Los derechos-fantasma

Los derechos-fantasma

 

Como dice la Constitución Americana de 1787: “…Todos los hombres tienen derecho a la búsqueda de la felicidad”. Es el primer texto que abre una era en la que todavía nos encontramos, pero hoy en día lo que se dice es lo siguiente. Todas las personas tienen derecho a la felicidad.

Si el siglo XVIII fue el de los derechos civiles, el XIX el de los derechos políticos y el XX el de los derechos sociales, desde fines del XX y en este principio de XXI tenemos los derechos-fantasmas.

Serían todos aquellos derechos que, con un poco de buen sentido, jamás tomaríamos en consideración. En particular, y como el más obvio, el derecho a la felicidad de los seres humanos.

Todos aspiran, y creen tener derecho, al mejor trabajo, coche, casa, vestidos, novia o novio (con sexo en abundancia)…Sin darse cuenta de que todo ello está fuera del alcance de la mayor parte de los mortales.

Lo peor no es desear, aspirar a, buscar, sino la creencia firmemente instalada de que “tengo derecho a”. Y no es cierto. No, amigo o amiga, no tienes derecho a nada de todo esto.

Sencillamente puedes aspirar a lograr parte de tus deseos si pones empeño, esfuerzo, trabajo, tesón e inteligencia, destreza, voluntad y paciencia, mucha paciencia. Cualidades todas ellas que se desvanecen en el aire cuando transcribimos en términos de derechos todo lo anterior.

Y naturalmente, como esos supuestos derechos no se hacen efectivos, la mayor parte de la gente de nuestro siglo anda frustrada y cabreada. La peor actitud posible para alcanzar la felicidad.

Porque la felicidad, dado que los bienes son escasos por definición, reside en la aceptación más o menos completa de nuestra real situación. Y la circunscripción de nuestras necesidades a nuestras posibilidades reales.

Pero esto no es posible si fantaseamos sobre derechos que no son tales sino creación de nuestra ansiedad y malestar como civilización. Es la sociedad de consumo la que incita al aumento del consumo indefinido y la que ampara nuestros deseos más alocados.

Individualmente, es una de nuestras primeras obligaciones morales, en esta sociedad, renunciar a la satisfacción inmediata de nuestros deseos, que nos convierte en niños y niñas a nuestra adulta edad.

Psicológicamente, la situación base de las personas de nuestro entorno es de regresión a hábitos y costumbres infantiles. La infantilización de nuestra sociedad ayuda en gran medida a los poderes constituidos a perseverar en su ser y a mantenerse incólumes.

¿Sabremos renunciar, como sociedad, a las pompas y fastos del consumismo? Ese es el gran dilema de nuestro tiempo y la piedra de toque sobre la que se debe fundamentar el retorno a valores y sesgos más racionales, sanos y, en definitiva, humanos.

(Este artículo toma como base una conversación con el psicólogo Claudio Fabian Navarro).

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

2 comments

  • Javier Ubach Belluga

    Estoy de acuerdo contigo José en que muchos de los derechos a los que aspiramos, no son más que producto de esta sociedad consumista en la que vivimos. Por ello, y sin querer hacer apología de ningún tipo (o sí), proyectos educativos basados en pedagogías activas (Piaget, Naranjo, Montessori, Wild, etc), son de vital importancia para que desde la infancia exista una oferta basada en el enriquecimiento personal como seres humanos desde el respeto. Sin embargo en la mayoría de los actuales, el principal objetivo consiste en el adoctrinamiento, como si de autómatas se tratase, de los niños. No está en juego algo baladí, sino nada menos que nuestro futuro y el de nuestro hijos en pos de una sociedad mejor. Una sociedad, en la que como dice José, alcancemos esa felicidad interior despojándonos de lo superfluo y lo material. Y allá cada uno con su escala de prioridades…
    Felicidades a José Zurriaga por desgranar con acierto y solvencia un tema tan fundamental.

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      Yo también estoy de acuerdo contigo, Javier, en la importancia de los distintos proyectos educativos. No conozco bien las pedagogías activas pero te puedo asegurar que estoy muy satisfecho con mi propia educación, basada en la enseñanza pública francesa, laica y republicana. Muchas gracias por tu encendido alegato y comentarios.

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