Lo esencial y lo superfluo. O de cómo preferimos la margarina a la mantequilla.

Lo esencial y lo superfluo. O de cómo preferimos la margarina a la mantequilla.

El parto de una idea auténtica dura cientos, si no miles de vidas. Abarca un lapso que se diría a veces que se podría medir en ciclos astronómicos, hablando un tantico metafóricamente, claro está.

Lo que está claro es que las ideas escasean, hablo de las ideas germinadoras, generatrices, las esenciales y primigéneas.

Repasemos: el último tránsito en los cielos fue el de la astrología a la astronomía. En la vida espiritual, del mito al logos. En la material, de la caza-recolección a la agricultura.

Sí, seguimos en el Neolítico en lo que a vida material se refiere. En una melindrosa superespecialización del Neolítico. Pero los vegetales y plantas de los que nos alimentamos se cultivan en el campo, como en el Neolítico.

Y seguimos viviendo en núcleos urbanos, como los que principiaron en el Neolítico. Que darían lugar, con el paso de los tiempos, al germen de lo que luego sería el Estado.

Y las pestes, las epidemias…todo viene directamente de allí.

Todo lo que nos hace esencialmente como somos. Lo superfluo no, evidentemente. …¿La última “idea” plasmada materialmente no fue el paso del ordenador a la tablet? (¿O ya estoy muy anticuado?).

Todo lo que nos envuelve y nos convierte en hormigas, fácilmente pisoteadas por cualquier bota que se precie, todo el oropel, todo lo que nos hace insensibles y superficiales, cambia vertiginosamente.

Sin darnos tiempo – esa es una de sus virtualidades – a asimilar plenamente los supuestos cambios que generan en nosotros y en nuestro entorno.

Si supiéramos ver…más allá del iPhone.

Si supiéramos…seríamos no hormigas sino cañas pensantes…le roseau pensant, que dijo Blaise Pascal, el filósofo contemporáneo de Descartes.

Sometidos a todas las intemperies, prestos a fracturarnos ante cualquier eventualidad, compitiendo en nuestro nicho ecológico con todas las cañas, incluso las que crecieron antes que nosotros en terreno más fértil y tienden a chupar nuestros recursos…

Pero seríamos entes pensantes, muy débiles pero no desdichados, o al menos, no per se.

¿Qué nos lo impide? Creo que la fractalización progresiva de nuestra cultura, la presentización de nuestras vidas y de nuestros ocios. ¿Qué entiendo por fractalización? Es evidente que aludo a los fractales, esas figuras geométricas que parecen caminar en redondo, ensimismándose cada vez más…hacia la nada.

Estamos cada vez más ensimismados en un presente que no es sino arenas movedizas en las que nos enfangamos. Un ejemplo clarísimo de ello es la política de los medios de comunicación de masas.

Efectivamente, nos presentan y nos ocultan, alternativamente, distintos rincones de la caverna, iluminando y oscureciendo. ¿Qué se fizo del millón y pico de emigrantes provocados por la hecatombe siria? ¿Dónde están?

La vida es un artículo selecto y caro y no se compra en las grandes superficies sino más bien en una tienda de barrio, de proximidad, en la que encuentras gente quisquillosa y gente amable pero que dialoga sin barreras de estímulos aturdidores visuales y auditivos.

Mi agradecimiento por algunas de las ideas aquí expuestas a mi amigo, el psicólogo Claudio Fabián Navarro.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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