Los herejes

Los herejes

 

Vivimos tiempos de herejía, vivimos tiempos convulsos. La forma de plasmarlos ideológicamente es, seguramente, la herejía. El canon, lo canónico, ya no sirve, ahora hay que explorar sus vericuetos, despeñaderos y trochas.

Estamos demasiado presentizados, viviendo el presente que nos agosta, nos hace inermes y sujetos cada vez más a-pensantes. Demasiado fractalizados, recordemos, fractal, esa figura geométrica que se envuelve en sí misma hacia la nada…¡Como para vivir un tiempo de revolución!

Nos movamos en la dirección en que nos movamos, siempre acabamos por toparnos con nosotros mismos, o algún reflejo nuestro. No hay salida, amigos.

Ante esto, demasiado penantes como para revocar el canon, lo canónico, nos encontramos en tiempos de reformulaciones, de déjà-vu pero todavía no sé si…algo que cambia para no cambiar del todo.

Esto es, vivimos tiempos heréticos, que se caracterizan por poner en valor la figura del hereje, el fundador y primer practicante de su herejía correspondiente.

El equivalente telúrico del hereje, que es un reacomodador de los conceptos, es el terremoto. Un terremoto que varía en su grado de magnitud, oscilando entre movimientos casi insensibles y cambios caóticos, destructivos, pero que casi nunca llegan a la destrucción total y absoluta.

El hereje clásico, el de tiempos clásicos, no es un constructor, antes al contrario, es un destructor…y después de mi, el diluvio.

No le negaremos buena voluntad…quiere construir un mundo mejor, pero sus esfuerzos raramente llevan a la recompensa deseada. Después de revolver las aguas, generalmente pútridas, el proceso se revierte y se retorna a la quietud primigénea.

El Padre de la Iglesia, si es que hubo uno, oculto tras el telón, que inspiró el “in hoc signo vinces”, atribuido por el emperador Constantino a un sueño profético, en el que veía como una cruz le guiaba a la victoria, no sabía que estaba haciendo la etimología de la palabra “hereje”.

En efecto, en el origen de todo hereje, hay una idea motriz, muchas veces, una imagen motriz que surgiría, proféticamente, de las profundidades a la consciencia del hereje, o por mejor decir en el lenguaje tradicional, heresiarca, jefe de los herejes.

El heresiarca vive plenamente enraizado en su herejía, si no es un charlatán, y arrastra en pos de sí una masa de seguidores más o menos numerosa, que serán los que moverán esas aguas pútridas en el nivel que a cada uno le corresponda.

Visto introspectivamente, desde sí mismo, el hereje es el único que se comporta sin hipocresía, una vez que la correspondiente herejía ha surgido al mundo.

No diremos que está fanatizado, porque nuestros tiempos occidentales, que calcan moldes antiguos, no procuran claramente el uso de esa nota distintiva.

¿Y quiénes son los herejes de nuestro tiempo? Todos aquellos agitadores de las conciencias que pululan en ámbitos más o menos reducidos en nuestras sociedades, enganchados en la melaza del canon, revolviéndose sin poderse desprender de ésta, y que van desde el poeta que da un recital para cinco personas hasta Steve Jobs o Mark Zuckerberg.

Estas breves pinceladas servirán para dar un poco de entidad a la afirmación con la que abría este artículo: “Vivimos tiempos de herejía”. No me propongo, por ahora, ir más allá.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

One comment

  • Avatar

    En todo tiempo y lugar terrenal, hubo herejes, terremotos o apestados, porque lo sagrado, así lo manda u ordena. Otra cosa bien distinta es la ciencia como policía del Saber, desde el cambio de régimen, y mediante la disciplinarización de los saberes, lo que dio lugar a saberes locales, apartados o apestados. Y sin menospreciar al canon real, lo académico en sí, es harina de otro costal. En fin que, a lo que llamas herejes, yo llamó héroes, en base a los antecedentes “penales” de un saber como el científico, capaz de erigirse, desde en saber “verdadero”, hasta de hacer de nosotros mero objeto de estudio, y de generar pseudociencias de manera disparatada y deleznable. Cuando el científico, no es, más que un saber entre saberes. De las cosas del Saber. RT.-

    Contestar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *