La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez

La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez fue, sin lugar a dudas, el primer bestsellerista (disculpen el italianismo) español, y como tal tenemos que entenderlo. Perteneció al grupo de escritores cuya personalidad y originalidad cubrían la enorme laguna cultural de su dominio del idioma o ausencia de conocimientos a la hora de construir relatos. Su estilo desaliñado, sus defectos formales, su falta de medida en lo constructivo… hacen de la obra de Vicente Blasco Ibáñez una perpetua alternancia de aciertos y errores, de altibajos entre la vulgaridad (las más de las veces) y la originalidad (extrema cuando la alcanzaba, aunque fuese casi nunca). Pero, como hemos dejado dicho, su portentosa imaginación, su expresividad, su fuerza casi mediática a la hora de crear o recrear con extraordinaria facilidad personajes de carne y hueso, unidas a su facilidad evocadora, a su innegable simpatía personal y al interés y amenidad de sus temas, hicieron de él un fenómeno literario que hoy está infravalorado. Es por ello que me parecía de justicia dedicarle una reseña a este valenciano universal y magnífico a su manera.

Al igual que no todo arroz con cosas es una paella, no todo libro con temas es literatura. Blasco no se caracterizó por hacer literatura, pero sí por ser pionero en venderse como autor a las masas y conquistar la admiración de propios y extraños. Tal vez su bagaje político, sus aspiraciones literarias, estar en el lugar justo en el momento adecuado, haber sido represaliado durante su etapa política… o todo eso junto, provocaron una concatenación de hechos que le llevaron a ser lo que fue. Pero el caso es que está ahí, es un autor indispensable de nuestra literatura (puesto ganado a pulso) y ningún otro autor bestsellerista de dudosa calidad lo ha igualado posteriormente en nuestro país.

Así que olvidémonos de la literatura por un día y hablemos de libros. A prolífico pocos ganaron y ganarán a don Vicente Blasco Ibáñez, cuya narrativa podríamos clasificar en no menos de diez grupos: novelas valencianas (como la que reseñamos hoy o Cañas y Barro); novelas sociales (La horda); novelas psicológicas (Sangre y arena); novelas americanas (Los Argonautas); novelas de guerra (Los cuatro jinetes del Apocalipsis); novelas de exaltación histórica de España, pues no otro nombre les podríamos dar (El Papa del mar, En busca del Gran Kan, El caballero de la virgen); novelas de aventuras (La reina Calafia); novelas cortas (Las novelas de la Costa Azul); libros de viajes (En el país del arte o La vuelta al mundo de un novelista)… y folletines (como La araña negra).

Tras su pasado anarquista, carcelario (pasó su tiempo en la cárcel de Torrevieja y luego estuvo “recluido y controlado” en Madrid por las fuerzas del orden), abandonó la política activa y se dedicó a hacer dinero explotando su talento. Recorrió varias veces Europa y América, se hizo millonario, llevó una vida anacrónica a sus ideas iniciales, se lucró desproporcionadamente a costa de la fama y se vio asediado por editoriales y productoras cinematográficas para acabar siendo dueño de yates, palacios y villas de recreo. Paseó su españolismo por doquier y fue famosísimo en su tiempo. Otrosí podríamos decir que el éxito se le subió un poco a la cabeza y él mismo se creyó, no sin razón, más de lo que era, pero disfrutó de los reconocimientos que le hacían con toda justicia.
En lo que a La Barraca respecta, novela digna de lectura, todo comenzó en 1895, cuando el autor tuvo que huir a Valencia después de una manifestación contra la guerra colonial que acabó degenerando en un movimiento sedicioso. Perseguido por la autoridad, vivió escondido en distintos refugios mientras algunos amigos le preparaban un exilio en Italia. Uno de sus alojamientos fue en una pequeña taberna de vinos de Valencia, muy cercana al puerto, que era propiedad de un joven republicano que vivía con su madre. Allí permaneció oculto durante cuatro días mientras le buscaba la Guardia Civil. El tabernero puso a su disposición un tintero, un portaplumas escolar rojo y tres cuadernillos de papel de cartas rayados de azul. Así, para anular el tedio, escribió en dos tardes un cuento sobre la huerta valenciana que tituló Venganza moruna.. Era la historia de esos campos yermos que tan bien conocía de la niñez y que eran utilizados como solares para la expansión urbanística de la época. Era el relato de una lucha entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso trágico y abundó luego en conflictos y violencia.

Cuando llegó la hora de embarcar, Blasco salió en plena noche disfrazado de marinero, dejando en la taberna todos sus objetos personales, y entre ellos los cuadernillos escritos por ambas caras. Vagó durante tres meses por Italia, regresó a España y un consejo de guerra le condenó a varios años de prisión que se quedaron reducidos a doce meses de cárcel. Cuando conmutaron su pena, fue desterrado a Madrid para, poco después, ser elegido diputado por Valencia, lo cual le concedió la inmunidad parlamentaria que tanto necesitaba para ser libre.

Una tarde, tras un mitin a los estibadores y marineros del puerto de Valencia, regresó nostálgico y agradecido a aquella taberna que en su día le había dado cobijo y escondite. Allí le fueron devueltas todas las pertenencias que dejase antes de huir a Italia meses atrás y recobró su Venganza moruna. Su primera intención fue enviarlo al diario El Liberal, de Madrid, en el cual era colaborador asiduo; pero luego consideró la conveniencia de editarlo como un cuento, ensanchando el relato y haciendo de él una novela. Así nació La barraca.

Mientras trabajaba como redactor del diario El Pueblo en Valencia, Blasco aprovechaba las noches de insomnio para perpetrar los diez capítulos de su novela, la cual se publicó primeramente como folletín en su diario (pasando inadvertida), y después, merced a su compañero Francisco Sempere, acabó editado como libro con una tirada inicial de setecientos ejemplares al precio de una peseta (se vendieron quinientos).

La fortuna quiso que un tal señor Hérelle, del liceo de Bayona, que ya era conocido por traducir al francés obras de D’Annunzio y otros autores italianos, le solicitase permiso para traducir el texto de ese libro que, por casualidad, el editor galo había adquirido en una librería de Bayona y le había fascinado.

Blasco Ibáñez en su palacete de la Malvarrosa

Tiempo después, los diarios de Madrid anunciaron que en París se había publicado al traducción de La Barraca, del republicano don Vicente Blasco Ibáñez, con un éxito editorial enorme y grandes elogios por parte de la crítica. Casi de inmediato, la tirada en España pasó de los primeros setecientos a los más de cien mil ejemplares, amén de todas las ediciones que circularon por América sin el permiso del autor. Al final, traducida a varias lenguas, La Barraca no tardó en alcanzar la inaudita cifra del millón de ejemplares vendidos en una época en la que tales cantidades eran poco menos que insólitas, como insólito fue que aquel valenciano anarquista y proletario acabase multimillonario, vendiendo los derechos de algunas de sus obras a Hollywood o percibiendo mil dólares de la época por la publicación de sus artículos en los diarios de los Estados Unidos.

Eso fue Blasco Ibáñez, una mezcla de anacronismo, catetez y suerte no exenta en ningún caso de un talento incuestionable, si bien muy alejado de la calidad literaria que, sin embargo, en La Barraca sí se deja apreciar y por eso recomendamos aquí su lectura como parte esencial para el conocimiento de nuestros clásicos imprescindibles de la literatura española.

Autor

Francisco Gijón
(Madrid, 1973) realizó estudios de Historia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia especializándose en Arte Prehistórico e Historia Clásica. Viajero y divulgador, sus bitácoras reciben miles de visitas mensuales de todo el mundo. En su faceta de novelista cuenta con varios títulos de ficción histórica, entre las que sobresale su último trabajo “Los Cuadernos de la Memoria”. Twitter: @francisco_gijon

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