Lecturas

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Mar Redondo nos leyó este relato en una de nuestras tertulias, en las que nos acompaña desde el año pasado.

Mar es licenciada en Historia del Arte y funcionaria en excedencia, además de escritora, profesora de escritura creativa y aprendiz de teatro. Algunos de sus relatos y microrrelatos han sido finalistas de diferentes concursos y publicados en antologías colectivas en papel y electrónica.

Lecturas
Por Mar Redondo

Sin aviso previo, la peluquera me ajusta el peinador en la nuca y me pide que espere sentado. Le digo que quiero raparme. Ella insiste en que espere mi turno sentado. No deja de ser incómodo que lo repita, pues ya estoy sentado y es una sensación extraña la de saber que no puedo volver a hacer lo que me piden y, aun así, siguen insistiéndome para que lo haga. Una demanda que en cambio la chica calva que ha entrado hace un instante no tiene que complacer enseguida. Al menos si no quiere. En contra de lo habitual, nadie sale a recibirla ni le exhorta con maneras de celador para que se siente. Tampoco hay quien se ocupe de su peinador ni quien le pregunte qué es lo que va a hacerse. Es ella quien por su cuenta y riesgo elige una revista del montón junto a la caja y viene a sentarse a mi lado.
—Buenas —dice.
—¿Qué hay? —contesto.
Es un intercambio de saludos neutro, maquinal, como la mayoría de los que suelen darse entre desconocidos. Su secuencia debería haber llegado a su fin cuando el segundo interlocutor, yo, hube respondido con corrección pero la misma neutralidad al primer interlocutor, ella. No conviene sin embargo dar nunca nada por hecho. En este caso, y hoy parece ir todo en contra de lo habitual, la chica corresponde a mi saludo de respuesta al suyo sonriéndome de esa forma que viene a significar algo así como ya lo ves o ¡buff! o aquí estamos. Algo estoico y resignado. Como si el acto de entrar en la peluquería lo hubiese promovido una voluntad distinta, distante a la suya. De algún modo, el detalle de su calvicie viene a reforzarme esa impresión. Cuesta comprender qué pinta una chica calva en una peluquería. Es una imagen turbadora. Y, en cambio, toda la atención de las peluqueras parece concentrada en un ángulo muerto del salón que burla el espejo, y de donde me alcanza una voz cuya firmeza en las instrucciones sobre el modo correcto de tratar su pelo delata pertenecer a una clienta habitual. Lo habitual de nuevo. Tal vez sea ese, aunque aún no lo sepamos, el hilo conductor de esta historia. De lo contrario la pregunta que sigue no será sino una morcilla, un pretexto para entablar conversación con la chica, sin mayor trascendencia para el desarrollo de los hechos.
—No eres asidua, ¿verdad?
—¿Cómo?
—Lo digo por el peinador.
—¡Ah!
—Ni siquiera te lo han puesto —digo repicando con la punta de las camperas en el zócalo de la pared.
—No.
—Hacen ese tipo de cosas con los que no somos asiduos.
—¡Humm!
Me mira de arriba abajo con la revista abierta sobre las rodillas.
—Pero a ti te lo han puesto —añade.
—Sí.
—Eres asiduo entonces.
—Pues no.
—¿?
—¿?
—Ya, una de esas cosas sin explicación —dice.
—¿?

Y me deja así, con un interrogante de apertura y cierre desplegado en la atmósfera tibia por el aire de los secadores. No responde de ninguna forma, ni verbal ni no verbal. A través de la luna del espejo, observo cómo despliega la revista y comienza a leerla por la última página. De izquierda a derecha. Como a la japonesa. Es de esas personas que siguen el texto con el índice y mueven los labios al ritmo de la lectura, un detalle que no acaba de encajarme en ella. Aunque la calvicie hace que sea difícil adivinarle la edad, por el piercing de la ceja le calculo entre quince y veinte, y aunque apenas ha dicho unas palabras no se me da el perfil de alguien poco formado. Dudo que lo sea. En cualquier caso, todo este asunto de la lectura carecería de importancia de no ser porque al poco de empezar a leer, como si se tratase de una consecuencia directa de ello, se arranca también a suspirar. Con ostentación incluso. No lo suficiente, de todos modos, como para interferir el sueño de un ejecutivo que dormita con el tinte puesto tres asientos más allá, ni que la clienta asidua ni las peluqueras —ni acaso ella misma tal vez— adviertan nada. Exceptuándome a mí, nadie en el local parece prestarle atención ninguna.
Dadas las circunstancias, el hecho de tener el peinador puesto se me antoja poco menos que un regalo, una distinción que me aporta cierta calma ante la posibilidad de ser ignorado por las empleadas, igual que ella. Viene a ser como un cartel de cerveza gratis a la entrada de un bar, un reclamo seguro. Saberlo me permite relajarme mientras espero. Para entretenerme, doy vueltas en la mano a un frasco de spray que he cogido del expositor; intento leer su contenido, pero el rótulo está gastado por la fricción y no me lo pone fácil. Ni siquiera achinando los ojos.

—No se lee el contenido —se lo muestro a la chica, que lo mira con desgana.
—No.
—Está borroso, por la fricción —me sonrojo como un quinceañero al pronunciar la palabra—, ya sabes…
—Claro.
—Puede que sea laca.
—Tal vez.
—Tú no la necesitas —digo.
—Es verdad.
—Mejor, ¿no?
—¿?
Me tienta la idea de no contestar para devolverle la jugada.
—Voy a raparme —digo, en cambio.
—¡Ah!
—Un poco extremo, lo sé, pero…
—Ya.
Antes de devolver su atención a la revista me sonríe de una forma que esta vez no sé cómo interpretar. A través de los altavoces suspendidos a los lados del espejo, acaba de colarse en la peluquería el ritmo aflautado de Karunesh y lo acompaño repiqueteando de nuevo en el zócalo con la puntera de las botas. Pese a ser uno de esos locales con decoración feng shui, vestidor en lugar de ropero y lavacabezas robotizados apesta como cualquier otro a perfumes astringentes, a las esencias caribeñas exprimidas en los champúes, al ácido mordiente del fijador; el resultado es un cóctel nada homogéneo cuyos grumos parecen deslizarse por el salón y percutir contra todo lo que encuentran, paredes, objetos, personas. Me palpita la temporal. Ambas. Quiero que esto acabe. Al ejecutivo del tinte le pasan al lavabo.

—¿Qué crees que puede ser? —digo tendiéndole a la chica el spray. Ella levanta la vista de la lectura, mira el frasco y encoge la cabeza entre los hombros al nivel de las escápulas. Le correspondo con un gesto idéntico.
—Te parecerá una tontería —cambio de tema—, pero se hace más corta la espera cuando te han puesto el peinador.
—¿Tú crees?
—Yo diría que sí.
Cierra la revista, esta vez de derecha a izquierda.
—A mí me hace pensar en las camisas de fuerza de toda la vida —dice, la frase más larga que ha articulado hasta ahora.
—Un poco exagerada la comparación, ¿no?
—¿?
—La verdad es que solo las he visto en el cine —digo.
—¡El cine!
—¡La ficción!
—¿La fricción? —pregunta.
—No, no, la ficción —rectifico, y cuando la oigo reír caigo en la cuenta de que me está vacilando. El piercing de su ceja, de color blanco, tiene un momento violeta que dura lo que su risa.
—Aun así, prefiero sin peinador —dice, otra vez seria.
—Si es cuestión de preferencias…
—No lo necesito.
—Bueno, necesitar, necesitar… Nadie lo necesita en el fondo, pero protege, ¿no?
—Sí.
No estoy seguro de si es un asentimiento a lo que acabo de decir o la reafirmación ante sí misma de su frase anterior.
—¿?
—Tienes un pelo muy bonito —dice.
—Gracias —contesto. Por un instante, lamento no ser mujer para poder permitirme cierta dosis de coquetería, qué sé yo, jugar con algún mechón o practicar el gesto de sacudir levemente la cabeza para apartarlo de la cara. No soy mujer y no lo hago. Me conformo con pasarme el spray de una mano a otra, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, alternativamente. En cualquier caso, aunque hubiese sido mujer, desde el momento en que me rape, desde hoy mismo, dejaría de contar con ese recurso como cualquier hombre.
—¿Vas a lavártelo antes de…? —pregunta.
—Supongo que sí… O no. No sé.
—No hay ninguna necesidad si van a meterte la maquinilla.
—Cierto.
—Son ganas de perder el tiempo.
—Ya —digo. Tiene razón. Lo que no le digo es que casi seguro me dejaré lavar por no enzarzarme en un tira y afloja con la peluquera, que para no desmerecer de los de su gremio probablemente insistirá. Ni tampoco que me gusta la idea de lo irreversible, y lavarse el pelo es una de las pocas cosas que aún lo son. Una vez lavado ya no hay vuelta atrás. No hay forma de devolver el pelo al punto de astrosidad que tenía antes de ser lavado. El agua lo cambia todo, o casi todo, desde la acústica de los pasos en las aceras hasta el umbral de cocción de un guiso de legumbres. Solo hay algunas cosas que se salvan, que no varían ni siquiera con el agua, ni con la caliente con la fría; sucede con los relojes sumergibles, el color de los cristales incoloros, algunas ausencias y ciertas clases de dolores.
—Además hay que ahorrar agua —dice.
—Cierto —repito—. De todas formas creo que me lo voy a lavar, está incluido en el precio.
—Tú mismo —contesta.

Su respuesta me hace pensar que puedo haberla ofendido al rechazar su consejo. Parece querer demostrármelo pasando páginas a la revista con mucho ruido, como al tran tran del Drive my car de los Beatles que resbala desde hace rato por los altavoces. De fondo, como siempre, el compás regular de sus suspiros. No puedo verle bien la cara en el espejo mientras lee, pero la luz halógena le ilumina el cuero cabelludo y lo refleja en la luna salpicada de tintura, funde ambos detalles en una sola imagen, ella, más envejecida. Por un instante siento que comprendiera su presencia en el local, aunque no consigo aislar tal comprensión. Se diría que, una vez calvo, cualquier visita a la peluquería resultaría innecesaria, que junto con el pelo se esfumasen los motivos que hacen preciso su cuidado y, aunque esto es mucho suponer, quién sabe si incluso los motivos que hacen preciso cuidado alguno.

En un vistazo rápido a la lista de servicios que cuelga de la pared descarto que su elección tenga que ver con el alisado termal japonés, los rizos glossform o el recogido de estilo italiano, dadas las evidentes exigencias capilares de todos ellos. Me inclino más bien entre la biocauterización y el peeling orbital. No tengo la menor idea de en qué consisten ni lo uno ni lo otro, de modo que, por ahora, ambas alternativas quedan sujetas a reserva en cuanto al requisito de tener pelo para poder realizarlas y, en consecuencia, susceptibles de ser una opción. La misma, pienso, que me quedará a mí cuando me rape. Y con este pensamiento vuelvo a tomar conciencia de para qué he venido.
—No deja de ser algo extremo —digo otra vez.
—¿Cómo?
—No, nada, pensaba en voz alta.
—¿Te has fijado? —señala la lista—. Solo ofrecen corte de pelo a secas, sin especificar nada sobre técnicas o estilos. Por ejemplo, tú te vas a rapar. ¿Lees por algún sitio “rapar” o “ rapado” o “raparse”? ¿Te parece lógico? Toda una pila de cortes posibles reducidos a una única categoría, como si cada corte no requiriese unos preparativos concretos o un tiempo de trabajo determinado. A ti, sin ir más lejos, no hace ninguna falta que te laven si van a utilizar la maquinilla.
—Bueno, yo solo quiero raparme, me da igual cómo lo hagan —digo un poco a la defensiva ante su repentino lado locuaz.
Como respuesta, solo recibo el fricar de las páginas de la revista y un suspiro profundo y denso. La temporal me palpita de nuevo. Ambas. Esta vez el latido me obliga a cerrar los ojos con fuerza, como si me hubiesen puesto delante un regalo sorpresa y antes de desenvolverlo tuviese que acatar esa formalidad. Cuando vuelvo a abrirlos, ensayo una mueca tipo monstruo en la luna del espejo —se me ocurre que tal vez pueda conseguir que ella vuelva a reír—, más o menos así: la boca de par en par, el maxilar superior exageradamente adelantado mostrando los dientes de arriba y los ojos extraviados hacia las comisuras como si fuera un bizco zurdo. Ella ni se entera. Es la peluquera que me ha puesto el peinador quien se desliza por detrás y me sorprende en lo más excelso del espectáculo. Tanto es así, que me cuesta desencajar las mandíbulas para componer a tiempo un gesto que me restituya la reputación; cuando creo haberlo conseguido, la empleada se aleja ya hacia la puerta para despedir a la clienta asidua y no sé a quién dedicárselo. De regreso, me indica con la mano el fondo del local donde están los lavabos. Como si ahora todo fuesen prisas me retira el sillón para instarme a que me levante. Dócilmente, me dejo conducir por el rastro a manzanilla que deja en el aire, llevándome conmigo el frasco de spray.

Como había imaginado, todo termina rápido. Según parece los cambios irreversibles se comportan así. Tiene su lógica. Si el proceso fuese más largo le acompañaría el riesgo de reversibilidad a cada paso.

Con disimulo, me acerco a la chica y me coloco a su espalda. Ya no llevo el peinador puesto. Ambas imágenes, calvos ahora los dos, se duplican en negativo en la superficie del espejo. Ella alza la barbilla y observa el reflejo sin decir nada. Suspira, suelta el aire poco a poco. Sigo pensando que tal vez podría hacer que dejase un momento de suspirar, por ejemplo leyéndole del revés —como a la japonesa— el rótulo del spray, pero está tan borroso que aunque lo intento de nuevo no consigo leerlo. O contándole que, de niño, en cuanto me cortaban el pelo agarraba un resfriado de los gordos, con las ventajas que eso supone cuando se es niño. Pero ya se sabe que hablar de la niñez y empezar a suspirar es todo uno. Lo dejo correr. Y, por si el frasco hubiese estado simplemente empañado, lo froto suavemente con el dedo.

—Se ha borrado, sin más ni más —dice ella.
—Puede que sea espuma.
—Puede.
—No te han puesto todavía el peinador.
—No.
—No es lo habitual —digo añorando el leve abrigo que la prenda me ofrecía y su efecto de retención, esa especie de gravedad que me ha mantenido pegado al asiento pese a todo.
—¿?
—Tal vez sea laca.
—¿? —encoge la cabeza entre los hombros al nivel de las escápulas—. Cualquiera sabe qué será.
—Tú lo has dicho.

Autor

Justo Sotelo
Novelista y catedrático de Política Económica, es profesor en los prestigiosos ICADE (Universidad Pontificia de Comillas) y CUNEF (Universidad Complutense de Madrid). Licenciado y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española. Ha escrito varios libros de economía y decenas de artículos, así como cinco novelas (La muerte lenta”, 1995, “Vivir es ver pasar”, 1997, “La paz de febrero”, 2006, “Entrevías mon amour”, 2009 y “Las mentiras inexactas”, 2012), sendos ensayos sobre los escritores Manuel Rico, 2012, y Haruki Murakami, 2013, y un libro de microrrelatos, los "Cuentos de los viernes", 2015. En la actualidad está escribiendo un segundo libro de microrrelatos: "Cuentos de los otros" y una nueva novela.

5 comments

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    Extraordinario, Mar. Escribes muy, muy bien. Adjetivos precisos, a veces sorprendentes ( “perfumes astringentes) y la palabra adecuada en el momento oportuno. Me ha gustado mucho lo del poder limpiador del agua, que no puede, sin embargo, con “algunas ausencias”. Genial. Enhorabuena y sigue con ello. Lo tuyo es el arte de la palabra, está claro. Un beso

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    Gracias, Isa. Viniendo de una profe de lengua es un halago. Me consta que tú tampoco lo haces mal. Nos vemos mañana. Un beso grande.

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    Querida Mar, eres una auténtica “artistaza”. Como muy bien se ha dicho, tienes la habilidad de extraer lo mejor de un relato que, quizás para muchos aparentemente sea intrascendente, y sin embargo para otras, como es mi caso, resulte bonito y agradable de leer. Escribes con fina ironía y marcando muy bien las “pautas” de comportamiento y los silencios de las personas intervinientes en el relato. Muy bien, Mar. Tu lectura resulta muy amena y entretenida…describes con una realidad que se palpa una situación en la que nos podemos encontrar inmersos muchos mortales. Un beso

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