LOS DÍAS QUE SOLÍAN SER

LOS DÍAS QUE SOLÍAN SER

La americana en el asiento de atrás, por si acaso. A la izquierda aparecía el Jardín Exótico, era bonito mirar a la derecha y ver la línea en la que se juntaban el azul del mar y el del cielo. Todos creemos saber cómo es Mónaco y es cierto que, en ocasiones, recorrer las calles de un sitio del que tenemos una imagen preconcebida no aporta demasiado. Lo de ayer, sin embargo, no se parecía en nada a ver la Formula 1 por la tele; por mucho que los yates, la curva de la Rascasse y el túnel estuviesen en su sitio. Nunca había visto a una chica así conducir un Rolls Royce –bueno, tampoco he visto a demasiadas chicas así ni muchos Rolls Royce- y soy consciente de que no es normal que en un concierto de Neil Young & Crazy Horse haya aparcacoches para todos: me empezaba a ir aquello de la 40 edición del Monte-Carlo Sporting Summer Festival 2014.

Neil Young se tomó menos en serio la advertencia sobre la vestimenta. Apareció a eso de las nueve y media sobre el escenario de la Salle des Etoiles. Sombrero y una camiseta negra, amplia; una sola palabra impresa: EARTH, Tierra. Rick Rosas, al bajo, y las voces de Dorene Carter y Mahoney Blue serían esta vez los que echarían una mano a Poncho Sampedro y a Ralph Molina en la tarea de acompañar a Young en sus divagaciones eléctricas. Estábamos muy cerca. No me costaba distinguir los símbolos hippies de la cinta de la Old Black, la legendaria guitarra negra.

En el repertorio del músico canadiense caben historias en las que el tiempo y el espacio funcionan de manera un tanto particular. Después de PowderfingerDays That Used To Be incidía -no estaba de más allí- en que las posesiones no suelen ser lo que parecen. Mi hermano sabe que siempre me ha gustado el panfleto antibelicista Living With War, también el verso de Heart Of Gold “son las frases que nunca uso las que me hacen seguir buscando un corazón de oro”.

Neil_Young_2008_Firenze

Una cerveza costaba nueve euros. Desconocía qué había llevado a Neil Young a compartir cartel de festival con Julio Iglesias y Paul Anka. Quizá pensase que al público monegasco no le vendría mal recordar que nos estamos cargando La Tierra, nos querría traer el mensaje del espíritu de la canción Love To Burn en una versión brillante, eterna: imposible esperar al final para romper a aplaudir.

 Los símbolos hippies de la cinta de la Old Black están deshilachados, pero la voz de Neil Young apenas ha cambiado; sus dedos recorren con energía las cuerdas durante una Rockin’ In The Free World que ahora incluye una estrofa sobre el cuidado del planeta. Un rato antes la mirada inquietante de Young había grabado a fuego las palabras hermosas de Blowin’ In The Wind; es verdad lo que me decía mi hermano de que Pshychedelic Pill en directo sí que recuerda a esas otras composiciones suyas sobre chicas capaces de sentir la magia de la noche.

Mientras Neil Young cantaba Who’s Gonna Stand Up And Save The Earth?, me preguntaba si a aquellas personas tan elegantes -amables y educadas como en ningún otro lugar en el que yo haya estado- les iba a hacer algo de efecto aquel discurso. De vuelta a casa, mi hermano repetía el estribillo de Days That Used To Be. Como en la canción, tiene un coche nuevo que le lleva allá dónde quiere ir. Sé que en lo esencial nada ha cambiado: por suerte, ese coche no nos lleva cientos de miles de millas más lejos de los días que solían ser.

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