“La ópera de los tres centavos“, con libreto de Bertolt Brecht —en colaboración con Elisabeth Hauptmann— y música de Kurt Weill, constituye una de las formulaciones más contundentes del teatro épico y una pieza decisiva en la evolución estética y política del teatro del siglo XX. Estrenada en Berlín en 1928, en el contexto inestable de la República de Weimar, la obra no se limita a retratar una sociedad corrupta: analiza los mecanismos que naturalizan esa corrupción y la integran en el funcionamiento ordinario del sistema económico.
Partiendo de “La ópera de los mendigos” de John Gay, Brecht realiza una operación crítica que trasciende la adaptación. El hampa y la respetabilidad burguesa dejan de ser universos contrapuestos para revelarse como expresiones complementarias de una misma lógica estructural. Mackie Navaja y Jonathan Peachum no representan polos morales opuestos, sino modalidades distintas de administración de la violencia y la miseria: uno desde la ilegalidad visible, el otro desde la legalidad empresarial. En ambos casos, la explotación se racionaliza y se organiza. La mendicidad convertida en negocio y el crimen gestionado como empresa evidencian la tesis brechtiana de que el capitalismo funciona como una maquinaria de apropiación sistemática, donde la diferencia entre delito y orden es fundamentalmente formal.
El efecto de distanciamiento (Verfremdungseffekt), principio esencial del teatro épico, se despliega aquí como herramienta de conocimiento. Brecht interrumpe la ilusión dramática para impedir la identificación emocional pasiva y sustituirla por una actitud crítica. La música de Kurt Weill, con su ironía áspera y su ruptura del lirismo operístico tradicional, refuerza esa distancia: las canciones no acompañan la emoción, la comentan; no intensifican el pathos, lo desactivan. El espectador no es convocado a la compasión, sino al análisis.
En esta perspectiva, la obra articula una concepción materialista de la alienación. Los personajes no están definidos por una esencia psicológica, sino por las relaciones sociales que los configuran. La degradación moral no aparece como desviación individual, sino como consecuencia de un orden que convierte toda relación en transacción. La alienación atraviesa tanto a quienes son explotados como a quienes explotan: todos quedan atrapados en una lógica que mercantiliza la vida y transforma la supervivencia en cálculo.
El desenlace, con el indulto arbitrario que salva a Mackie de la ejecución, condensa la operación crítica de la obra. La justicia se presenta como representación, como acto espectacular que reafirma el poder en lugar de cuestionarlo. No hay restauración moral ni catarsis; hay exhibición del mecanismo. El sistema no se corrige, se perpetúa.
En el marco del pensamiento teórico de Brecht, la obra ejemplifica su concepción del teatro como aparato de producción y no como mero aparato de reproducción. La escena no debe reflejar pasivamente la realidad, sino exponer sus condiciones materiales y hacer visibles sus contradicciones. El teatro, entendido así, se convierte en un espacio de esclarecimiento histórico: un lugar donde el espectador aprende a percibir la realidad como algo construido y, por tanto, transformable. En este sentido, “La ópera de los tres centavos” no solo representa una crítica a su tiempo, sino una formulación práctica de la teoría brechtiana: un teatro que renuncia a la ilusión para activar la conciencia y que concibe la representación como un acto de intervención crítica en la historia.




