Krahe, uno de los nuestros

Krahe, uno de los nuestros

Por Rubén Romero Sánchez

Compré el casete de La Mandrágora en el centro comercial Parquesur de Leganés, en mi adolescencia, a mediados de los 90. No me bastaba con escuchar una cinta grabada, quería la original.

Javier Krahe

Javier Krahe

Leí que Krahe era nuestro Brassens, y escuché a Brassens. No era lo mismo, a Krahe le entendía. En la universidad estudié francés. Traducíamos letras de Brassens, casualmente. Siguió sin ser lo mismo, llegué a pensar si no tendría yo alguna disfunción cerebral.

Aprendí a tocar la guitarra y lo intenté con “La hoguera” y “Un burdo rumor”. Imposible, me salía el deje Cobain, tenía diecisiete años y demasiados héroes.

Los siguientes años Krahe siempre estuvo ahí, entre tanta música, como uno más, pero nunca como uno menos.

Y llegó una noche de mayo del año 2012. Bolo García y yo íbamos a dar un recital poético en un bar de Malasaña. Cuando entré, aún no había nadie. Solo Krahe, sentado a la barra. Me acerqué: “Señor, Krahe, encantado de saludarle”, le dije tendiéndole la mano, que me estrechó educado. Nos pusimos a hablar, llegó Bolo y salimos a la calle para que Krahe fumara, luego se unió nuestro común amigo el escritor Emilio Porta. Los cuatro estuvimos hablando tanto tiempo que comenzamos el recital con más de una hora de retraso, la gente iba llegando y entrando en el bar y nosotros seguíamos de tertulia. Krahe llevaba la voz cantante, una anécdota tras otra. Yo no podía apartar de mi pensamiento las ganas que tenía de decirle que algunas de las primeras canciones que toqué a la guitarra fueron suyas, que con él aprendí que en la música y en la poesía había un lugar también para la ironía y el sarcasmo, que ser auténtico no es una actitud sino una forma de ser. Por supuesto, no le dije nada de eso.

Finalmente, Krahe se despidió de nosotros disculpándose por no quedarse al recital. Lo vi alejarse como un hombre demasiado cansado, con la actitud del que va por la vida sabiendo que ya está todo el pescado vendido.

Muchos amigos me contaban ayer anécdotas suyas con Krahe. Me siento afortunado de tener también la mía. Cada uno es rehén de sus propias batallas. Por la mañana me envió mi hermana el enlace de un vídeo de “Un burdo rumor”. Lo veo y sé que se ha ido para siempre uno de los nuestros. Y que cada vez nos quedan menos.

Fotografías de Dena Flows

Autor

Rubén Romero Sánchez
Rubén Romero Sánchez (Madrid, 1978) es licenciado en Humanidades (2000) y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (2002), y ha realizado cursos de Doctorado en Literatura Española. Ha publicado los poemarios La Luna lleva tu nombre tatuado (2001), Lo que importa (plaquette, 2002), El mal hombre (2012), Cuando los dioses no existían (plaquette, 2013) e Historia de la locura (2017), además de las novelas La tristeza (2014) y Ayer no fue la vida (2018), y ha sido recogido en diversas antologías de poesía y narrativa, como Vigilia Poética, del Centro de Poesía José Hierro (2003), Breviario de Relatos (2006), Antología del beso (2009), Ida y vuelta (2011) Voces del Extremo (2013) o Antología de poesía Netwriters (2014). Ha participado asimismo en el libro colectivo Vivir el cine: 120 películas que no podrás olvidar (2013), ha dirigido la sección de cine de la web cultural Culturamas, y ha sido presentador de las tertulias de cine de Periodista Digital TV. Escribe, además, en diversos periódicos y revistas sobre literatura, cine y ópera. Ha presentado numerosos actos culturales e impartido conferencias en la Academia de Cine, el Ateneo de Madrid, la Asociación de Escritores Españoles y diversas universidades. Ha sido editor en Ártese quien pueda Ediciones. Su obra ha sido traducida al árabe, ruso y portugués.

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