Heterotopías (Amargord, 2019)

Heterotopías (Amargord, 2019)

Acercaos.

 

Mirad.

 

Lo importante son las puertas. Esas puertas clausuradas por

la miserabilidad contemporánea, por los arquitectos, los

científicos, incluso por los poetas. Ya sólo se abren entre

habitaciones absolutamente idénticas. No importa que

atraversarlas nos transporte a velocidades supersónicas a diez

mil kilómetro de distancia. No conducen a ningún sitio.

 

Hemos caminado por nosotros mismos sin dirección y nos hemos convertido en una herida-laberinto. ¿Cómo salir de la trampa? Invocando al poder trasformador de la puerta y asumiendo el precio que deberemos pagar por atravesarla: tendrás que retirarte para cruzarla.

Retirarse para cruzarla es desconfiar de todo lo que hemos sido antes de despertar dentro de nuestra propia vida, pero también, destruirlo para alimentar con las ruinas a un nuevo yo. Un yo solar que se defina por el goce y por el reconocimiento de un único pecado: derramar sobre cualquier vida un dolor innecesario. Así, en tiempos de muertos vivientes, de poseídos por la inercia y la rutina, las puertas son resurrecciones.

El yo solar es posibilidad ilimitada, pero este espacio infinito obliga a obrar, porque sin acción elegida, acción con y dentro del mundo, el hombre se ahoga dentro de su libertad. El rumbo es cordura, fuente de sentido y, cómo escribe Cristóbal, capacidad de génesis de “los lugares no-acontecidos”.

Ahora bien, nadie puede ser sin los otros, y por ello, el segundo acto de Heterotopías será de carácter político. Así, el poeta golpea, verso a verso, y alumbra el nosotros. Que nadie olvide que toda biografía es y sólo puede ser dentro del sagrado y sucio río de la Historia. Pero la Historia que conocemos es una antipuerta, y más que un río es catarata imposible de acontecimiento escritos con dolor y crueldad. Mordiscos contra mordiscos. Pura picadora de carne. En la escritura de Javier Cristóbal rige ahora la ética de la crueldad: clavar en la carne del espíritu la verdad hasta que duela, porque el dolor es toma de conciencia y la toma de conciencia posibilidad de acción. Entonces, ¿qué hacer? Invocar al NO, formar parte de las filas de la insobornable rebeldía: NO con mi alma. No con mi cuerpo. NO en mi nombre.

El tiempo histórico es el tiempo lineal. Pero, ¿acaso la línea recta no es el peor de los laberintos? Pero este poema no tiene miedo a la verdad, y si el tiempo fuera como la Historia nos ha dicho, lo aceptaría sin reservas. Ahora bien, toda Historia es dentro de un Todo que la posibilita, un Todo que estaba antes que ella y que estará también después. El Cosmos. Revelada la dimensión del cuchillo, es momento de sacudirnos para desclavarnos de esa línea recta que miente y encadena. Liberarnos para liberar: ahora el presente vuelve a circular y a ocupar la centralidad que, por derecho, le corresponde. Vivir desde el presente es recuperar toda posibilidad de creación, ya que el yo solar podrá hacer y hacerse con los otros libre de toda deuda, tanto con el pasado con el futuro. Cuidado, no se habla de irresponsabilidad, al contrario, se habla de tomar clara conciencia de nuestra capacidad para decidir y para hacer un ahora fuera de la ruta impuesta por el motor de lo histórico: el omnívoro poder -en todas sus formas- de unos pocos hombres que viven a costa del dolor de otros hombres. Es decir, cometiendo el único y verdadero pecado.

Gracias Cristóbal por este poema que es, en el sentido más heracliteano de la palabra, un rayo.

Autor

Gonzalo Muñoz Barallobre
Soy filósofo y hago cosas con palabras: artículos, aforismos, reseñas y canciones. De Tarántula soy el cocapitán y también me dejan escribir en Filosofía Hoy. He estado en otros medios y he publicado algo en papel, pero eso lo sabe casi mejor Google que yo.

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