Jesús Lavi dirige ¡Recuérdate, Krapp! de Colette Casas 

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En la imagen Rubén Casteiva Roberto Iglesias, Yerko Cano y Patricia Torrero Foto Nohelia Velo

 

En ¡Recuérdate, Krapp! la vejez no es un final, sino un umbral donde la vida se reinventa como memoria. La vejez no comienza en un instante preciso. No hay fecha en el calendario que la inaugure. Empieza, quizá, cuando el pasado se vuelve tan denso que avanza como una niebla sobre el presente y nos deja instalados en el territorio de la evocación. Allí habita Krapp. No es solo un anciano: es también el niño que fue, el seminarista, el soldado, el hombre enamorado. Todos ellos conviven en el archivo de su memoria, un desván de voces y de cintas donde se guardan gozos, miedos y temblores.

 !Recuérdate Krapp¡ —creación colectiva dirigida por Jesús Lavi sobre un texto de Colette Casas, inspirado a su vez en la obra de Beckett— nos invita a entrar en ese archivo vivo. Casas propone un texto onírico, de tinte oscuro, que mira la vejez no como antesala de la muerte, sino como un estado de conciencia en el que el recuerdo es el único alimento.

La función se abre con una escena de extraña belleza: el joven Krapp finge cantar, acompañado al piano por Yerko Cano, mientras el viejo Krapp baila con una mujer. Lo que era simulacro se vuelve realidad: la música se desborda, la voz de Rubén Casteiva aparece limpia, precisa, y en ella cobran sentido el baile de  Roberto Iglesias y la presencia etérea de Patricia Torrero . Esa mujer no es carne, sino evocación. No es figura, sino memoria.

El espacio escénico se despliega en tres territorios que dialogan entre sí: Al fondo, la casa del viejo Krapp, donde el tiempo se mide en plátanos y cintas gastadas. A la izquierda, el joven Krapp multiplicado en sus distintas edades y destinos. A la derecha, el piano: lugar donde la música se erige en memoria pura, detonante y sostén de todo lo demás.

Jesús Lavi dibuja con precisión estos límites, y en ellos sus actores se mueven con una verdad que trasciende lo anecdótico. Roberto Iglesias encarna la contradicción del viejo: vulnerable y poderoso, abatido y, a la vez, con la imponente presencia de un hombre que ya camina más allá de la vida. Patricia Torrero, como la mujer evocada, da forma a la ausencia femenina en la existencia de Krapp, y lo hace con la delicadeza de actriz y bailarina.

La obra ofrece imágenes de una fuerza poética difícil de olvidar: Rubén Casteiva revolcándose entre cintas de magnetófono, como si imitara el movimiento circular de la máquina que guarda los recuerdos; el cuerpo de Roberto Iglesias erguido, dueño de un gesto y de una voz que atraviesan el silencio como si fueran última confesión.

Lo sorprendente es que esta obra, tan centrada en la clausura de la vida, esté construida desde la juventud de sus creadores. Una juventud que se atreve a mirar la muerte desde la memoria y a explorar la vejez como materia viva, no como condena.

Queda resonando, como epílogo, la canción infantil que entona el viejo Krapp. En su ingenuidad nos recuerda que todo es provisional: la vida es breve, frágil, fugaz. Y sin embargo, quizá sea precisamente esa fugacidad la que le da gracia.

¡Recuérdate, Krapp! no es solo un espectáculo: es un espejo donde lo que vemos no es a Krapp, sino a nosotros mismos, enfrentados a la certeza de que somos memoria y que un día seremos recuerdo.

 

 ¡Recuérdate, Krapp! se estrenó el 19 de mayo de 2018 en Teatro La Usina, dentro de la muestra Surge Madrid 2018 / Texto de Colette Casas  Inspirada en La última cinta de Krapp de Samuel Beckett Autoría: Creación Colectiva Dirección: Jesus Lavi Asistente a la dirección artística: Claudia Benlloch Intérpretes: Roberto Iglesias, Rubén Casteiva, Yerko Cano y Patricia Torrero Creación audiovisual: Claudia Benlloch Música original y espacio sonoro: Yerko Cano Coreografía: Patricia Torrero Maquillaje y caracterización: Olivia Lara

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Luis Muñoz Díez

Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador. Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo. Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.

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