La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori

La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori

… la ironía no es agresiva. Es la forma de expresión natural de los perros tristes, no de los mordaces. Sobre todo cuando uno se enfrenta a una excesiva certeza de sí… If you get what I mean.

 

rezzori abelPara empezar La muerte de mi hermano Abel es todo un agravio para la literatura contemporánea. Un ultraje de manual con una pregunta retórica: ¿cuándo murió el talento? ¿qué leéis en verano debajo de las sombrillas de la playa? Porqué tanto daño Rezzori. Para seguir, La muerte de mi hermano Abel es una novela para hombres (esto no es Barco de Vapor, ni siquiera novelitas de narcos de Alfaguara). De inconscientes valientes (exentos toreros y pilotos de fórmula uno). Pero como soy un machote le solicité a Sara la novela. Claro, duele la cabeza y se sufre, pero la fama cuesta.  800 páginas, y como toda novela que es semejante tocho tiene una dedicatoria pequeña (¡a quién sino a ti!). Menudo hijo de puta. Quicir “te vas a cagar”. Se reza una oración, se bebe un vaso de vino, se enciende un cigarrillo, se aspira con miedo, se expira la primera bocanada de humo. Llevo 200 páginas y nunca vi tan exánime cierta literatura contemporánea. Vale, Rezzori eres Dios y dedicaré el resto de mi vida a plagiarte.

Vamos a coleccionar genialidades, las putas, el vino, los editores borrachos, los amores, los nazis, los paletos, los aristócratas, los procesos de Nüremberg, los cerdos del cine, París, Hamburgo, madame la patronne (bestial en su belleza artística, como corresponde a su exuberante y sudorosa madurez), el amor a Christa, el aislamiento, la tortura, el vientre, el amor a la puta Gisela, divertidas soflamas contra los franceses, su protocolo, su extraña educación, sus maneras. Disfrutemos el despotismo contra otros libros, el totalitarismo del hallazgo, el absolutismo de la literatura.

 El mundo es un acontecimiento en el que no participo, en el que nunca he participado ni participaré jamás. Es un acontecimiento francés,  y yo no soy francés. Ni siquiera soy un boche, como Schwab, un potencial asesino de franceses (y lo repito: la suya era una relación íntima, casi una identificación). Tampoco soy americano (lo cual sería otro género de asesino de la forma francesa). Yo no soy nada. Ni siquiera soy un apátrida en el sentido jurídico, sino un desarraigado de nacimiento, déraciné par excellence: un auténtico sin padre y sin patria, uno que no sabe quién fue su progenitor, cuya madre abandonó y traicionó a los de su estirpe, a su pueblo; un tipo sin tenencia ni pertenencia, sin bautizar, sin fe, sospechosamente políglota y divorciado de todo vínculo con una tribu, con toda bandera… Pero, eso sí, un hombre en busca de todo eso.

 

Aquí tenemos para seguir con 250 páginas más como poco. Y no hay otra forma de leer una novela de 800 páginas. Buscar el refugio, el respiro, antes de tirar el libro por la ventana y matar al gay gnomo de Chueca.  El pasaje que te dice: ahora no puedes parar, idiota. La conexión, el vínculo, esa parece ser la patente del libro de Von Rezzori y es a su vez la manera del novelista para  hilar la vida de diferentes épocas y diferentes personas, diferentes paranoias, diferentes hijos de puta, complejos de inferioridad y soberbias varias.

Cierto es que ochocientas páginas dan para la parte honesta e íntegra de la memoria, la cómica y por supuesto la correveidile y alcahueta, y claro, cierto esfuerzo en el alter ego (la fascinación del charme), si bien la inteligencia de Rezzori no ha lugar a egolatría piscopática sobre todo porque en tal magnitud de papel, tiene muchas oportunidades para redimirse, y exorbitante cultura y literatura; como maestro versado en lengua y erudición.

Hubo un momento de la vida que Paris no fue tan soporífero, aunque Rezzori no soportara a los gabachos. Sigue siendo una ciudad de Venus; las putas de Saint Dennis Strasbourg ahora son jóvenes chinas y viejas francesas, si bien hay cierta seducción en el puterío de nuestro Gregor von Rezzori y las borracheras con los editores, y en las rosas blancas y el champagne. Claro y en ser guapo, escribir como dios, tener dinero y bellísimas novias locas del coño. Y saber dar la chapa, sin que tu editor o lector tenga ganas de sacar una Colt 45. Llevar el dolor por dentro, en los previos de la expansión literaria.

 Fue el libro el que destruyó mi matrimonio con Christa, el que lanzó a Dawn al manicomio. Fue la mentira (si bien nunca descubierta del todo, pero que se trasluce en todo y lo infiltra todo) por la que nunca pudo confiar en mí (lo que fue, a fin de cuentas, la causa de su muerte). Ha convertido a mi hijo (un niño hasta hace poco de ojos límpidos como el agua de un manantial, para quien yo era como una estrella del firmamento) en un pequeño y amargado contable de mis promesas incumplidas y anhelos insatisfechos. Y, en consecuencia, me ha convertido a mí en un embaucador cada vez más astuto, en un mentiroso y un falsario cada vez más taimado, y ha transformado mi existencia en un <<como si>> cada vez menos convincente.

 Porque escriba lo que escriba, siempre, a la larga, me escribo a mí. Cualquier cosa que narro, siempre, a la larga, me narro a mí. En otras palabras: no soy yo quien vive mi vida, mi libro me vive.  Y lo que vivo, cómo lo vivo, queda determinado por el éxito o el fracaso de mi libro.

 

La muerte de mi hermano Abel es el empíreo, gloria pura, obra maestra.  Un mal día lo tiene cualquiera, y una patata de libro la pide cualquiera. Entre medias, servidor alguna vez quiso dejarlo todo y encender la tele, ver la Champions, el escote de la Pedroche (ya basta por hoy de premiados contemporáneos de treinta y cuatro años). Pero cada tanto una novela viene a rebatir el canon, cualquier bobada de taller literario, la indolencia del prescriptor. Incluso es cuanto menos singular que una novela cúspide y superior a miles de libros, una novela Barça haya quedado relegada en la injusta amnesia del arte. Merci José Aníbal. Merci Sexto Piso.

Interesante que Gregor Von Rezzori aflore cinismo, desanimo, a veces recóndito humor, e importante para no parecer un idiota, es decir, gracias a no estar putamente feliz no parece un gilipollas gremial. Creo que ya hemos aprendido que un genio de la literatura no puede estar alegre ni poner corazones en Facebook. Esos documentos, esos papeles, las maletas, las carpetas, los garabatos, el vino, los ataques de autodestrucción creativa nos delatan el día a día del miserable arte  de la literatura. La metafísica del escritor.

(En este punto convendría agradecer la perspectiva apátrida de nuestro héroe, Subicz).

Es el escritor en el líquido amniótico de su deseo, de su urgencia de escribir, su querer escribir en proceso germinal. Porque lo que él escribe ha de germinar: habrá de desarrollarse a partir de sí mismo.

Sigo viviendo la escritura como un ser vivo que vive en mi vida. Debo narrarlo todo como narraría alguien que no soy yo pero que convive conmigo: viviendo. Mi continente, en su dimensión espacio-temporal, es una isla en el océano del tiempo.

Metáfora titánica de un universo llamado Europa, siempre en trámites de ser juzgada por tanta batalla congénere, ciudades y mujeres rotas calmadas con el liberalismo. Todo se compra, todo se rehará.  Apología de lo perpetuo, la inmortalidad, el caos del pasado, la anarquía documental buscando la obra maestra.  La Novela.

 No he salido de esta habitación desde hace ocho días con sus noches. Madame me abastece de vino, pan, carne fría y huevos (que bebo directamente de la cáscara). El bello polaco me lo sube todo, lo coloca delante de la puerta, toca brevemente y, por lo general, cuando yo abro ya se ha marchado. La mujer de la limpieza viene cada mañana, hace la cama y casi nunca encuentra nada que recoger. No la dejo acercarse a mis papeles.

La muerte de mi hermano Abel, Gregor von Rezzori, Sexto Piso: 2015. Traducción de José Aníbal Campos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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