Hamlet

Hamlet

Los años de juventud de William Shakespeare ya habían pasado y la experiencia vital del autor había arrojado sus frutos. Shakespeare había visto disiparse sus ilusiones de esperanzas sin límites; sufrió, sin duda, el aprendizaje del dolor. Se dio cuenta de que el mundo es en parte malo, la virtud, difícil, y la alegría se vela con un tinte melancólico. Los dramas Julio César, Hamlet, Macbeth, etc… son profundamente tristes. Pero el artista se halla en plena posesión de sus fuerzas, y las creaciones se suceden, numerosas, variadas, trágicas como la historia y sublimes como ninguna obra humana.
Dos años después de Julio César, la mente del genial autor pare Hamlet.

La historia de Hamlet, más legendaria que verdadera, es una antigua narración muy popular entre los islandeses. Su base primordial arranca de Saxo el Gramático, escritor danés de finales del siglo XII que compuso la Crónica Dánica, obra impresa por primera vez en París en 1514, con este título: Danorum Regum heroumque Historiae stilo eleganti a Saxone Grammatico a natione Sialandico necnon Riskidensis ecclesiae praeposito: abhhinc supra trecentis annos conscriptae et nunc primun literaria serie illustratae terrsimeque impresae. Ahí es nada.

En ella se cuenta que Hamlet, Amleth o Hamlode floreció dos siglos antes de la era cristiana y era hijo de Horwendilo, rey de Jutlandia, y de Geruta, hija del rey de Dinamarca; que Fengo asesinó a su hermano Horwendilo, apoderándose del trono, y que se casó con su cuñada Geruta, con quien desde largo tiempo sostenía relaciones criminales; pero Hamlet, temeroso a su vez de ser asesinado, se fingió loco, y que la conducta de este príncipe fluctuó entre las extravagancias de la demencia y las profundidades de la filosofía.

Tal es el bosquejo primitivo del misterioso personaje que marca uno de los puntos más elevados, si no de la vida intelectual, al menos de la vida imaginativa y emotiva del hombre, y los resortes más complicados de las perturbadoras inquietudes del alma moderna.

El argumento de Saxo el Gramático aparece glosado y amplificado en varias sagas de los siglos XIV, XV y XVI, merced a los bardos sombríos del norte de Europa. En efecto, en un antiguo poema escandinavo, la saga de Hamlode o Hamlet, la leyenda va completándose, y se habla ya de las sospechas que acometen a Fengo de que su sobrino haya penetrado en el misterio que envolvía el asesinato de Horwendilo. Se narra cómo Hamlet comparece ante su madre por orden de su tío, quien, para enterarse de la conversación, manda a un espía que se oculte en el aposento, en un montón de paja; mas como en este se notara movimiento, adivinando Hamlet la argucia, atravesó con su espada al espía, y seguro de que nadie le escuchaba, increpó duramente a su madre, acusándola de adúltera y cómplice de su esposo, tal como consta en la tragedia shakesperiana. Geruta promete callarse y Hamlet continúa representando el papel de loco. Sin embargo, Fengo decide desembarazarse de su sobrino y le envía a Inglaterra en compañía de dos hidalgos con un pliego para el soberano de aquel país en el cual le ruega que, no bien desembarcado, ejecute al príncipe. Pero Hamlet, recelando, trueca hábilmente durante la travesía el escrito, dejando otro donde se ordena dar muerte inmediatamente a sus dos acompañantes, lo cual realiza el rey para satisfacción de su amigo Fengo, quien además, en prueba de amistad y alianza, ofrece la mano de su hija a Hamlet.

Hamlet y Ofelia

Éste regresa a su país, pensando siempre en vengarse, y continúa fingiéndose loco. Se celebra una fiesta en palacio, y el príncipe, valido de la ocasión, provoca un fuego, mata a Fengo durante el desorden y se hace proclamar rey de Dinamarca.

Excepto el final, que no deja de ser bello, y que Shakespeare sustituye por la escena de los floretes, la leyenda escandinava y el drama inglés ofrecen semejanzas notabilísimas.

Como es de suponer, la fuente legendaria dista mucho de ser verídica. Sin embargo, las viejas crónicas islandesas aceptan como verdaderos los principales rasgos, y es hecho indudable que Hamlet reinó. Todavía existe en Dinamarca un lugar llamado Campo de Hamlet, y aún se enseña en las cercanías de Elsinor el sitio en que Fengo dio muerte a su hermano.

Datos del escritor danés F. de Jessen facilitados en 1916 demuestran que hay motivos para pensar que Shakespeare estuvo con su compañía o asistió personalmente en Dinamarca a la inauguración del castillo de Kronborg, lugar en que se localiza la acción de su tragedia. Este detalle es importante, pues viene a echar por tierra la creencia común de que el célebre trágico solo conoció su villa natal, su condado y Londres. El castillo de Elsinor, donde coloca la acción el dramaturgo que nos ocupa, no acabó de construirse hasta 1582. Allí están el jardín, la magnífica terraza sobre el mar, desde donde se divisan las formidables rocas, la explanada batida por el fuerte viento, donde se hacen las guardias; todo, en fin, tal y tan exactamente como lo describe Shakespeare de un modo imposible de no haberlo visto con sus propios ojos.

Castillo de Kronborg en Elsinor, Dinamarca

En 1845, en un registro practicado en el ayuntamiento de Elsinor, se descubrieron unos papeles de gastos hechos por la corporación municipal con ocasión de las funciones teatrales en que “trabajaron comediantes ingleses“. El documento lleva la fecha de verano de 1592, y pertenece a cuentas que quedaron archivadas como gastos de fiestas reales. De aquí se desprende que en Elsinor hay actores ingleses en esa fecha que trabajan oficialmente -por cuenta del municipio- en las fiestas reales que Federico II de Dinamarca ofreció en el castillo de Kronborg el 10 de agosto del referido año en honor precisamente de la embajada inglesa, recibida por él en Elsinor.

Vemos que coinciden, pues, en el mismo lugar y en la misma fecha súbditos británicos, comediantes unos y diplomáticos otros (si es que por aquel entonces existían tales diferencias). Shakespeare actuaba por aquel tiempo en Londres en dos teatros, en The Theatre y en The Rose, que era la compañía de los servidores de lord Strange. No resulta extraño que ella siguiese a la embajada inglesa de Elsinor y diera representaciones, así en el pueblo como en el castillo recién construido, que Shakespeare fuese uno de los actores, que conociera allí la Crónica Danesa, que relacionara, prendado del argumento, unos detalles con otros, localizando en tan hermoso sitio la acción de su obra y, en fin, que viera todo con sus propios ojos de artista, viviendo en esta tragedia lo que su poesía ha inmortalizado.

La bacanal del rey con las danzas desenfrenadas, el estrépito de tambores y trompetas a cada libación de vino del Rhin y el disparo de cañonazos, que se narran en la escena cuarta del primer acto y en la segunda del quinto, ofrecen también notable parecido con aquellas fiestas en que consta históricamente que Federico II, que era un verdadero rey del renacimiento nórdico, mandó expresamente que las piezas de artillería emplazadas en el castillo, y que dominaban la entrada del puerto, disparasen en la recepción y banquete en honor de los embajadores de Inglaterra.

Por último, hay un detalle definitivo, y es que Federico II llega a Elsinor con un acompañamiento tan numeroso como brillante, en el cual figuran, como pertenecientes a la nobleza danesa, un Rosenkrads y nada menos que tres caballeros llamados Gyldenstjerne. ¿Quiénes sino éstos pueden ser el Rosencrantz y el Guindestern de la tragedia de Shakespeare, nombres que con el de Ofelia y algunos otros no aparecen en la Crónica de Saxo, en la saga de Hamlode, sino que constituyen creaciones del propio poeta?

Al parecer la tragedia fue escrita después de 1598 y antes de julio de 1602, pues el 26 de dicho mes ingresó la pieza en el Archivo de Libreros con el asiento siguiente: A Booke, The revengue of Hamlet, Prince of Denmarke as yt was lately acted by the lord Chamberlayn, his servantes.

El histórico teatro del Globo de Londres

Vayamos a la anécdota, que no es baladí.

Nash, un satírico de la época, en su epístola “A los señores estudiantes de entrambas Universidades“, prefacio al Melophon, de Greene, obra impresa en 1589, escribe, entre otras cosas: “Esta obra suministrará numerosos Hamlets, es decir, manojos de discursos trágicos“.

También en el Diary de Henslowe se habla de un Hamlet que fue representado en 1594, y Lodge, en sus Wits Miserie and the Worlds-madnesse, describe en 1596 en estos términos al Demonio: “Vaga generalmente vestido de negro, ostentado de gravedad y tan pálido como la sombra de Hamlet, que tan lastimosamente gritaba en el teatro: ¡Hamlet, venganza!”. En 1603 se representó en Alemania, con el título de Des Bestrafte Brudermord, una traducción de un drama escrito en inglés con el título de Hamlet. Todo esto envuelve la sospecha de que tal vez algún otro autor dramático escribiera un Hamlet antes que Shakespeare, en el que éste se inspirara para trazar el suyo.

El crítico alemán Ulrici, y con él otros muchos comentaristas, asegura que Shakespeare debió de haber escrito su Hamlet en 1598, ensayo primitivo que luego refundió a la manera de como ya antes había procedido con Romeo y Julieta, que del simple in-quarto de 1597  fue pasando, poco a poco a la forma amplia y definitiva del in-folio de 1623. No es, pues, absurdo concluir que pudiera servirse de algún Hamlet olvidado, corrigiéndolo o mejorándolo o continuándolo.

No obstante la proximidad con su Julio César, parece que la primera representación del Hamlet de Shakespeare debió ser entre 1600 y 1602. Da lo mismo. No estamos hablando de la obra más acabada de su autor, aunque sí -y por eso estamos reseñándola- de la que le ha granjeado mayor fama. Otras producciones la superan: Otelo en plasticidad teatral; Macbeth en acción dramática; Romeo y Julieta en técnica y dicción. Pero ninguna alcanza el nivel de Hamlet en su grandeza literaria y filosófica, que la hacen encaramarse sobradamente sobre las demás.

Acabaremos con las palabras de Víctor Hugo, quien afirmaba que “Hamlet dista mucho de ser una abstracción; es la duda aconsejada por un fantasma“. Ahí es nada. Tenía razón Hugo: ¿quién no tiene fantasmas dentro de sí?”

William Shakespeare

Autor

Francisco Gijón
(Madrid, 1973) realizó estudios de Historia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia especializándose en Arte Prehistórico e Historia Clásica. Viajero y divulgador, sus bitácoras reciben miles de visitas mensuales de todo el mundo. En su faceta de novelista cuenta con varios títulos de ficción histórica, entre las que sobresale su último trabajo “Los Cuadernos de la Memoria”. Twitter: @francisco_gijon

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *