Nel mezzo del cammin

Nel mezzo del cammin

 

El sol en derredor y en el centro un punto ciego. ¿Es el ojo que todo lo ve, salvo, quizá, al hombre? Descoyuntados estamos y no nos apercibimos, sin salvación y sin medida, ciertos de vivir sin ventura.

Resuena el piso de la torre, crujen los ventanales de la gran estructura de madera. La iglesia soporta los meteoros con la serenidad propia de la vida latina. ¿Es el final lo que no llega o no acaba de llegar?

¿Quizá hubo alguna vez un patriarca oriental que sajó las herejías del Asia y no fue debidamente castigado por ello? Dios en su infinita misericordia prefirió que profiriese un alarido mudo y sordo y ciego ante los altares de aquella iglesia.

El pastor no pastorea a su rebaño, el ciego no canta sus cantares, el humilde no sazona sus platos de cayena. Todo es una acumulación de tropelías y desmanes. Todo se hundirá en la ponzoña del Universo.

Nel mezzo del cammin della mia vita…así estoy apalancado en la ventana de mi oficina, contemplando los colores y embebido por los olores del otoño. La ventana, abierta, refrescaba los restos de un verano ya casi definitivamente ido. Era una situación ideal para meditar, en el trabajo, todavía sin la presión de los grandes expedientes del otoño caliente. Había ido al gimnasio por la mañana temprano y el dulce sopor muscular se añadía al ambiental. Nada me pesaba, la gracia del día me bendecía. Sabía que pronto aquella serenidad se alteraría aunque sólo fuera por el decurso natural del día, con la elevación del sol y la febrilidad que lo acompañaba.

…Ahora sólo quedaba por resolver media vida.

El ojo que todo lo ve…bíblica imprecación de antiguo testamento que nos persigue incansable a través de los siglos, que no de las eras. Es Moby Dick, es el Leviatán, es el ojo de algún dibujo animado de la Warner Brothers.

Sabiduría que se permite alabear columnas que sostienen grandes estructuras de madera y oráculos sin fin que avisan, sin duda alguna, del fin de los tiempos. Pero los tiempos no tienen fin en nuestro Universo de Big-Bangs sucesivos.

El sol en derredor y un punto ciego. Sí, esa es la forma más sensata de decirlo, de asumirlo y proyectarlo en la lejanía del pensamiento y del espacio. ¿Soñamos o vivimos por ventura? Un punto ciego…

¿Y si la vida, finalmente, no se resolviese? ¿En modo alguno? Girando y girando sin cesar alrededor de algún punto central y no visto desde los recovecos excéntricos. Sería un final feliz para cualquier vida.

Pero todavía queda mucho para poder escribir tal epitafio. En alguna tumba sin nombre, quizá. Pero no, no es el momento. La ocasión concierne a otros orbes, a otras ondulaciones gravitacionales.

¿Será el amor el fuego que nos consume? Amar y seguir trabajando en la oficina o en el gabinete. Llegar a percibir el fuego en la mirada y en la palabra, seguir trasegando sexo, semen y sudores. Vivir.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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