Expandiendo los límites de la realidad

Expandiendo los límites de la realidad

Los límites del lenguaje son los límites del mundo

Wittgenstein

El progreso tecnológico a veces se nos queda grande. En ocasiones tendemos a pensar que podemos, y debemos, dejarnos guiar y ponernos en manos de un Skynet (Terminator) diseñado a la medida. El marco teórico es bueno, e incluso deseable si puede ayudarnos en la evolución personal. La posibilidad de delegar para así dedicarnos a establecer lazos y potenciar ciertos vínculos puede ser un buen punto de partida.

La discordancia aparece cuando comenzamos a perder la noción de lo realmente importante para dedicarnos solo a alimentar al monstruo. ¿Pero quién o qué es? Nosotros mismos nos hemos transformado en eso. Lo accesorio se convierte en primordial y lo básico queda relegado al segundo plano. O se difumina hasta desaparecer. Con todo, tampoco debemos pensar que todo ese mundo de información y relación virtual resguardado en el bolsillo va a comernos las entrañas. Hemos dejado, voluntariamente, de manejar la realidad inmediata y disponemos tan solo de una ilusión de control (tendencia a creer que se puede controlar o influir en factores sobre los que no tenemos posibilidad de intervención alguna), porque potencialmente llegamos a un punto de despersonalización tal que nuestro repertorio/capacidad de aprendizaje de conductas se ha extraviado sin saber bien cómo.

Nos hallamos frente a la pantalla esperando que la Red aporte algo que en la otra realidad nos falta. No es tiempo, no es reconocimiento. Es únicamente interacción sincera. Aunque haya quien piense, a veces, que el ciberespacio maquiavélico es un entorno de falsedad, vacío e indefensión, no es sino una ampliación de la realidad en la que habitamos. Con cada nuevo descubrimiento, la creación de una obra, la manifestación de una idea o la expresión de una emoción secundada por un receptor el límite de la realidad se ensancha. Las generaciones emergentes no conciben ya el espacio físico sin este reciente canal de comunicación. Algunos de los que aquí nos hallábamos, nos hemos ido adaptando a los cambios integrándolo en el día a día y aprendiendo a utilizarlo, en la medida de lo posible, en nuestro beneficio.

El principal, o tal vez único, obstáculo entre la pantalla y la interacción física estriba en la conciencia del otro. No hay demasiada diferencia entre lo que se comparte dialogando o tecleando. Los temas de conversación son bastante parecidos en vivo o en diferido. La reacción es lo que se modifica. El efecto de deseabilidad social (emisión de la respuesta esperable más que la real) casi desaparece o no es tan relevante detrás del teclado. La imagen se consigue por medio de la palabra, no recae únicamente en el nivel físico. Ahí es donde podemos permitirnos crecer y expandir los límites del lenguaje y del mundo, tal como postulaba Wittgenstein.

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Incluso podríamos aventurar una hipótesis: la brillantez de alguien extremadamente tímido en una situación social convencional, ¿podría ampliarse y desarrollarse de manera extraordinaria solo por el hecho de no estar expuesto públicamente? De aquí se extraen varias conclusiones. Una de ellas es el atropello y la exclusión sistemáticos de las personas que «son diferentes»; por eso, en la mayoría de las ocasiones, la mediocridad triunfa. Por otra parte puede conducir a que nos planteemos el valor/poder de la capacidad de escuchar y/o aprender algo de aquellos con los que coexistimos.

Una ventaja de esta nueva forma de interacción consiste en la posibilidad de pensar con tranquilidad y elaborar una respuesta adecuada con la que sorprenderemos, nos haremos entender o aportaremos algo al entorno relacional. Podría también interpretarse la aparente abstracción de la red como un entorno hostil en el que proceder con malicia amparados tras el supuesto anonimato. Es una posibilidad, pero a lo mejor más remota de lo que pensamos.

Al comenzar la interacción virtual la tendencia inicial es mostrar la imagen más encantadora que podamos dar. Intentamos ser aquella persona en la que realmente nos gustaría convertirnos. Y esto no es algo pérfido, al contrario. Al igual que en el entorno cotidiano iremos observando, por medio de la consistencia de opiniones, palabras e interacciones, qué tipo de personas tenemos enfrente. Y en base a eso (y habría de ser igual en la vida ordinaria) trataremos de efectuar la criba para saber a quiénes queremos tener al lado. No hay hasta aquí demasiada diferencia con lo que sucede en el otro sector de la realidad. Buscamos compartir sentimientos, emociones e ideas. Nos relacionamos incluso de manera más veraz. Algunas de nuestras interacciones posiblemente serán más fiables que otras de las habituales. Alguien que no nos conoce no tiene necesidad de halagarnos. Ni nosotros a otras personas. Establecemos vínculos espontáneos y francos y nos adherimos o no a una corriente porque así lo sentimos. No estamos sujetos a tanta presión social como en el exterior.

Podemos apreciar que hay comportamientos en los que la vida virtual y lo cotidiano tienden a unirse en ocasiones. Se habla de los mismos temas en los dos ámbitos, se busca la disparidad de opiniones siempre y cuando se haga de manera respetuosa con el interlocutor. Tiende a ser una realidad que aquella persona o grupo sistemáticamente ofensivo acaba siendo ignorado si ese es su modus operandi habitual. También hay quien utiliza esa vía como modo de expiar frustraciones y desavenencias personales pensando únicamente que ha de comportarse así como defensa ante potenciales ataques. Gastan tiempo y energía creyendo que el resto no tiene otro objetivo que atacar (la evidencia es que no es así: el otro no es tan importante como para desperdiciar tu energía en hundirlo).

Una de las ventajas que nos ofrece este modo de relación estriba en el desarrollo de la capacidad de escuchar/leer/empatizar sin interrumpir el discurso del interlocutor, cosa que, por el halo de egocentrismo que nos envuelve a veces, no somos capaces de hacer fuera y tendemos a interrumpir de manera sistemática. Sobre los inconvenientes de los que a veces se habla: aislamiento, celos del entorno o desconfianza acerca de la actividad que desarrollamos en la red son los mismos temores, más o menos desarrollados o distorsionados, que experimentamos en el mundo cotidiano en dependencia directa del nivel de madurez emocional de las personas.

La tecnología no es el problema. El conflicto surge en relación a cómo hacemos uso de los recursos a nuestro alcance y/o la dependencia que ello nos genere (que acaba siendo una dependencia emocional: nos sentimos menos solos, más aceptados y escuchados que en otros ámbitos. Aporta una cierta seguridad y reparación anímica, por eso necesitamos estar casi constantemente conectados, sentimos de ese modo que somos importantes y válidos para otros aun no conociéndolos a veces físicamente). La pregunta: si somos dependientes de algo, ¿por qué es? Intentamos buscar aquello de lo que carecemos y mostrarnos cómo nos gustaría ser realmente. «Esconderse» en la Red amparándose en el supuesto anonimato a lo mejor es una falacia. ¿Por qué si no en ocasiones exponemos hasta los aspectos más insustanciales o comprometedores, al descontextualizarse, de nuestra vida? Si queremos ocultarnos no hacemos eso. Buscamos sentirnos integrantes de algo, exponer aspectos de nuestra existencia que nos hacen sentirnos orgullosos, comunicarnos con otros y que sean parte del espejo en el que construir nuestra autoimagen cambiante.

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