Los políglotas, William Gerhardie

Los políglotas, William Gerhardie

A las mujeres les gusto. Mis ojos azules, que muevo con encanto mientras hablo, quedan bien bajo mis oscuras cejas, que marco a diario con un delineador. Mi nariz se tuerce apenas, con un ínfimo arco. Pero lo que mejor las predispone, creo, son las delicadas ventanas de mi nariz, que me dan un expresión ingenua, tierna, inocente…

– Bueno , mayor, ¿qué le parece Japón?

– Hay solo un sitio decente en todo Japón -contestó- , y es la embajada británica. – Y luego soltó una risotada.

El tío Emmanuel tenía sentada una geisha en cada rodilla y parecía muy contento. 


Los políglotas Gerhardie
Para seguir, algunos de sus contemporáneos, como Graham Greene, Edith Wharton y Evelyn Waugh se llenaban la boca con las letras de William Gerhardie y  entre estos blowjobs tan diversificados y desenvueltos en la literatura (y en las finanzas cuando suena el dólar) cabía la honorable mención de puto amo para el autor de Los Políglotas. Vaya, el matiz anima, a Impedimenta y a nosotros. La palabra escritor toma relevancia.

( Hay escritores que le dan mucho crédito a la literatura, hasta convertirla en dogmática , pero dicen que no son escritores hasta que el universo editorial no se lo dice. Claro, esto viene a ser la hostia en verso,  si reverencias como un cabrón, la carrera de fondo es improbable  y además te estás poniendo gordo y tienes la piel hecha un asco. Más que nada porque esas pretensiones de escribir para ser un capo se quedan en la cuneta de una comarcal. No vas a ser Balzac ni Dickens en manos de una editorial de dreamteam porque no publican tales delic ; espera que te lo diga Marsé, algo tan improbable como una primitiva de seis  más complementario. Cuidado , el respeto tiene una coordenada con la adversidad. A este colega lo respetaban)

Y además ya lo apuntó Bukowski en Mujeres. Se llamaba Randy Evans y estaba demasiado embebido de Kafka para conseguir la menor claridad literaria.

 

Pero procedamos.

Esta novela, de doble moral, caballeros narcisos, moqueta roja, muebles labrados, primas ideales, geishas , dinero,  lámparas rocambolescas, afectación, suicidios, guerra, exilio,  muerte y riqueza decadente, cuenta la historia universal de la extravagancia de las familias. En el horizonte: la trágica reminiscencia de la Primera Guerra Mundial , la Revolución Rusa y el dinero, ese valor evaporado cuando suena el crack de la ruleta, y los tíos tienen nuevas noticias, entre ellas que dejemos de tocar los cojones.

– ¡Alexander! – me llamaba por mi tercer nombre porque George le parecía demasiado ordinario y Hamlet un poco ridículo – …


Y un buen día , aparece por la puerta el guapo. Georges Hamlet Alexander. Si es verdad que en principio merece una patada en la boca , no es menos cierto que se va embolsando la necesidad del amor de Sylvia, la prima pibón, y la complacencia según avanza la lectura, quizá por esa carátula de mordacidad anglo-rusa transferida por Gerhardie que tan buenos resultados causa al lector. El discurso no es vacuo aunque estén tasadas las palabras por un presuntuoso del copón.

A veces incluso los rusos y los ingleses pueden resultar graciosos (a veces). Quizá esa comedia que deriva de la tragedia como todo melodrama que nace de la quiebra emocional y los vestigios que dejan las guerras. Como aquello de Nabokov a Chéjov: literatura triste para gente con sentido del humor.

La mañana del día de año nuevo recibimos visitas desde temprano. Vino Francisco José. Vino la señorita de la ortografía. Vino la virgen. Después de la virgen y la hija del verdadero consejero de estado, vino un general de división de aspecto malhumorado y pálidos ojos desorbitados, que decía cosas mayormente inconexas. Me sentía en cierto modo asediado por ellos, pero me caían en gracia. Eran lunáticos buenos, que se portaban bien, cuidados y pulcros en su limitada e inocua demencia, comparados con nuestros caudillos , cuya locura era rematada y caótica. 

La familia es para verla, flipar en colores, y dejarla en manos de las hipótesis y los métodos de la psicoterapia y el psicoanálisis de Freud (incluida atención flotante a tope). Como clientes, acojonantemente interesantes. Todo un ramillete de depresivos, hipocondríacos  obsesivos y maníacos sexuales. Las delicias de Sigmund. Y el paisaje , muy por encima de obsesiones de tejidos y suspenses tiene toda una perfecta erudición para inventar pirados y locas del coño, incluida la notable personificación de  arrogancia y vanidad en toda la jeta de Diabologh.

Se agradece que no haya excesiva densidad cuando se habla en esta novela. Las palabras dinamizan bien y no es muy necesario volver hacia atrás, a veces con tono de sainete. En paralelo , una prosa limpia y carente de residuos que nos toquen la moral y nos hagan abrir la puerta del frigorífico. Merci beaucoup. Y vale, hay axiomas y adagios, pero viene todo medido. Gratifica. La novela no va vestida de nada, es un ropaje en sí misma, de ironía y eso. De dualidad.

Yo creo que sí. De sobra.

Los políglotas, William Gerhardie, Editorial Impedimenta, Traducción de Martín Schifino. 

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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