Locke, de Steven Knight

Locke, de Steven Knight

Tras de su paso por la carretera, vio los anuncios televisivos de coches de otra manera…Este podría ser un resumen de Locke de Steven Knight, interpretada de forma unipersonal por Tom Hardy en el papel de Ivan Locke.

¿Y por qué no? ¿Se podría considerar a esta película como unidimensional, pobre, que sale adelante con trucos de guión para mantenernos pegados a la butaca durante 85 minutos?. Pero…es que estamos ante un film siempre en el filo de la navaja, al borde de caer en algún abismo previamente definido.

Los trucos, si trucos son, sirven para mantener ese equilibrio inestable entre el cielo y el infierno, el paraíso y la condenación. Excelente labor interpretativa de Tom Hardy en un rol sólido pero matizado, lleno de convicción y ternura a pesar suyo.

Digo bien, a pesar suyo, pues Ivan Locke es la perfección acabada, el cartapacio lleno de esquemas y bocetos con soluciones a todos los posibles contratiempos que vayan surgiendo a la hora de culminar un buen plan.

El problema es que a Ivan, en esta hora aciaga, le mueve un dilema moral. Debe hacer lo correcto, y para ello tiene que hacer saltar por los aires todos los elementos de su vida profesional y familiar que ha sostenido hasta ahora.

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Tom Hardy, conduciendo.

Ivan es sólido, piedra berroqueña diríamos, con cronograma incorporado para saber en cada momento donde tiene que pesar de todo su peso. La situación es tal que debe encauzar una complicada jugada de billar donde cada bola pesa quintales y hacerlo de tal suerte que el tapete no sufra más de la cuenta por ello.

Autopista hacia la realidad…Ivan Locke conduce, siempre, a cada instante, pero no como aparenta en una sola dirección sino que se van entrecruzando mediante sucesivas llamadas al teléfono del coche sus mundos posibles. Digo posibles y no reales, porque en esa hora de encrucijada para Ivan todas sus referencias están momentáneamente en el aire.

Hay que manejar con cuidado ese material sensible y el guión de Knight es tan adecuado a la tarea que cuesta pensar en alternativas viables. De ahí que la resultante sea en todo momento un coche que va hacia adelante, sin desviarse un ápice de su rumbo que no está prefijado sino en marcha, en progreso a cada minuto de la película.

Los lapsos dramáticos de este film no pasan generalmente del minuto o minuto y medio, lo que duran esas perennes llamadas que recibe o hace el protagonista mientras conduce. Así que debe haber cerca de 70 actos a barajar con destreza para mantener la acción en parámetros dignos de tal nombre.

Un juego dramático a como mínimo seis bandas manteniendo las evoluciones de esas bolas sobre el tapete de forma sensata y correcta tiene que prever algún descargo, alguna unidimensionalidad que simplifique al menos metafóricamente, la complejidad del contenido.

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El protagonista, Tom Hardy, demediado.

Se logra por medio de una estética que juega con el regusto en la mente del espectador del spot publicitario contemporáneo estándar de coches a que estamos acostumbrados, bien acostumbrados por su repetido visionado en la televisión.

El conductor, Tom Hardy, está permanentemente bañado por esas luces a modo de fuegos fatuos, esos brillos y secuencias iluminadas que conforman el masajeo cerebral básico del kit universal para la venta de coches por televisión.

En el filo, como vivimos todos en este mundo de caos ambulatorio y circulatorio de bienes, personas, objetos, afectos, seducciones y traumas de toda laya en que se ha convertido nuestro cotidiano devenir por la vida.

Metáfora de nuestras vidas encapsuladas, como encapsulado va Ivan Locke en busca de su nuevo destino.

Steven Knight ganó el premio al Mejor Guión en los British Independent Film Awards 2013 por esta película.

Locke (2013), de Steven Knight, se estrenó en España el 22 de agosto de 2014.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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