Joe, de David Gordon Green

Joe, de David Gordon Green

Encadenados y concatenados en una fila de presidiarios imaginarios podemos plasmar la escena primordial de esta película. Con todos sus protagonistas unidos uno y una tras otro. Arrastrando los pies, naturalmente.

Sur, Mississippi, olor, peste a carne casi pútrida de ciervo, por ejemplo. Sangre, mucha sangre. En los morros de una perra, manando de una herida de bala…Atmósferas opresivas, agobio de calores húmedos, ya en el cielo, ya en la entrepierna.

Joe, Nicholas Cage, irredento ex-convicto que parece arrastrado a oler a carne de prisión mientras siga en pie, esto es, mientras viva. Magnífica interpretación, con una fuerza descarnada y abrumadora.

El chico, ya no niño, quince años, Gary, Tye Sheridan, que puede, podría, cauterizar viejas y nuevas heridas de Joe si éste se decidiera alguna vez a ampararle y protegerle, y no a conducirle por desesperados caminos, muy a pesar suyo, con un ejemplo pésimo de vida. A pesar suyo, digo, a pesar de que no se muestra así con Gary en la película.

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Joe, Nicholas Cage.

Su paternalización es al tiempo ineficaz y conmovedora. Joe quiere al chico y se preocupa por él todo lo que puede y a su manera. Diríase que le encauza por el buen camino, pero el Dios de la cólera decidirá en último término.

Película de óxidos, polvos y lodos, venenos, serpientes y mordeduras sanguinolentas, balas, heridas y magulladuras. Y una violencia omnipresente, dueña y señora de todas las oportunidades, al acecho de cualquier prebenda o migaja de humanidad.

El Sur, viejo y nuevo, renovado muy a pesar suyo, con polis buenos como Earl, Aj Wilson McPhaul que hará las veces de ángel guardián y finalmente ángel exterminador, tanto da. Porque el Sur se impone, impertérrito como el gran río.

Familias que son piltrafas, humanidades descosidas, sacos rotos por los que atraviesa la maldición de infancias, adolescencias, rotas y también madureces, la madre, Brenda Isaacs Booth, de corto papel pero muy bien encarrilado hacia el deseo inextinguible que tiene toda familia de seguir siendo una familia.

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Los dos protagonistas del film, Joe y Gary

Qué decir del padre de Gary, Wade, Gary Poulter, desecho alcoholizado y desnudo ante el mundo, pues va dejando desnudos a unos santos a medida que pasa y no para vestir a otros.

La hermana de Gary, Dorothy, Anna Niemtschk, que dejó de hablar a una edad indeterminada pero de cicatriz fiablemente inervada en la memoria de su vida y de la familia a la que, fatalmente, pertenece. Un silencio bien elocuente.

Connie, Adriene Mishler, la prostituta amable con Joe que intenta mimar una vida corriente, en la que las parejas salen a cenar y bailar vestidos para la ocasión. E incluso para zanjar el tema le abren a una la portezuela del coche.

Personajes secundarios esenciales para el sostenimiento de la atmósfera de fatalidad trágica que envuelve con buen tino a la película, muy acertadamente dirigida por David Gordon Green.

Joe” te paraliza en la butaca del cine, como si implícitamente aceptáramos que la violencia, aun la extrema, es el lenguaje de mayor eficacia que se ha inventado para la comunicación mutua entre los seres humanos.

Joe (2013), de David Gordon Green, se estrenó en España el 19 de septiembre de 2014.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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