Ser feliz es lo mejor que podría dejarme de pasar!
¿No ser feliz, que no lo soy, esto es, tantear la felicidad y dejarla un poco de lado, como al bies, como si tuviera la fuerza suficiente para arrastrar en pos de sí una vida?
¿No ser feliz y ocurrírseme lo que jamás pudiera ser, esto es, ser feliz mientras se deja atrás todo confín y toda orilla?
¿Pero cómo ser feliz?
¿Es necesario imponerse algún límite? Como en matemáticas, una tendencia que no llegase a buen fin.
O bien hay que disfrutar de los guijarros del, supuesto, camino de la felicidad, e ir pasando de uno a otro, dañándose alegremente los pies.
La respuesta no es sencilla.
Habría que poder podar los callos y rugosidades de los pies para contestar sin hacer trampas.
Sinceramente, no me veo muy capaz de ello.
Así que, definitivamente…Ser feliz es lo mejor que podría dejarme de pasar!
Porque cada día nos saturamos un poquito más de nosotros mismos. Saturar tomado aquí en el sentido de un gas que ocupa más y más porciones de un volumen dado.
Y así se convierte la experiencia insaturada en un antídoto, en un antiveneno.
Y rodando los mundos que van rodando bajo nuestros pies llegaremos a la pradera esmaltada de flores blancas y azucenas…
Sabremos qué nos queda por contar y ese tal será nuestra vida, nuestra entera vida…
Amando, sólo y siempre.
Porque el amor nos transporta en volandas por el difícil sendero de la felicidad y del pequeño o mucho engolamiento que nos hace hincharnos poco a poco, como rellenos de un gas en putrefacción.
Una naturaleza muerta es un buen símil de lo que digo.
Aprender a ver por entre el plumaje demi-faisandé del ave correspondiente.
A nuestros ojos y nuestra boca.
Siempre, por siempre animales. Pero no desbocados, sino en el instante supremo de la caza.



