La burguesía, pequeña burguesía o clase media bienestante tiene sus arrugas de expresión bien marcadas en el cine desde hace realmente mucho tiempo. Eva Van End, del director holandés Michiel ten Horn, se suma a la ya larga estela de films que pretenden poner el dedo en alguna llaga acogedora.
No estamos ante una gran obra, ni siquiera ante una pieza que se asiente firmemente sobre sus pilares de estructura narrativa. La película de Michiel ten Horn adolece de muchos defectos y nos depara alguna virtud.
Encarnan decentemente a los miembros de la disfuncional familia Van End actores, seguramente desconocidos para nosotros, del panorama audiovisual neerlandés. La propia Eva, Vivian Dierickx, hija de familia, es el pivote y encarnadura sobre la que giran sutilmente las vidas de los demás miembros.
Sus hermanos, Erwin, Tomer Pawlicki, el mayor y Manuel, Abe Dijkman y sus padres, Etty, la madre, Jacqueline Blom y Evert, Ton Kas, dan el peso y el poso familiar en el que se entremezclan conflictos latentes y patentes, traumas y alguna que otra obsesión.
Y finalmente, Veit, Rafael Gareisen, el revulsivo cuasi milagroso en forma de estudiante de intercambio alemán que, cual ángel exterminador empezará a asestar mandoblazos que doblarán y mellarán a los Van End por sus líneas de resistencia.
El planteamiento de la película no puede dejar de recordar a Teorema, de Passolini. Estamos muy lejos aquí de semejante logro y película, pero atisbos y visajes, sobre todo visajes, no faltan.
En efecto, han pasado casi sesenta años desde que se rodara la película del director italiano y las cosas han cambiado, en fondo y forma, en el tablero cuadrangular del escenario europeo del inconsciente colectivo.
Ahora todo es más lábil, fluido y directo, en cierto sentido. Lo que dio pie a arrebatos místicos y hondas censuras, aquí es más de canto rodado de playa familiar. Descenso a los infiernos no hay, descenso al semi-sótano de la burguesía europea, sí.
Todo se tambalea pero nada cae, los jarrones a salvar deben ser demasiado valiosos, al parecer, y vienen con una súper póliza anti-rotura.
La estructura de la película pretende ser geométrica, con varias simetrías en un mismo plano, que se cierran sobre sí mismas. Esto es, una esfera vital autosuficiente y portada como un balón en la mano por Veit, maestro de ceremonias.
Lo que ocurre es que debido a lo líquido de nuestro tiempo, las resquebrajaduras que antaño mordían sólido, buen sólido, ahora se diluyen en nuestro líquido, que a veces estoy tentado de calificar como de amniótico.
Así, el embarazo llegará a buen fin, con todos los tonos de comedia para-televisiva tan propios de tiempos en que el cine le está perdiendo la partida a la televisión.
Eva Van End, de Michiel ten Horn, se suma a la lista de pequeños desfallecimientos que uno tras otro nos ofrece la habitual cartelera de nuestro cine. Una más.
Eva Van End, de Michiel ten Horn (2012), se estrenó en España el 30 de enero de 2015.