La mirada indirecta

La mirada indirecta

Diría que son el mismo personaje en dos actrices, en dos películas y en dos momentos diferentes. Les une el propio Woody Allen, creador de todos los perfiles, y el hecho de que expresen su naturaleza detrás de unas gafas de sol. Hablo de Anjelica Huston en Misterioso asesinato en Manhattan (1993), es decir, de Marcia Foxx, y de Judy Davis en A Roma con amor (2012), es decir, de Phyllis. Dos ciudades, Nueva York y Roma; dos luces distintas de las que proteger los ojos y, en ambas, la réplica titubeante de Woody Allen: Larry en Amércia y Jerry en Europa.

Marcia y Phyllis están dibujadas con el mismo trazo incisivo de la ironía, de la inteligencia como atractivo poderoso, pues el ingenio define la belleza física de estas mujeres, actrices que podríamos denominar “de carácter”, como hicieran las grandes compañías de teatro, que son reclamadas para dar vida a mujeres con un cigarro en la boca, con una respuesta a punto de herir susceptibilidades y la mirada dispuesta a desnudar al interlocutor. Quedan definidas por ese elemento tan útil y, sin embargo primordialmente coqueto, que son las gafas de sol.

En ellas, las gafas subrayan una actitud altanera, desafiante e independiente. No resultaría tan potente la imagen de Anjelica Huston impartiendo lecciones de póker a Woody Allen en un bar si su discurso en la mesa no viniera sustentado por las gafas de sol, que refuerzan la supremacía de sus hombros al sujetar la baraja. En esa escena las gafas insinúan sus ojos brillantes tras el humo del tabaco y dicha insinuación es el personaje. Fue un acierto.

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La actriz Judy Davis con Woody Allen en A Roma con amor

Por su parte, Judy Davis encuentra en las gafas una proyección de su actitud con Jerry, su marido, a quien conoce más allá del amor, en un plano tan familiar que a veces adopta una posición maternal, adivina sus pensamientos y sus intenciones, le riñe e intenta domesticar en lo que resulta ser un juego sexual, pues ese comportamiento inocente, travieso e infantil es lo que le maravilla de él. Detrás de sus gafas a lo Lennon, Judy Davis asume la rectitud de una institutriz y las lentes proyectan esa pose de mando, de distancia, que es un arte de la seducción.

En otras ocasiones, las gafas de sol no forjan la luz interior de los personajes sino precisamente su oscuridad. En el vaivén incesante de una barca Gene Tierney contempla morir al lisiado hermano menor de su amado, que presenta un estorbo para sus planes de futuro. No se inmuta, las gafas refuerzan sus ojos atentos, sin pestañeo, que bien merecieron la nominación al Óscar en 1945 por Que el cielo la juzgue.

La madre de todas las malas, la femme fatal que sentó las bases del proceder, también fumaba en la oscuridad y portaba gafas de sol tan negras como sus planes. Barbara Stanwych en Perdición (1944) gana altura gracias a las gafas, se hace imponente en su pequeña dimensión de animal frágil junto al rudo y corpulento Fred McMurray, que es incapaz de intuir que la traición es rubia.

Y también las gafas de corazón con las que Lolita seduce, desbarata y enternece al profesor Hambert; las de Mónica Belucci en Malena; las de Marisa Paredes en La flor de mi secreto; las de Victoria Abril en Amantes; las de Meryl Streep en El diablo se viste de Prada; las de Carmen Maura en La comunidad… Un larguísimo etcétera se sucede, pero es obligado citar a Diane Keaton. Solo ella es Annie Hall. Solo ella soporta todos los complementos juntos. Nos enseñó un día que el amor es un nudo de corbata.

Pero donde las gafas de sol alcanzaron el súmmum como pieza clave en el mundo de la moda es en Breakfast at Tiffany´s (1961). Las joyas reflejadas en las lentes y la presencia de Audrey Hepburn reflejada, a su vez, en el escaparate, propiciaron no solo el nacimiento de un mito sino de toda una iconografía del glamur. Esas gafas anuncian la biografía de Holly Golightly, sus ojos trasnochados estaban ahí, alimentándose de diamantes al tiempo que calmaba la resaca a base de café y cruasán. La historia había comenzado. Y aún quedaban sus ojos.

Autor

Daniel María
Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Colabora en Tarántula, Fogal, Revista de la Academia Canaria de la Lengua, Qué Leer y El Perseguidor, entre otros medios. En 2013 obtuvo el Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural Joven Promesa y el Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Autor de los poemarios Hilo de cometa (2009) y flor que nace en los raíles (2015), el libro de cuentos (De)función cómica (2009), el estudio El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011) y las novelas El hombre que ama a Gene Tierney (2013), Premio de Edición Benito Pérez Armas, y Un crimen lejos de París (2014). Posee, entre otros, el Premio Internacional Jóvenes de la Macaronesia de Poesía (2005) y el Premio Félix Francisco Casanova de Poesía (2007).

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