La resistencia íntima, de Josep Maria Esquirol

La resistencia íntima, de Josep Maria Esquirol

Para Sergio y Laura, resistentes

 

Querido A… Nos enfrentamos a un adversario insidioso y brutal, un enemigo multitudinario que va armado hasta los dientes y persevera en su asedio a nuestra fortaleza día tras día, noche tras noche. Pensarás que ya se me disparó la vena paranoica, tú que todo lo ves tan bonito y tan fácil desde esa isla física o química o mental en la que has ido a instalarte. Quizá yo sea un paranoico, pero entre tanto el múltiple enemigo sigue acechando en todos los frentes, librando sus batallas día tras día, cosechando sus victorias noche tras noche: al Norte, en el gran frente orgánico, sobre las vastas praderas del dolor, se posiciona y amenaza la enfermedad, los mil y un desgastes, quiebras e insuficiencias que atentan contra nuestro principal —nuestro único— efectivo, que es el cuerpo; al Sur, en el frente mental, si aceptamos llamarlo así, los vientos del desánimo y la depresión, el aire helado del fatalismo paralizante, del nihilismo disgregador, así como las mil y una piedras de la locura que vuelan buscando hacer blanco en nuestra cabeza; al Este, avanzando imparable como el carro de la Aurora, cabalgando con todo su aparato de relinchos y espumarajos, el muy real espectro del totalitarismo, con un primer desarrollo expeditivo y bárbaro, sanguinario, y una fase adulta en la que muta hacia formas más “amables” y “civilizadas”, es decir, más invisibles y eficaces en su afán de dominio, y de exterminio; y al Oeste… Ya sabemos lo que hay en ese negro Oeste contra el que vamos siendo arrinconados. La inevitable cuchilla final, sí, el finis vitae o definitivo silencio, llámalo como más te guste.

Dan ganas de meterse en cama y no salir, ¿verdad? Nah, sólo serviría para ponérselo más fácil. Es otro el sitio en el que hay que meterse, mira:

Portada de "La resistencia íntima", publicado por Acantilado

Portada de “La resistencia íntima”, que publica Acantilado

«Quien va al desierto es, sobre todo, un resistente. No necesita coraje para expandirse sino para recogerse y, así, poder resistir la dureza de las condiciones exteriores. El resistente no anhela el dominio, ni la colonización, ni el poder. Quiere, ante todo, no perderse a sí mismo pero, de manera muy especial, servir a los demás. Esto no debe confundirse con la protesta fácil y tópica; la resistencia suele ser discreta».

Josep Maria Esquirol, profesor de Filosofía y, por lo que veo, hombre decidido a servir, hombre consciente de que sólo hay vida si hay resistencia y de que todo aquel que resiste lo hace en medio de un desierto (físico, mental, político, moral…), acude a nosotros con su precioso argumentario y un baúl lleno de víveres y herramientas para hacer más viva nuestra resistencia, más resistentes nuestras vidas.

«El mortal debe resistir, aunque sea provisionalmente. […] todo está destinado a desaparecer; a quedar disuelto por el paso implacable del tiempo y a hundirse en la oscuridad. Todo, y también lo humano que posee el trágico don de lo que solemos llamar conciencia de la propia finitud. Morir, finir. Tal conciencia de la finitud, en absoluto obsesión, sino reflexión, no lleva a superación alguna. Lleva a la resistencia».

Eso, hermano mío, mi semejante, mi espejo: a la resistencia. Y si lo he entendido bien, el primer paso de este movimiento lo hemos de dar no hacia fuera, sino hacia el interior (hacia la intimidad, mucho mejor), en un ejercicio de reencuentro y fortificación, de recogimiento reflexivo que es toma de conciencia y ejercicio de responsabilidad, primero hacia uno mismo y enseguida hacia los demás. Argumenta Esquirol que la resistencia lo es frente al cúmulo de fuerzas (físicas, intelectuales, políticas, morales…) que asedian nuestra integridad en un afán sostenido de disolución y exterminio, de allanamiento y barrido de las diferencias que sobresalen, ese relieve humano (físico, intelectual, político, moral…) que es el hermoso fruto del desarrollo en libertad, del ejercicio del pensamiento y de la palabra próxima.

«La fortaleza del resistente proviene de su ser más hondo», resume Esquirol, y precisa a continuación: «La memoria y la imaginación (el trabajo de las ideas) son las mejores armas del resistente».

El profesor Josep Maria Esquirol, fotografiado por Jordi Esteban

El profesor Josep Maria Esquirol, fotografiado por Jordi Esteban

La resistencia, por lo demás, es íntima pero no narcisista (como sí lo es el poder al que se enfrenta). El resistente, defiende este profesor, no se aísla ni se desentiende: se hace más fuerte y así más útil a su comunidad. En esa fortaleza que es la intimidad, se cultivan la confianza en uno mismo, la autoconciencia y el autocuidado, la responsabilidad y también el autocontrol. Y de esa gimnasia interior (íntima, mucho mejor), bien musculado en esas espalderas, el resistente sale y actúa, emprende o continúa o vuelve a empezar, una y otra vez; y comparte, cuida y ayuda, lucha y suma y sigue. Precisamente Esquirol prefiere llamar “filosofía de la proximidad” a su filosofía de la resistencia, por la importancia capital que, para el resistente, tiene y tuvo siempre y ha de seguir teniendo el prójimo. Si ya nacemos en el cuerpo de otro (de otra, mejor), si nuestra existencia ha sido posible porque otro (otra) la ha aceptado y asumido, la ha cuidado, alimentado y protegido, resistiendo frente a todo lo que asediaba nuestra extrema vulnerabilidad, si en palabras de Josep Maria Esquirol «la existencia humana se inicia en la casa que es el otro», qué fracaso tan grande es desentenderse del otro, cuando ha sido y sigue siendo gracias al otro que podemos resistir.

Denso y fecundo ensayo te envío esta vez, querido amigo, pero también jugoso y colorido, que nutre y fortifica al resistente, y lo estimula y lo honra, lo dignifica y pone a su disposición armas y saberes, vehículos y mapas donde se indican los peligros, así como las estrategias más inteligentes y eficaces, más… (valga decirlo así) “humanas”. Y te quiero subrayar una de las fuerzas disgregadoras que identifica Esquirol, uno de los totalitarismos más poderosos de nuestro tiempo, de los más dogmáticos y aplastantes, al que todos aludimos sin saberlo cada día, el llamado La actualidad: nuevo imperio invisible y rampante que nos envuelve como un mal olor, aire que respiramos como si no hubiera otro mejor, ardid que se articula en entelequias y quimeras, eufemismos y mentiras como los llamados “opinión pública”, “medios de comunicación”, “mundo de la información” o (el más refinado y perverso de todos) “redes sociales”. Ahí queda, no me entretengo: te dejo que lo leas y lo pienses, que lo descubras y, si es posible, que nos ayudes a resistirlo. Sólo decirte que ahí, en el imperio de La actualidad, nos la está jugando otra tiranía, tan chunga como la que más. «Hay vida más allá de la actualidad», señala Esquirol. Y en seguida advierte su error y se corrige: «sólo hay vida más allá de la actualidad».

Dijimos —dijo Esquirol— que el cuerpo del otro fue nuestro primer refugio y fortaleza, el bastión interior (íntimo, mejor) en el que dio comienzo nuestra vida, es decir, nuestra resistencia. Muy gráficamente, y aunque comporte una redundancia, todos nos referimos a la lengua que aprendimos de niños como nuestra “lengua materna”. Es redundancia, claro que sí, pero nos ilumina y nos conviene preservarla: la lengua es madre, esto es: amparo y refugio, alimento y cuidado, fuerte en un medio inhóspito e instrumento principal, con nuestro propio cuerpo, de la resistencia. Muy contrario (no: muy complementario) a la pulsión que subyace al regressus ad uterum, esa necesidad tan humana de ser recogido y cuidado, atendido, consolado, mimado…, la reivindicación del hogar que es el otro y que es la lengua (que es, presta atención, la escritura) subraya lo que la madre defiende, lo que una madre está dispuesta a resistir “con uñas y dientes”, y con inteligencia, con memoria, con imaginación y con una inconmensurable generosidad.

Por eso es tan importante cuidar el cuerpo, y cuidarlo bien. Por eso, querido amigo, es tan importante cuidar y fortalecer y perfeccionar la lengua, vehículo transportador de la sangre y los nutrientes que nos hacen más fuertes y capaces de resistir, de no rendirnos a nada, es decir, «a la nada» que se expande y nos sitia cada día, sea en forma de invisible actualidad o de desagradable aliento, el del poderoso invisible o el del cacique de turno, quizá más visible de lo que nos gustaría.

Vivir, es decir, sobrevivir

Vivir, es decir, sobrevivir

Termina Esquirol su luminoso ensayo proponiendo una “metafísica del ayuntamiento”, como lo oyes. Hombre culto que apela al sentido primero (o último) de las palabras, nuestro profesor dispone del término en su sentido etimológico: el del sustantivo adiunctio (unión, acercamiento, adhesión), o el del adjetivo adiuntus (unido, adjunto, contiguo), o el del verbo adiungo (juntar, unir, uncir). Ayuntamiento sería, pues, no sólo o no tanto ese sitio donde nos gobiernan, o desgobiernan, la ciudad y el barrio y la calle y la casa, como el acto, estado, y efecto de adjuntar o unir. En esta juntura, la persona y la palabra son la articulación, el cosido o hilván que resiste frente a lo que desune, a lo que disgrega y desgarra. La persona y la palabra existen, son posibles, porque unen y suturan y así resisten frente a todo lo que desmembra y disipa. Si no fuera así, hace mucho que no quedarían ni personas ni, claro, palabras. Por desgracia, las “juntas” que gobiernan, o desgobiernan, nuestros ayuntamientos, esa instancia primera y más próxima que con mayor celo debería velar por las comunidades de prójimos, también se convierten a veces en activos de ese enemigo múltiple y bárbaro al que debemos resistir. Pero recordemos:

«El resistente no anhela el dominio, ni la colonización, ni el poder. Quiere, ante todo, no perderse a sí mismo pero, de manera muy especial, servir a los demás».

Eso es lo que olvidan quienes nos gobiernan, o desgobiernan. Eso es lo que no debemos olvidar nosotros.

Tuyo como siempre,

Alberto

Autor

Alberto R. Torices
Alberto R. Torices (Guernica, 1972) es autor del libro de cuentos Los sueños apócrifos (2009), la novela corta Piel todavía muy blanca (2005) y la selección de relatos Yo, el monstruo (2002). Ha recibido entre otros premios el de Narración Breve UNED (2009) y el de Novela Corta ‘Tierras de León’ (2004). Formó parte del equipo editor de la revista The Children’s Book of American Birds que publicó el Club Cultural Leteo entre 2005 y 2010.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *