¡Esta noche, gran velada!: (¡Kid Peña contra Alarcón, por el Título Europeo!), deFermín Cabal, es un drama estrenado en 1983 que ahora recupera el Teatro Español como homenaje a su sólido trabajo como autor, director, adaptador y docente. La encargada de poner su obra en escena ha sido la directora Pilar Valenciano.
Valenciano, que ya demostró tener un pulso excelente en el montaje de El perro del teniente, de Josep M. Benet i Jornet, consigue crear una atmósfera inquietante hasta el escalofrio, donde un hombre hace gala de su poder infinito, rodeado de mercenarios que acatan sus órdenes sin rechistar. Algo de esto también está presente en la pieza de Cabal.
El cine —y especialmente el americano— ha dejado títulos memorables sobre esos juguetes rotos que son los boxeadores: hombres que escogen esa profesión como única vía de escape en barrios conflictivos. El título de Cabal podría encajar perfectamente en ese género.
La obra es un drama intimista que transcurre íntegramente en el vestuario donde Kid Peña se prepara para el combate de boxeo en el que se disputa el título europeo con Alarcón. La pelea, sin embargo, está amañada con un fin meramente comercial: vender una revancha posterior en la que Kid se haría con el título.
En principio, todos parecen estar de acuerdo con este plan, pero un detonante sentimental hace que el boxeador quiera renunciar a la pelea y abandonar el boxeo para siempre. Durante la función iremos descubriendo por qué esta renuncia es imposible: porque, sin saberlo, forma parte de un engranaje que decide por él.
La atmósfera asfixiante que debería respirarse en ese vestuario no termina de sentirse. Tal vez porque la proyección inicial entra con tanta fuerza que deja a Sony Soplillo (Mario Alonso), el primer personaje en aparecer, perdido en un escenario demasiado grande. Ni la incorporación del entrenador Marcel Esparza –Daniel Ortiz– y el boxeador Kid Peña –Francisco Ortiz– logra llenar ese espacio.
Falta el rito previo al combate entre el púgil, entrenador y su ayudante. Los tres actores caminan de un lado a otro del escenario como si estuvieran haciendo tiempo en un aeropuerto. Este movimiento diluye la entrada del agente del boxeador, Ángel Mateos (Chema Ruiz), que no interrumpe nada, e incluso tiene margen para mantener un descortés diálogo con su amante, Marina Marín (Marta Guerras). Deja claro que el que paga manda, y que el poder conlleva derecho a humillar, pero esa humillación no termina de sentirse en escena con el desprecio que implica.
La primera escena en que se percibe intimidad, y lo bien hilado del diálogo es cuando el agente simula ser la madre del púgil, representando su reacción al recibir la noticia de que su hijo ha abandonado la pelea y el boxeo. En la interpretación de Francisco Ortiz y Chema Ruiz se percibe el verdadero peligro que representa un contrato que va mucho más allá de una colaboración profesional.
De la misma altura está el diálogo entre Kid –Francisco Ortiz– y la amante del representante Marina Marín –Marta Guerras-, donde caen las caretas y se revela que el púgil no es más que un chico de pueblo manipulado, y ella una mujer lista, guapa y hábil, pero limitada por su condición. Ocupa un lugar privilegiado mientras no olvide nunca por qué se le permite estar allí. La crudeza de la escena los cosifica a ambos, los reduce a lo que se les permite ser, a merced de su fuerza o su belleza. Y, sin embargo, la sensualidad que desprenden los dos jóvenes actores ofrece una romántica idea de libertad.
Finalmente, todo vuelve a su cauce con la aparición del todopoderoso Achúcarro(Jesús Calvo), promotor de la velada, que deja claro que su poder está por encima del bien y del mal, sin necesidad de apelar a leyes que tanto asustan al ciudadano de a pie.
¡Esta noche, gran velada! (¡Kid Peña contra Alarcón, por el Título Europeo!) está programada del 8 de abril al 25 de mayo de 2025 en la Sala Pequeña – Margarita Xirgu del Teatro Español.
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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