Los hombres regresaban antes de las primeras nieves. Al principio, les costaba reconocer a sus esposas en esas jóvenes de rostros endurecidos que esperaban en el puerto, pero, tras un momento de vacilación, las estrechaban entre sus brazos con cuidado, como si fuesen ramas secas a punto de quebrarse. Luego se sucedían las frases acostumbradas, las mismas sonrisas tibias y el mismo camino hacia las cabañas.
Esa noche se cenaba pronto, los niños comían sin levantar vista del plato y se les mandaba a acostarse antes de lo habitual.
Ya en el dormitorio, los maridos apagaban las luces y se desnudaban deprisa. Ellas habían aprendido a hacer el amor con los ojos abiertos, adivinando a oscuras cada ruido de la casa: el crujir de un mueble, un grifo que gotea o el ronroneo solitario del frigorífico.
Así pasaban los inviernos y llegaba la primavera con una nueva despedida. Las mujeres aguardaban en pie en el muelle, pendientes de las últimas maniobras. Cuando finalmente arrancaban los motores, dejaban caer los brazos a ambos lados del cuerpo. Una brisa repentina recorría sus manos. Las iban sintiendo más y más ligeras a medida que el barco se alejaba.



