Mentir para vivir

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La mentira es una de las bases de la convivencia. Otra es la veracidad, la cual, desde cierto punto de vista, no difiere de la anterior. Ambas deben combinarse equitativamente para dar lugar a la comunicación funcional que sostiene y da pie al armazón social.

Mentir no es ni bueno ni malo, es necesario. La corrección social exige de nosotros una cuota responsable de mentira. Sensiblemente administrada puede dar lugar al equilibrio social y ser fiel de la balanza de nuestra interioridad consciente.

Porque si hemos de mentir a los demás, también nos hemos de mentir a nosotros mismos. En igual o superior proporción. La mentira interiorizada ayuda a formar el bagaje inconsciente que alimenta nuestros sueños y legitima nuestras pesadillas.

El inconsciente es mentira respecto del consciente, y al revés asimismo. En efecto, si el inconsciente es lo que nos ocultamos porque no podemos soportarlo conscientemente, ello no ha de significar sino que lo consideramos mentira, conscientemente hablando.

Así, la vida psíquica de cada uno de nosotros se equilibra entre dos fundantes mentiras relativas. El inconsciente y la consciencia. En su conjunto arman lo que podríamos denominar la mentira formal.

En oposición a la mentira que le infligimos a los demás, que podría decirse mentira informal puesto que no da forma directamente a ningún patrón de actividad, quiero decir que es más lábil que la automentira.

En efecto, la mentira a los demás, depende de cada interacción concreta y su organización y temporalización pueden ser muy variadas. Requiere de sutileza para ser porque si no sería evidente uno de los pilares de la Tierra.

Y todo ello debe permanecer en semi-penumbra, en los fondos abisales de las relaciones intra e inter personales para no perder la gracia y el salero que pudiera tener cada uno de nosotros en su accionar diario.

Las relaciones humanas han variado con el transcurso de las diferentes épocas y actualmente puede decirse que se ha sustituido el patrón-oro por la Bolsa de valores espirituales. Un cierto relativismo lo impregna todo y a todos y a todas.

La veracidad que era otro de los mimbres de la convivencia social, ya insinuamos que podría ser otro trasunto de la mentira. Ello es así porque las relaciones humanas no siguen el patrón de la lógica sino más bien de los conjuntos borrosos.

Así, mentira y veracidad, que no verdad a secas, están inextricablemente unidas por hilos que no sabremos cortar sin provocar auténticas hecatombes en nuestras existencias y en las de los demás.

Pero referirse a la mentira de preferencia, antes que a la veracidad, permite sugerir mucho más eficazmente cuáles pueden ser las tramas de la realidad, humana, que nos siguen haciendo humanos.

A pesar nuestro y de nuestras mentiras que son, no lo olvidemos, la sal de la vida.

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José Zurriaga

Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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