La belleza que nos queda

La belleza que nos queda

Veamos, ¿nos gusta un ser humano, aceptablemente adulto, por una determinada armonía de sus rasgos? ¿Armonía preestablecida? ¿Rasgos? Y, ¿qué decimos ante una expresión como “belleza interior”? ¿Nos estamos riendo en las barbas de nuestro interlocutor?

¿Lo bello se contrapone a lo feo? Si así es, ¿están en una distancia relativa o absoluta? Evidentemente tiene que ser relativa, al menos cuando hablamos de poblaciones enteras, porque si no tendríamos entes absolutamente bellos y absolutamente feos, esto es para todos por un igual.

Y si la contraposición es relativa, entramos en proporciones y tantos por ciento, luego en verdades estadísticas y sometidas al vaivén de los siglos y aún de los decenios. ¿Nada sería pues bello o feo en sí?

Ni tanto ni tan calvo, se podría decir que, a grandes rasgos y para una población culturalmente más o menos homogénea, a grandes rasgos, lo bello y lo feo emergen siempre, por su propio peso o calado.

La verdad, la belleza y el bien, decía Platón. ¿Lo bello es lo verdadero y lo bueno? Si estamos en el reino de los conjuntos borrosos no podremos aspirar a tan nobles apelativos. Siempre en el justo medio está la virtud, decía su contrapuesto Aristóteles.

Volvamos a lo de antes. “Belleza interior”, ¿es una antinomia? Pues depende, sin exagerar mucho, de la vitalidad de la libido del individuo que deba apreciarla. Naturalmente, a menor libido mayor capacidad de apreciarla.

Los viejos, y como cincuentón, a regañadientes me incluyo en este grupo, ¿disponemos del acceso a fuentes secretas de sabiduría como sería ésta? Aparentemente, sí. Lo que no deja de ser un parti pris que no nutre precisamente de pragmatismo al autor de la aserción, repitámoslo, cincuentón.

El amor tiene mucho que ver en esto, creo yo. ¿Será casual que a mayor edad mayor descreencia en el amor? El enamoramiento se ha considerado un síndrome clínico, una enfermedad mental, que entre otros síntomas produce alucinaciones visuales.

Con mis cincuenta y tres años empiezo a ser inmune al amor y a poder empezar a valorar seriamente la belleza interior de las personas. Eso sí, siempre dentro de un rango de edad determinado. Es una pequeña desviación, pero, a estas alturas, ¿quién no está desviado?

La madurez empezaría pues cuando comienza la caída del fruto del árbol de la ciencia, que, una vez por los suelos, no corre riesgos de propiciar ira divina alguna por su ingesta.

Pero, dirán los jóvenes, ¿queda algo de provecho en la vejez? La belleza, la verdadera y buena belleza, responderemos a coro los mayores, que por una vez, estamos en el secreto de algo consistente y atractivo.

Y, tras esta bofetada a mis sucesores en lo más alto de la pirámide trófica, me retiro a ver pasar el carro de Venus, somnolienta y levemente celulítica, que vuelve grupas al origen, al amanecer de todos y de cada cual, porque en el principio, verba volant, scripta manent.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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