En la nueva película de Fernando Colomo, el actor malagueño reconstruye al Picasso joven entre la historia documentada, la ficción descarada y sus propios reflejos biográficos:
París, 1911. La Gioconda desaparece del Louvre. Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire son detenidos. Pablo recuerda que Guillaume le había presentado a un atlético joven llamado El Barón que, al enterarse de su fascinación por unas estatuas ibéricas, decide robarlas del Louvre y vendérselas a un precio ridículo. Aquellas estatuas fueron cuatro años antes la inspiración del primer cuadro cubista, Las señoritas de Avignon.
Mi curiosidad por hablar con el actor Ignacio Mateos, que interpreta a un Pablo joven antes de ser una leyenda, se despertó cuando Fernando Colomo contó, con una mezcla de alivio y humor, cómo había identificado en él al joven Picasso que llevaba años imaginando para su película La banda Picasso. No era una elección menor: la película ha sido -como él mismo explicó- el proyecto al que más vueltas ha dado, el que más manuscritos previos acumula y al que más tiempo de rodaje ha dedicado. Y, sorprendentemente, también uno de los pocos en los que la familia del pintor, habitualmente muy celosa con su legado, no ha puesto objeciones a las licencias creativas del guion.
Las palabras de Colomo:
“Sí, verás… Yo trabajo normalmente con Laura Cepeda en casting y cuando estaba escribiendo ya las últimas versiones del guión un día la llamé y le dije que deberíamos ir pensando en Picasso porque si no encontrábamos a Picasso no podíamos hacer la película. Me dijo que estuviese tranquilo porque ella ya lo tenía, que tenía a un chico que era estupendo para el papel. Me interesé por él, me dijo que era muy buen actor, y que siempre que lo veía en los castings pensaba en lo mucho que se parecía a Picasso. Cuando me dijo que era de Málaga y también bajito pensé: ‘Pues ya está’. Al final, cuando para disimular le hicimos la prueba, resultó que había vivido en Francia y que hablaba un francés con el que podía manejarse perfectamente en la película. Vamos, que fue una chiripa.”
Con ese punto de partida, y con la certeza de que para Colomo el hallazgo del actor era casi el verdadero inicio de la película, quise hablar con él. Lo que Ignacio Mateos me contó después iluminó no solo su trabajo, sino también al Picasso joven que La banda Picasso intenta recuperar.

En ese contexto, cuando Ignacio Mateos empezó a hablar de su proceso, sentí que allí había una clave para entender también la película.
Ignacio lo explicó así“ Todo el mundo opinaba sobre él”
Había un pequeño problema para mí como actor para crear el personaje que era que todo el mundo opinaba. Todo el mundo se ponía la medalla de “yo lo conocí” o de “realmente la verdad me la contó a mí”. Yo empecé a trabajarlo por lo que los demás opinaban de él pero luego también encontré un texto en el que él hablaba de sí mismo porque él además soñaba con ser escritor. Era su sueño. Escribía como pintaba, sin puntuación ni nada. Libre total para que el espectador pusiera la puntuación donde le diera la gana.
Su forma de contarlo tenía algo de desbordamiento, de búsqueda genuina. “Desde la negatividad es difícil crear nada” Continuó:
Empecé a estudiarlo y todo era negativo. Desde la negatividad es un poco difícil crear nada. Fernando lo tenía bastante claro y quería esa humanización del personaje, un personaje que tampoco estaba tan lejos de mí. Yo soy de Málaga, me he venido a Madrid a buscarme la vida, estuve también en París buscándome las habichuelas. En cierto modo el lanzamiento de esta película supone para mí lo que supuso para él Las señoritas de Avignon. Entonces no era solo lo que Picasso me aportaba a mí sino lo que yo podía aportar al personaje.
Mientras lo escuchaba, entendí que para él Picasso no era solo un papel: era una biografía que encontraba resonancias en la suya propia. Un equipo que lo guiaba sin ahogarlo Luego habló del nivel de exigencia del rodaje:
De todos modos Fernando y Alcaine lo tenían tan claro, sabían tanto de Picasso, que en cuanto se me iba un poco me venía Alcaine y me decía “Eso no lo haría Picasso”. Yo no podía juzgarlo –Ignacio vuelve a la parte más espinosa del personaje-. Es verdad que yo no podía prejuzgar al personaje, el personaje machista, celoso, inseguro, que le había costado tanto conseguir lo que tenía que tenía miedo a perderlo. Eso creo que es un sentimiento universal.
Esa frase me sonó con una claridad particular: no trivializaba, pero tampoco moralizaba. Ambición y renuncia. Habló también del conflicto que atraviesa a tantos creadores:
Respecto a lo de la elección entre el arte o la amistad, bueno, son sueños y la gente que quiere cumplir un sueño va a muerte. Eso me ha enseñado él a mí.
Era una reflexión que salía desde un lugar muy sincero. El Picasso íntimo Y cerró con una imagen que parecía abrir una ventana a lo privado:
Por otra parte Picasso tenía mucho miedo a la muerte porque como buen andaluz era supersticioso. La relación que tenía con Fernande de puertas para adentro puede que fuera tormentosa, pero de puertas para afuera eran la pareja más amorosa y romántica del planeta y fue con la que más tiempo duró. Entonces tampoco había que prejuzgarlo tanto. Era un chaval pues como yo. Bueno, no sé si yo llegaré a lo mismo… (risas)
Fue imposible no sonreír con él.
Al escuchar a Ignacio Mateos hablar de Picasso, queda claro que su interpretación no se apoya en la imitación ni en la reverencia, sino en algo más delicado: la voluntad de comprenderlo sin prejuzgarlo. En La banda Picasso, Colomo juega con la ficción, pero Mateos juega con la humanidad del personaje, con sus contradicciones, su miedo y su deseo de ser alguien.
El resultado es un Picasso que, por un momento, deja de ser un monumento histórico y vuelve a ser lo que una vez fue: un joven que buscaba su lugar en el mundo.



