eva no sólo deben determinar lo verdadero, sino sobre todo, el bien y el mal. En esta segunda parte, y sólo en ella, está el verdadero abismo. Así, detrás de ese “atrévete a pensar”, se esconde el verdadero reto que todo hombre debe acometer: atreverse a darse una moral. Y si a día de hoy la Iglesia ha podido “hacer las paces” con la ciencia, con la búsqueda de la verdad -tal vez confiada en que detrás de toda pregunta el hombre va a encontrar a Dios-, no ha ocurrido lo mismo en el campo de la moral. Si bien un tipo de verdad puede buscarse, la noción de bueno y malo debe respetarse con temor reverencial. Y a día de hoy aún asustan a sus feligreses con la promesa de que si la moral pierde su anclaje en lo divino, el caos se hará dueño de todo. Una manipulación que delata, como bien Nietzsche nos muestra, el verdadero punto de no retorno en lo que se refiere a la emancipación del hombre de lo divino y sus sacerdotes: la autonomía moral. Y hacer saber que ella es posible, predicar esta buena nueva, es el verdadero asalto al cielo, el auténtico comienzo del ocaso del Dios. Pero del relato del pecado original hay otra lectura, si cabe más trágica. Una lectura que también Nietzsche trabaja y que veremos en una próxima entrega de este nietzscheario.

Autor

Gonzalo Muñoz Barallobre
Soy filósofo y hago cosas con palabras: artículos, aforismos, reseñas y canciones. De Tarántula soy el cocapitán y también me dejan escribir en Filosofía Hoy. He estado en otros medios y he publicado algo en papel, pero eso lo sabe casi mejor Google que yo.

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