El regreso de José Luis Gómez a la dirección con Francisco Ferrer. ¡Viva la Escuela Moderna! es, además de un acontecimiento teatral, una invitación a mirar de frente un pasado que aún nos alcanza. El texto del dramaturgo belga Jean-Claude Idée reconstruye el proceso judicial que llevó al fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, pedagogo y activista que fundó la Escuela Moderna y defendió una enseñanza sin castigos, sin exámenes y libre de dogmas. Su ideal era que la educación emancipara al ser humano, aunque esa utopía exigía una sociedad y unos padres previamente educados en libertad, una aspiración que sigue siendo vigente sin oportunidad de llevarla a la práctica.
Gómez, que dirige y a la vez conserva la impronta del actor que es, confiere a la palabra todo su peso: la eleva por encima del gesto y del decorado, la convierte en materia esencial del teatro. A su alrededor se levanta un espacio escénico en el que nada falta ni sobra, diseñado con precisión por Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán. La iluminación de Pedro Yagüe actúa como cómplice; como las proyecciones de Jorge Vila dialogan con la escena sin imponerse; y la música y el espacio sonoro de Alberto Granados realzan silencios, tensiones. El vestuario de Déborah Macías, fiel a la época, completa un conjunto de sobriedad y coherencia.

El reparto sostiene con solidez el pulso dramático: Ernesto Arias encarna a un Ferrer lúcido y sereno frente a la muerte; Jesús Barranco interpreta al juez instructor militar José Valerio Raso Negrini y al capellán de Montjuïc; David Luque da vida al abogado militar de Ferrer, Francisco Galcerán y Ferrer; y Lidia Otón asume los papeles de Teresa Sanmartí —primera esposa del pedagogo—, de su hija Sol Ferrer y de la señorita Meunier, una de sus alumnas más fieles.
El juicio que vertebra la obra se convierte así en un diálogo sobre la justicia, la educación y la conciencia, temas que atraviesan tanto la España convulsa de comienzos del siglo XX como nuestro presente. Pero más allá del hecho histórico, la representación logra transmitir una sensación profunda: la muerte ajena puede impresionar más o menos, pero ponerse en la piel de quien espera su ejecución —durante meses, días, horas o minutos— produce un desasosiego infinito, por no llamarlo por su nombre: miedo. Esa empatía estremecedora, que nace del texto y del trabajo actoral, conecta directamente con la esencia del teatro.
Siempre que me acerco a un espectáculo tan lírico y a la vez tan austero, me pregunto si llegará con igual intensidad al público que desconoce la historia o si se dirige sobre todo a quienes ya la reconocen y buscan revisitarla. José Luis Gómez —miembro de la Real Academia Española y una figura imprescindible del teatro moderno español— ha hecho del escenario un lugar de pensamiento y transmisión, una auténtica escuela. Pero el paso del tiempo y el adanismo de ciertas generaciones jóvenes pueden poner a prueba esa capacidad de resonancia.
Quizá ese sea el verdadero desafío: que el teatro, como la universidad, siga siendo fuente de sabiduría y no torre de marfil. Francisco Ferrer. ¡Viva la Escuela Moderna! lo consigue gracias a su rigor, su belleza contenida y su fe en la palabra como forma de resistencia.

Francisco Ferrer. ¡Viva la Escuela Moderna! está programada de 13 de noviembre al 7 de diciembre en la Sala San Juan De la Cruz del Teatro de La Abadía -Madrid- más información AQUÍ
Texto: Jean-Claude Idée Dirección: José Luis Gómez
Reparto: Ernesto Arias, Jesús Barranco, David Luque y Lidia Otón
Traducción: Pollux Hernúñez Escenografía: Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán Iluminación: Pedro Yagüe Proyecciones: Jorge Vila Vestuario: Deborah Macías Música y espacio sonoro: Alberto Granados
Ayudante de dirección: Roberto Mori Ayudante de Producción: Maria Teresa Ferrara Realización de vestuario: Jota Studio y Paloma de Alba Realización de escenografía: Scnik Móvil y Miguel Ángel Infante (Utilería – Atrezzo)
Producción: Teatro de La Abadía



