La hora última

La hora última

 

La muerte es un callejón sin salida. La muerte nos enseña limitación y encierro. Efectivamente, la muerte no es más que la apertura en nuestras vidas de la caja de la entropía. Es nuestra mayor contribución personal al desorden del Universo.

La Humanidad lanza andanadas de desorden entrópico contra el Universo, cada una de sus muertes es una muesca más que le hacemos al cubo gigante, ordenado, del Cosmos para transformarlo poco a poco en Caos.

La muerte es la vida puesta del revés. Como una máscara de Carnaval que no volviera ya más al baúl de los disfraces y nos permitiera jugar siempre a lo que no somos porque ya no lo seremos.

Morir juiciosamente no es posible. Siempre hay que volverse loco antes de morir. Loco de dolor o loco de lasitud, tanto da, pero la cordura es una de las marcas de la vida corriente y del normal decurso de las cosas.

Los occidentales amamos la muerte, tanto que la relegamos a lo más profundo de nuestra privacidad porque, celosos, luchamos a dentelladas para que nadie nos prive del placer de estar solos frente a ella. Moriremos solos o no moriremos.

Anteriormente, y también hoy día en otras culturas, la muerte era un momento más de la vida, al que se accedía sin solución de continuidad tras el paso por este mundo. Sólo nosotros, occidentales, la hemos transformado en gigantesca y mortífera amante de nuestros últimos días.

Sólo a los occidentales nos está permitido decir cosas como las que digo en los párrafos precedentes, sin que nos tiemble el pulso de pintor naïf que no quiere serlo, porque se ha reconvertido a brumas más o menos románticas, procedentes de un pasado cortado en principio por el mismo patrón de todas las demás culturas.

El lado naïf de la muerte en todo el mundo salvo ahora, entre nosotros, es uno de los rasgos más distintivos de nuestra civilización. La locura no suele ser naïve, será salvaje o gore, quizá, y morimos locos. Morimos locos y con dramatismo -así la entropía universal-.

Morir, así, es vivir una pasión. La última de nuestras vidas, la primera que no tiene fin. Si, como decía una canción, la tristeza no tiene fin, la muerte occidental tampoco, porque se transforma en una asíntota a medida que se acerca, sin final consciente ya que los rituales de paso hacia ella han dejado de surtir efecto entre nosotros.

Las brumas últimas, de la última Thule de nuestra vida, no se levantan ya nunca más ante nuestra vista, sea febril o no, de los últimos momentos. Porque sólo sabemos vivir y hemos cerrado la muerte a nuestra vida, de tan amantísima fiera como la queremos, sólo para nuestros ojos.

Esa expulsión de la muerte de la vida nos aísla y nos afila, nos estiliza en nuestra postrer hora de tal manera que acabamos identificados con el infinito, ¿en vida? ¿en muerte?

La hora de nuestra muerte seguramente no sonará porque hace ya mucho que, en Occidente, paramos el reloj.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

2 comments

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    “VIDA Y MUERTE SE DAN LA MANO”

    Olía a muerte. La muerte acechaba, se colaba entre los rincones y entraba por debajo de las puertas; se palpaba en aquel ambiente lúgubre y tenebroso, vacío halo de calma. Todo preparado, todo unido, negruzco y misterioso, frío como el mármol.

    Era un espíritu que andaba y se paseaba, una sombra misteriosa que oía el rumor del viento a lo lejos y su capa plateada la lucía por todos los lugares; un sigilo, una parsimonia lenta y progresiva, cadencial, rítmica, con premura y aliento…voz ronca y tenebrosa que alcanzaba el corazón humano. Su palpitar, su sentir era el de la muerte temprana, ésa que uno espera y presiente…

    Se colaba por la paredes, atravesaba las rendijas y el crujir de los muebles…mientras las gotas de lluvias en el alféizar y con más fuerza cada vez, golpeaban los cristales, hacían crujir suelos, techos y paredes.

    Enemigo de la vida, el opuesto al renacer, el otro polo de la existencia humana, al que todos llegaremos en algún momento, se apreciaba en el ambiente; sonidos de campanas de la iglesia a lo lejos hacían latir el futuro desenlace. Un ruido, un crujir, un sentir…la muerte estaba en camino…daba la mano a la vida y se cambiaban los papeles….

    Silencio, todo acaba. La vida es un misterio ensordecedor, enemigo acérrimo de la muerte…pero en medio de esa oscuridad y ese vacío del hombre…se enciende la luz, la bombilla del cuarto clareado y limpio que aguarda al ser humano que sufre.

    La vida es un misterio, es enigmática y un interrogante más…

    ¿Cuánto tiempo nos quedará? ¿Cuánto tiempo más viviremos? Amemos hoy que mañana quizá sea ya tarde; igual nadie nos oye ni nos escucha, no entienden nuestros pensamientos ni nuestros movimientos si es que podemos realizar alguno.

    Vida y muerte, juntas y dadas la mano, pasean por el corazón del hombre, se solapan y se cambian, se evaporan, fluyen y sienten.. La muerte es un paso más hacia la vida, opinan los creyentes; la muerte es lo último que tendremos – opinan los agnósticos…La muerte es silencio, es el reducto del origen de la vida..Me ha emocionado querido pensador y gran amigo José Zurriaga; eres formidable y cada vez que te leo me incitas a pensar y a interrogarme más y más. Es un verdadero privilegio leeros a ti y a Justo Sotelo en la Revista Tarántula. Aprendo mucho de vosotros dos, mis queridos y añorados amigos del alma. Un beso grande.

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      Eres grande, Almudena Mestre! Menudo desarrollo literario a partir de un modesto motivo…Tienes todo el corazón sintiente y latiente para tu gozo y sosiego desde tu atalaya siempre bienhumorada con que nos regalas a placer. Un beso muy grande.

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