Considero que la mente es una función corporal. Estrictamente hablando, la mente es una función del sistema nervioso. Luego, sólo hay cuerpo.
Así, se cae en la tentación de decir que todo es cuerpo (cosa extensa) o materialismo, o bien que todo es mente o idealismo. Indistintamente.
Dicho con otras palabras, el cuerpo es el final de la mente y la mente el final del cuerpo. No hay ningún hiato.
Y desde la aparición del lenguaje, la mente es la ocasión del lenguaje. Mente y lenguaje se confunden.
Siempre se puede decir algo. De este modo para la mente el mundo (esto es, aquello en lo que se ocupa la mente) es la ocasión de una sucesión de conocimientos. Así no hay experiencia posible de la totalidad desde el lenguaje (se detendría la sucesión y no se podría decir ya nada más).
La palabra designa un referente y cuando no está presente, real o virtualmente, ese referente, lo hace aparecer en el mundo con su mera presencia en la mente. Cada hablante es pues creador del mundo.
Los pensamientos se organizan en sentencias o proposiciones y aparecen y desaparecen constantemente de la mente, hay pues tantos mundos como secuencias mentales.
No hay mundo, hay mundos, un número indeterminado de ellos.
Y se interrelacionan mediante la comunicación. Así, somos, cada uno de nosotros, y la totalidad de nosotros, mundos en comunicación, mentes pensantes.
No se puede considerar al mundo como tal puesto que no se puede abarcar (no tiene límites, si los hubiera el mundo seguiría tras ellos).
El mundo sólo se aparece a la mente como intersecciones de mundos, en cada uno de los nodos que se generan, bien sean otras mentes u otros cuerpos.
Así andamos siempre en pos de una quimera, la quimera del conocimiento. Con suerte podemos decir que el conocimiento es siempre parcial, restringido y limitado.
El mundo, los mundos, son lábiles, se interpenetran y se separan constantemente, hay una ecología de los mundos en acción.
Quien consiguiera describir ni que fuera uno de sus nichos ecológicos, se atrevería a fijar el mundo, que siempre está en movimiento, y al hacerlo, lo aniquilaría.
O bien lo convertiría en el Universo todo.
Con lo que recobraría sentido aquella oración que termina diciendo: “…Nada y así sea.”.



