Las mil y una noches

Las mil y una noches

Durante siglos no hubo lugar más remoto que la India,. Allí todas las cosas ya eran viejas cuando, joven y guapo como un dios, llegó a ella Alejandro Magno con su ejército de guerreros, poetas y filósofos. De aquella famosa expedición volvieron los griegos a Europa cargados de oro y plata, libros y leyendas, y hasta una secta filosófica, la de los gimnosofistas, que iban más allá de Diógenes y prescindían hasta de la túnica como él prescindiera del vaso. Pero ya antes de esta epopeya alejandrina del siglo IV antes de nuestra era, los persas, vecinos y consanguíneos de los indios, habían tomado de éstos muchas cosas o, mejor dicho, no las habían tomado, sino traído, pues hay un momento en la cronología más o menos histórica en que persas e indios son los mismos o, por lo menos, hermanos carnales pertenecientes a la gran familia aria, y residen aún en la península del Punjab, donde todavía hoy quedan poblaciones de ascendencia irania que hablan un persa un tanto dialectal y arcaico. Al desplazarse luego al Oeste y al Sur, los persas llevaron consigo esa propiedad intelectual que supone su patrimonio cultural, compuesto principalmente de un folclore y de una mitología, así como del rito de Agnio del Fuego, que será luego la base de la religión zoroástrica. Mas luego, constituido el imperio persa de Ciro, mantienen siempre los iranios relaciones de toda clase, incluso bélicas, con los indios, y sería largo decir todo lo que en esas épocas tomaron de ellos así como todo lo que ellos tomaron de los griegos. Basta leer a Heródoto para descubrir, bajo el barniz helénico, la raíz persa de muchos nombres que indican el origen iranio de cosas tenidas por griegas.

Los persas hacen con los griegos el mismo papel que luego harán con los árabes, que a su vez arabizan sus préstamos y así los hacen irreconocibles.

Las Mil y una Noches, a pesar de tener un claro germen ario-persa, hablan árabe y rezan a Alá. Y esos árabes que les han dado su lengua merecen, pues, contarse entre sus padres. Todo esto hace que resulte muy difícil clasificar exactamente este libro que, por lo pronto, queda en la vaga región de lo asiático.

Las Mil y una Noches deben su existencia a las noches de Asia. Es una colección de “historias de noche” y no nos debe extrañar, pues, lo oscuro de sus orígenes. La literatura griega nace a la luz del día bajo los auspicios de Helios. La literatura oriental se abre como el loto bajo la atenta mirada de la Luna. Todo en Oriente reposa adormecido durante el día ardiente y deslumbrante. Es por la noche cuando la Naturaleza y los hombres se reaniman y empiezan verdaderamente a vivir. En esas horas dulces y tranquilas, oreadas por las brisas fragantes con olor a jazmín cuando las mujeres dejan el harén y se reúnen en las azoteas de sus casas para solazarse y degustar sorbetes perfumados y contarse historias, y también los hombres se juntan en los atrios, plazas y terrados para saborear el placer de socializar entre ellos y trenzar diálogos o contarse historias vividas o escuchadas.

Los reyes orientales, siempre llenos de preocupaciones de índole política o doméstica, se entregan en esa hora a la expansión, y se olvidan de sus largas sesiones en el diván para hacer que sus visires dejen de ser ministros y se conviertan en juglares. El insomnio de los reyes exige entretener las veladas para predisponerse al sueño, y apelan al benigno hipnotismo del cuento o la historia que distrae su mente de lo mundano para trasladarlos a regiones de ensueño que los preparen para el necesario reposo.

Todos los monarcas de Oriente tienen en torno suyo un cuerpo numeroso de juglares que recitan historias para ellos. Ya Alejandro Magno llevaba consigo en su expedición a la India ese séquito de narradores, encargados de amenizar sus tedios nocturnos. Era tal el temor que los monarcas y sultanes sentían ante la posibilidad de que les faltasen historias de noche, que mandaban escribir las que oían y eran más de su agrado y guardarlas en sus archivos para volver a escucharlas en ocasiones de penuria inventiva. Tal fue el origen de los anales del libro que nos ocupa.

A veces actuaban de juglares los propios visires y aprovechaban la ocasión para amonestar al rey y darle lecciones indirectas de buena política, valiéndose de la fábula zoológica para velar sus intenciones con esa máscara impersonal.

Muchas de las historias de Las Mil y una Noches han llegado a nosotros por la tradición oral antes de que las conociéramos por escrito, desfiguradas y fantaseadas, como la mitología antigua, épica y caballeresca se dimana del ciclo de la guerra de Troya, es un eco lejano del Mahabharata y de las guerras de la época feudal de los hindúes, refundiendo por los juglares medievales. Es increíble el maravilloso poder andariego de esas historias antiquísimas, que van de un extremo al otro del mundo en labios de viajeros, peregrinos y mercaderes, y que llegan a formar una literatura oral aparte, una versión popular de los argumentos tratados en los libros.

La tradición oral introdujo en Europa, en esos siglos, muchos argumentos y temas exóticos que, de esa forma, llegaron al conocimiento de las personas cultas antes de que originales escritos. Se trata de una prodigiosa metempsicosis de las ideas, de una transmigración asombrosa de almas literarias. Y de este modo llegaron también Las Mil y una Noches, sin nombre ni paternidad, antes de que el orientalista francés Antonio Galland se las diese a conocer, traducidas, a sus compatriotas en el siglo XVIII.

Puede parecer desconcertante, pero nunca hasta el siglo XVIII había sonado en Europa el título de Las Mil y una Noches, y eso que ya en el siglo X existía, según los eruditos, el núcleo central del libro y las comunicaciones con Oriente nunca estuvieron cortadas, al contrario. La tumba del gran Khan de Tartaria, que se supone henchida de tesoros, y el Santo Sepulcro de Cristo en Jerusalén, fueron imanes potentísimos que atrajeron a viajeros y peregrinos cristianos y provocaron esas movilizaciones en masa de los Cruzados.

Marco Polo, en el siglo XII, inicia ese itinerario que luego han de seguir otros muchos y que abarca desde el norte de China hasta Ceilán, Madagascar y Java, es decir, todo el mapa de los viajes de Simbad. Pues bien, Marco Polo, Pedro della Valle y otros viajeros ingleses, alemanes y franceses cuya serie cierran, en el siglo XVI, Tavernier y Chardin, pasaron por esa Siria donde Antoine Galland encontró su manuscrito de las Mil y una Noches. Todos ellos pudieron oír en los zocos y cafés de Oriente algunos de esos cuentos recitados por los juglares y haber dado alguna noticia de ellos. Pero no fue así. Europa no supo nada de este libro hasta los primeros años del siglo XVIII en su edición francesa, revisada varias veces, que pasaría a Alemania e Inglaterra cuando la obra quedase relegada por los acontecimientos de la Revolución. Fue la versión inglesa la que apareció con el nombre de Arabian Nights, por cierto.

Cuando Galland publicó su versión francesa la presentó como una recopilación de cuentos árabes de un autor desconocido. Es decir, lanzó ya la idea apriorística de que el autor era uno solo. Al descubrirse luego otros manuscritos árabes más ricos en los que la unidad de plan y estilo se perdían, la tesis de un solo autor resultó insostenible y los orientalistas hubieron de admitir la calidad rapsódica de la obra y con ella la pluralidad de autores, cosa que hoy en día nadie pone en duda.

Hay muchas teorías sobre la antigüedad de los relatos contenidos en el libro. La cronología es una invención griega y fue entre los griegos, que hablaban en sus asambleas con la clepsidra por delante, donde empezó a tener valor el tiempo, donde empezó a ser oro, el primer oro alquímico, y a cotizarse a un precio a menudo exagerado.

El árabe y todos los pueblos antiguos tienen la sensación del tiempo en masas; el pasado en bloque encierra todo lo pretérito y el futuro todo el porvenir; en cuanto al presente, casi no existe para ellos y, en cierto modo, todas las categorías temporales se les funden en un solo bloque o se transmutan y convierten en capricho, como en la cronología de los sueños. Esta vaguedad de su noción del tiempo se manifiesta en sus conjugaciones, de una imprecisión que contrasta con la exactitud del grupo indoeuropeo de lenguas. La única guía para orientarse en ese laberinto temporal es la mención de algún monarca de constancia histórica; pero aun así queda la duda de si se trata de un ardid del autor o de una interpolación del copista. La guía léxica tampoco sirve de mucho. Se intentó sacar el argumento cronológico de la mención en estos cuentos de voces como kahua (café) y duján (tabaco), que situarían las historias en que aparecen en los siglos XVI al XVII. Pero tales hipótesis se echan abajo haciendo notar que la voz kahua, en su acepción primitiva, significaba vino añejo o licor fuerte y no hay que interpretarla forzosamente por café.

Parece claro que algunos cuentos fueron recopilados en el primer siglo de la Hégira y otros posteriormente. Parece evidente que parte de ellos provenían de tradiciones orales anteriores al Islam, posiblemente de origen persa o hindú. Sea como fuere, no está muy clara la forma como se constituyó el primer cuerpo de cuentos que en el siglo XVIII llegó a Europa. Todo son dudas respecto al manuscrito árabe que utilizó Galland, el cual, en su primera versión, sólo llegaba hasta la noche 264 y, a partir de ella, seguía con los cuentos sin numerar las noches. Como quiera que casi todos los traductores viajeros bebieron de las fuentes de la tradición oral, fuentes vivas pero impuras, de Las Mil y una Noches, y de labios de los raui o rapsodas recogieron historias con que enriquecer sus versiones a costa de los juglares públicos que en zocos y cafés de Oriente fueron añadiendo noches a las Noches.

Pero ¿cómo distinguir lo auténtico y lo primitivo de lo interpolado y lo apócrifo? No hay criterio seguro ni método deductivo que pueda servirnos de brújula. Ni las indicaciones temporales ni las geográficas nos sirven pues se trata de cuentos y no de historias y de cuentos escritos por hombres de ese Oriente en que fecha y lugar nunca tuvieron gran importancia y, además, poetas, para lo que todavía la tienen menos. Para los árabes todo es poesía; poema es, para ellos, la Historia y viven y actúan en un espacio y tiempo ideales. En general, así era para todos los pueblos antiguos, quitando si acaso a los griegos, siempre lúcidos e inventores de la medida y el número; los demás pueblos orientales, fumadores de alhaschishce y opio, confunden fechas y lugares y tienen memoria imprecisa.

Las Mil y una Noches, como nuestro Quijote, con el que, por su realismo, tiene tantas analogías, proyectado sobre un fondo fantástico de leyenda y de mito, y su doble carácter popular y culto, es un libro enigmático. Hay en él cosas que suponen una clave y la necesitan para su comprensión. La dificultad está en hallar esa clave. Es más que probable que Las Mil y una Noches tengan o hayan tenido un sentido, si no esotérico, si al menos simbólico; hay en ellas demasiadas cosas oscuras que plantean enigmas, por ejemplo en la propia onomástica. ¿Por qué Schahrasad se ha de llamar “hija de la ciudad” y su hermana Dunyasad “hija del mundo”? ¿Qué intención secreta encierran esos nombres? ¿Y qué significación tiene el detalle de que los tres zaluk de la Historia del alhamel y las mocitas (noches 9 a 11) sean tuertos los tres del ojo izquierdo? Reconozcamos que, si no es un libro hermético, por lo menos lo es oscuro, sembrado de dificultades para el lector. Dificulta todavía más la aclaración de esos enigmas vinculados a la onomástica la diferente grafía con que aparecen en las distintas traducciones del libro. Pero no olvidemos que Las Mil y una Noches no son un libro, sino muchos libros, por lo que tampoco podemos generalizar acerca de ellas. El tiempo hace enigmáticas todas las cosas y a veces olvidamos con demasiada facilidad que los pueblos que convivieron durante la confección del corpus de la obra fueron auténticos maestros del esoterismo; me refiero a los judíos, los árabes y los hindúes.

Todo es vago e impreciso en torno al libro si lo consideramos en su prehistoria, es decir, antes de ser escrito, no como libro, sino como una tradición. Tan sólo podemos hacer una reducción hasta llegar al meollo cuando las abordamos desde el lado árabe, islámico, en relación con el Corán y la historia religiosa y política de ese pueblo. El Islam es lo único sólido en el libro. En su forma actual, Las Mil y una Noches redactadas por escritores árabes son un libro árabe, una epopeya nacional o racial de todo un pueblo. Los rapsodas árabes compusieron una obra de mucho más alcance, que rebasaba los límites estrechos del marco primitivo y llenaba del amplio soplo del desierto, de su respiración de infinito, esas veladas literarias de una corte persa.

Suele darse como plan primitivo del libro el de contar la historia de las desgracias conyugales del rey Schahriar y su hermano, y la misoginia en que estos, por efecto de ellos, vienen a caer; pero todo toma muy pronto un rumbo muy distinto y mucho más serio bajo la pluma de los continuadores que le dan una impronta didáctica. No se trata ya simplemente de demostrar la falsedad de las mujeres, ni de trazar reglas de moral práctica, sino de encaminar a los hombres por la senda de Alá, mostrándoles ejemplos y señales que los espanten y escarmienten. Se traza una senda didáctica y moralista imprescindible para un pueblo que apenas acaba de comenzar su andadura unido por la fe. Es como una mezquita distribuida en series de columnatas, cuyos arcos todos convergen al mihrab, y en la que, por cualquier parte que se mire, se ve el nombre de Alá. Todas las historias del libro nos llevan siempre, a pesar de su aparente diversión, a lo mismo: a su punto de convergencia, que no es otro que las postrimerías del hombre. El nombre de Alá campa en todas las partes de este edificio literario, desde los cimientos hasta la techumbre. Se trata de historias llamadas a mover a reflexión a los que son capaces de reflexionar.

Las Mil y una Noches están consteladas de pensamientos y locuciones coránicas, entretejidos con aleluyas del Libro, que le sirven de registro y resorte; sus historias son todas reversibles al fondo épico del Corán (tomado en buena parte, no lo olvidemos, de la Biblia y el Talmud) y hasta su técnica literaria íntima es la misma del libro sagrado. La literatura oriental es una literatura censurada, no por la autoridad teológica, sino por sus propios autores; de ahí que no pueda salirse de ciertos límites y que, como nuestra literatura medieval, trate de desquitarse de la coacción dogmática en el terreno libre de las costumbres y la salacidad. El pensamiento árabe, cohibido en lo dogmático, se desquita en zona neutral de lo opinable y se entrega a la especulación metafísica que le permiten las cuatro sectas ortodoxas del Islam, y encara con variedad de actitudes esos grandes problemas de la predestinación y el libre albedrío así como el del valor de los actos humanos y el poder de la voluntad en la lucha con el Destino. Y lo hace siempre sin salirse nunca de los linderos de la fe.

Es admirable el desparpajo con que los rapsodas árabes introducen en el libro toda la época de los califas abbasíes, sobre todo la de Harún al-Raschid, su Carlomagno, mitificándolo y tomando pretexto de ciertas historias para exponer la teología islámica en todas sus tendencias de batiníes, sufíes, motaziles y kadríes en ese período, así como sus inquietudes espirituales y sus materiales esplendores, el estado de sus conocimientos cientificos en matemáticas, astronomía, atrología, dietética, profilaxis, teología, jurisprudencia y otras materias.

Las Mil y una Noches están impregnadas del entusiasmo imperialista de los triunfos sorprendentes del Islam en un período histórico en que la media luna eclipsaba con su fulgor a todos los soles y aun a todas las lunas de Oriente, y en que Harun al-Raschid actuaba como emperador y pontífice en los cuatro puntos cardinales, y Bagdad veía llegar diariamente embajadores de todos los reyes y era como una Meca profana, visitada por todas las caravanas del mundo. Las Mil y una Noches respiran la embriaguez jubilosa de sus siglo triunfal, son un monumento alzado a los gloriosos califatos abbasíes, bajo cuyo dominio político y religioso culmina el poder del Islam, que es el poder del Profeta y que es un poder contemporáneo de Carlomagno.

Sí, Harun al-Raschid, quinto de los abbasíes, es el héroe de esta fiesta literaria, en la que actúa también de personaje, en unión con su visir Châfar ben Yahya y su guardia personal, el eunuco Mesrur.

No me extiendo más. En la forma que han llegado hasta nosotros, Las Mil y una Noches pertenecen en cuerpo y alma a la literatura árabe. Los árabes, al apoderarse de su fantasma indostánico, le aportaron su vida, su sangre y sus rasgos fisionómicos y psicológicos raciales. Hicieron algo más que adoptar al expósito: volvieron a recrearlo en sus entrañas. Las Mil y una Noches es el libro árabe por antonomasia y la epopeya en prosa de un pueblo que, junto con el Corán, no ha legado obra más sublime al mundo que mediase entre lo religioso y lo eterno.

Cabría preguntarse por qué, incluso los que no las han leído, conocen el cuento de Alí Babá, los viajes de Simbad y demás historias. Cabría preguntarse por qué fascinó de tal manera a Occidente que Rimsky Korsakov se inspiró en ellas para componer una de sus obras sinfónicas más sublimes. Cabría preguntarse si nuestra percepción del Islam (y la de muchos musulmanes radicales) no cambiaría si leyésemos esta magna composición con el respeto que merece. Y es que, si el Corán anula a todos los demás libros en el concepto religioso de los árabes, Las Mil y una Noches eclipsan con su esplendor a todas las demás obras de fantasía.”

Autor

Francisco Gijón
(Madrid, 1973) realizó estudios de Historia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia especializándose en Arte Prehistórico e Historia Clásica. Viajero y divulgador, sus bitácoras reciben miles de visitas mensuales de todo el mundo. En su faceta de novelista cuenta con varios títulos de ficción histórica, entre las que sobresale su último trabajo “Los Cuadernos de la Memoria”. Twitter: @francisco_gijon

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