Estética alienante en Max Stirner

Estética alienante en Max Stirner

El problema con Max Stirner es preponderantemente el otro. La preposición con hace la diferencia, porque el problema con Stirner es el otro, pero el problema de Stirner es el Yo como egoísta. El Único y su propiedad, obra capital de Max Stirner, al ser publicada en 1844 en Alemania produjo un revuelo de tan estruendosas proporciones que fue censurada y prohibida su reproducción y venta casi de inmediato retirando lo más posible de ejemplares en circulación, sin embargo, tras una inspección más cercana por parte de la censura se consideró la obra tan radical que no podría tratarse más que de una broma de mal gusto por lo que se permitió de nueva cuenta, de menos, la venta de los ejemplares ya existentes. Así es hasta nuestros días, en muchos sentidos, tomada la obra y los planteamientos de Stirner: como cosa absurda y extremista imposible de ser llevada a cabo. El egoísmo del Único de Stirner resulta tan insolente que poco estudiado ha sido en la historia de la filosofía. Bajo dicho paradigma los atacantes de Stirner aseguran que toda conclusión del filósofo alemán no puede ser ni cercanamente ética en tanto el otro se disuelve en la búsqueda de la satisfacción del egoísta. Mientras tanto, sus defensores, buscan explicar que la postura dura de Stirner responde a una dialéctica hegeliana que absorbía hasta la inanición al individuo.  Pero en honor a la verdad, hay que decirlo, Stirner bien puede entenderse bajo ambas situaciones. Efectivamente, Stirner no tiene empacho en asegurar que el otro está ahí para cumplir los caprichos del egoísta, pero también es cierto que tales posturas nacen como respuesta ultraradical al Espíritu hegeliano que disuelve entre la multitud a los individuos, o sea, a los sujetos individuales que no son más que partículas de un Espíritu englobante.

Así, Stirner es un filósofo empolvado en paradigmas incalculables, más aún cuando tan sólo posee una obra contundente y extensa. Sin embargo existen textos menores de fundamental importancia, tal es el caso de su ensayo Arte y Religión, pequeño escrito del que hace uso de la dialéctica hegeliana para exponer uno de los puntos más importantes para bien entender los principios del El Único y su propiedad: el arte como facilitador de la religión para escindir el yo del ser humano.

Stirner colabora asiduamente con el diario Rheinische Zeitung de Colonia, y es en éste donde publica Arte y religión (Kunst und Religion).

El presupuesto en Arte y religión es: el arte crea la religión, y la crea en tanto es él el que faculta la creación de ideales que sirven a la religión para escindir al hombre en y de sí mismo y hacerse de un lugar preponderante en la cultura en razón de que se reconoce como indispensable para el pleno desarrollo del ser humano. Ahora bien, así como el arte puede crear las religiones también puede destruirlas.

John Henry Mackay en la biografía más extensa y cuidada de Stirner, intitulada, Max Stirner. His life and his work, sostiene que bien apunta Stirner que Hegel entiende primero el arte antes que la religión, y lo es de tal modo porque el arte es ideal encarnado que desemboca en religión.

El artista ha descubierto por fin la palabra justa, la imagen justa, la visión justa de lo que todos anhelaban: es el ideal.”[1].

De aquí nace la escisión más dolorosa del ser humano, escisión de la que nace y se aprovecha la religión. Max Stirner considera que es connatural en el hombre tener esta sensación de dualidad, es decir, de que existe un otro además del yo, en otras palabras, un yo ideal, un yo que debe ser.

De este presentimiento surge el artista que da forma y figura a esta sensación creando el ideal. El arte es ideal objetivado del que se hace la religión. Ese yo segundo es ideal, un yo ideal, un yo que el arte dice al hombre que debe alcanzar. Eso que debe alcanzar, o mejor dicho, que siente que debe alcanzar, es el ideal dictaminado por el arte y soportado por la religión. Sin embargo este objeto debe ser misterioso todo el tiempo, de lo contrario pierde la curiosidad y la obsesión del ser humano. Tan natural es este presentimiento como, ya una vez escindido, el buscar religarse consigo mismo, pero en este punto el hombre que quiere religarse, más que consigo mismo, aunque eso es lo que cree, busca y quiere ligarse al ideal. Aquí la religión hace su triunfal entrada, ella se postulará como el gran medio para reconciliar este presentimiento; la religión, ayudada por el arte, asegura que acerca al hombre con el ideal, con Dios. La religión como religamiento con Dios, con el ideal.

El ser humano no se basta a sí mismo, no se siente contento consigo mismo y por eso se inclina por alcanzar el ideal de hombre, he aquí la tragedia, buscar un otro dentro de mí que al mismo tiempo soy yo, pero un yo ideal. Algo así como el “yo es otro” de Rimbaud. Pero no existe ansiedad asfixiante en esto, cuando el hombre no sabía del ideal sufría, pero ahora “suspira satisfecho; pues el tumulto de sus adentros se ha calmado, el presentimiento inquietante ha sido arrojado hacia afuera como figura: el hombre se encuentra frente a frente consigo mismo.”[2] Existe más calma que cuando nada más sentía la escisión, que en los tiempos en que andaba sin saber a qué ideal o a qué objeto dirigirse. Ahora, esto ni cercanamente asegura que el hombre esté feliz, sólo está más calmado por decirlo de alguna manera. El humano sabe que ese yo ideal se encuentra dentro de él, pero está fuera de su capacidad, fuera de su alcance, tiene que alcanzarlo, como si estuviera afuera, tiene que correr hacia él, ayunar por él, luchar por él; tiene que hacerlo porque su yo que sabe que está dentro de él mismo de alguna forma está afuera, es como si dentro del sujeto estuviera el cuenco, el recipiente exacto, que contendrá ese yo que está afuera. “El arte crea escisión enfrentando el hombre al ideal, y la visión del ideal (…) se llama religión.”[3] El hombre necesita de la religión para reapropiarse de ese objeto que está fuera de él. La religión ofrece la falsa promesa del reencuentro. Siempre se necesita de la religión porque nada más terrible, asegura Stirner, que estar fuera de sí.

(…) y fuera de sí está todo aquel que se tiene a sí mismo por objeto sin poder acabar de fundir ese objeto consigo mismo y aniquilarlo en tanto que objeto, en tanto es algo que tiene enfrente y que se le resiste. El mundo religioso vive en los gozos y los sufrimientos que ese objeto le depara; (…)”[4]

Pero la religión no es racional, dice Stirner, sino intelectual, como tal entonces no es ni libre ni genial. No existen genios religiosos en tanto para ella todos están al mimo nivel, por debajo del fundador, sólo el fundador es genial.

Stirner se pregunta ahora por la cuestión del amor, ¿acaso no es el amor el centro de toda religión y el amor no es cosa sino del sentimiento y no del intelecto? No, la respuesta en Stirner es no. El amor tiene que ver con el intelecto, no con la razón ni propiamente con el sentimiento, “porque en el reino de la razón no hay amor”[5], en tanto el amor deviene del incremento del intelecto. El amor necesita de un objeto, pero un objeto enfrente, igual que el intelecto necesita de objetos para desenvolverse: “porque éste solo tiene pensamientos acerca de un objeto, porque sólo conoce la meditación y la devoción, no los pensamientos libres, <<racionales>> o sin objeto, a los que tiene más bien por <<quimeras filosóficas>> y los condena.”[6] El amor es cosa del intelecto, ambos necesitan de un objeto para ejecutarse. Sin embargo existe cierto capricho en el actuar del amor y el intelecto. Si lo que enfrente está deja de ser misterioso o novedoso, pierde el interés. La religión siempre mantendrá bajo un velo de misterio el ideal, sus modos y maneras, sus formas y figuras, precisamente porque una vez perdido el misterio se pierde el amor y el interés, luego, la religión en este encubrimiento hace de las cosas que son propias de razón un ejercicio simple del intelecto curioso y el sentimiento. Aquellos misterios que el hombre debiera razonar y filosofar con profundidad son presentados como dogmas misteriosos inamovibles solamente asequibles al amor ciego.

Pero arte y religión siguen siendo cosas diferentes, uno crea el ideal, el otro se apropia de él, mientras que el primero lo expulsa de sí, es decir, mientras que el arte es expulsado por el artista  a manera de exorcismo, la religión se apropia del objeto, del ideal y lo usa para hacer propaganda misteriosa de su promesa de reconciliación de la escisión del hombre. Al final el arte está al principio y al final de la religión. La crea, la mantiene y la renueva cada vez.

El arte se ha levantado, ha creado y ha destruido ya religiones antiguas con miras a derrocar las nuevas religiones.

El arte despierta de su sueño creador y pide de nueva cuenta su creación entera, no sólo los objetos idealizados sino la religión entera. Este arrebato no se da de cualquier forma sino comediantemente, es decir, juega con lo sagrado del arte y le despoja de toda solemnidad: “y jugueteando presenta toda la seriedad de la vieja fe como una risueña comedia, porque esa fe ha pedido la seriedad del contenido, que tuvo que devolverle al alegre poeta;”[7]

Por su parte la filosofía no tiene un objeto enfrente como la religión ni lo crea como el arte, “sino que pone la mano devastadora sobre toda fabricación de objetos, así como sobre la entera objetividad misma, y respira entera libertad.”[8] La razón sólo se ocupa de sí misma, ningún objeto le es importante ni interesante. La filosofía es el instrumento del egoísta, o tal vez el egoísta el sujeto de la filosofía.

En el Único o el Egoísta de Stirner, que en el ensayo de Arte y religión se esboza disfrazadamente como el filósofo, existe cierta identificación con el otro, el Egoísta frente al Egoísta, existe una identificación emotiva con el estado de ánimo del otro Egoísta, pero, y aquí lo propio de Stirner, a final de cuentas no le importa.

El Egoísta de Max Stirner no se escinde más, se basta a sí mismo y se reconoce en él, para él y por él. ¿Será en este sentido que el pensamiento contemporáneo debe reconsiderar su ethos? ¿Será que en este egoísmo nihilista podremos como especie deslindaros de la cultura y reconocer la vacuidad del otro?

“Enséñame un pecador en el mundo, si ya no se necesita satisfacer a un superior. Sólo necesito satisfacerme a mí; así, no soy ningún pecador si no satisfago mis pretensiones, pues en mí no hago daño a nada <<sagrado>>; si, por el contrario, debo ser piadoso tengo que satisfacer a Dios, tengo que actuar humanamente, tengo que hacer justicia a la esencia del hombre, a la idea de la humanidad, etc. Lo que la religión llama <<pecador>>, es lo que la humanidad llama <<egoísta>>.”[9]


[1] Stirner, Max, Escritos menores, Tr. Luis Andrés Bredlow, España, Pepitas de calabza, 1ª edición en español, 2013, 68 p.p.

[2] Ibíd., 69 p.p.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd., 79 p.p.

[5] Ibíd. 73 p.p

[6] Ibíd. 75 p.p.

[7] Ibíd.

[8] Ibid. 82 p.p.

[9] Stirner, Max, El Único y su Propiedad, Tr. José Rafael Hernández Arias, Madrid, España, Valdemar, 1ª edición, 2004, 436 p.p.

Autor

Diego Eduardo Merino Lazarín
Diego Eduardo Merino Lazarín, nacido en el año de 1985 en la Ciudad de México, a temprana edad comienza a satisfacer su curiosidad por el arte, la literatura y la filosofía aprendiendo de sus mentores Leopoldo Ayala e Iván Leroy, poetas mexicanos, Pavel Amílcar, músico y Luis Ramaggio, curador independiente. A la par de sus inquietudes por las Bellas Artes, de manera autodidacta, profundiza en el camino de las horrorosas artes del cine de terror. Comienza sus estudios filosóficos en la Universidad La Salle donde conoce acerca de los principios gnósticos del cristianismo primitivo gracias a su Maestro Jorge Bonilla, asimismo tiene su primer acercamiento con la obra de Schopenhauer y Nietzsche, figuras que lo llevarán a la búsqueda de lo que llama Filósofos Malditos: Sade, Caraco, Linkola, etc. Más tarde continúa sus estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México en la Maestría en Filosofía en el área de ética dedicando sus estudios a la obra de Max Stirner siendo discípulo del Dr. Herbert Frey. Actualmente, en complicidad con otro filósofo mexicano, Slaymen Bonilla, se encuentra en la elaboración de un libro sobre el Pesimismo Utópico a través de los Filósofos Malditos, así también, individualmente, es colaborador de artículos para la revista en línea de Mórbido Film Fest y profesor de filosofía de la Asociación Mexicana de Haidong Gumdo.

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