Escritos de Egon Schiele (La micro, 2014)

Escritos de Egon Schiele (La micro, 2014)

Portada Schiele.inddEl panorama editorial necesitaba un proyecto como La micro, que en sus dos años y pocos meses de andadura ha publicado cuatro títulos que merecerían cada uno una reseña: las “Cartas 1883-1903” (2013) entre Camile Pissarro y su hijo Lucien, “Lo moderno de nuevo. Arquitectura en Asturias 1950-1965” de Fernando Nanclares y Nieves Ruiz y el catálogo de “Tropologías” (2015) de Andrés Pachón. El cuarto en discordia es el que ahora presentamos, Escritos 1909-1918 de Egon Schiele, en traducción de Carla Carmona y acompañados por las principales creaciones de ese período.

En veintiocho años a Schiele le dio tiempo a codearse con Gustav Klimt y los pintores, críticos y mecenas más importantes de la Sezession vienesa, crear algunos de los cuadros más inquietantes sobre el cuerpo humano por su desafío (formal y moral) a los cánones y ampliar así los horizontes del arte, pero también a pasar por la cárcel acusado de corrupción de menores y pintar obras pornográficas, participar en la I Guerra Mundial y morir de gripe española días después de que lo hiciera su mujer embarazada.

Los textos seleccionados recogen, como reza el título, la época más fecunda de Schiele (Tulln an der Donau, Austria, 1890 – Viena, 1918) en lo pictórico y más interesante en lo personal, entre 1909 y 1918, es decir, desde la fundación del Neukunstgruppe hasta la muerte del pintor. Según indica la propia Carmona en su introducción, los escritos de Schiele muestran su “singular cosmovisión” y, al mismo tiempo, “los entresijos del mundo del arte finisecular de aquella Viena efervescente y multidisciplinar”, la ciudad de Wittgenstein, el arquitecto Adolf Loos, y Mahler y la Segunda Escuela de Viena en música. A través de estos escritos lo vemos encarnarse en algunas de las contradicciones de ese tiempo: reconoce el espíritu decadente de la ciudad y se refugia en la soledad y el bosque, pero necesita vender sus cuadros para mantener la independencia y, así, se pasa la vida entrando y saliendo de los círculos de la época con la misma rebeldía con que entra y sale de los grupos artísticos o con que alaba y se distancia de Klimt.

Quiero irme de Viena, muy pronto. ¡Qué horrible es todo esto! Toda la gente me tiene envidia y es insidiosa conmigo; antiguos colegas me miran con ojos falsos. En Viena hay sombra; la ciudad es negra, todo está prescrito. Deseo estar solo. […] Tengo que ver cosas nuevas e investigarlas. Quiero probar aguas oscuras, ver árboles crujientes, aires salvajes. [Carta a Anton Peschka, 12 Mayo 1910]

El Schiele que presentan sus escritos no es un pintor arrebatado por lo mundano ni un suicida romántico sino un vitalista convencido, asqueado de la ciudad, que busca constantemente la conexión con los elementos de la naturaleza, con la carga jovial y trágica que eso supone; un nietzscheano que encuentra en el arte un nuevo modo de religiosidad al margen del capitalismo, del Estado y de la moral, aunque exige que la obra se contemple como en un “templo” y que sobren las explicaciones.

La sensación suprema es religión y es arte. La naturaleza es el fin; pero allí está Dios, y yo lo siento fuerte, muy fuerte, fortísimo. Creo que no hay arte “moderno”; solo hay un arte, y es eterno. [“Boceto para un autorretrato”, Julio 1910]

Quedan patentes una noción del arte como un todo con el cosmos, la visión del artista como un elegido, uno de los “pocos”, de los “grandes”, para la contemplación -casi platónica, o quizá schopenhaueriana- inmediata de la luz (en un sentido natural pero también como sinónimo de “intelecto”) y la apuesta decidida por un nuevo tipo de artista, un “eterno niño” en el sentido nietzscheano.

Yo, eterno niño, siempre seguí el paso de la gente ardiente y no quise estar en ellos, decía; hablé y no hablé, escuché y quise escucharlos fuerte o más fuerte y mirarlos dentro.

Yo, eterno niño, ofrecí sacrificios a otros, a quienes compadecía, a otros, que estaban muy lejos o no me veían a mí, vidente. Les llevé regalos, les envié ojos y viento tembloroso reluciente al encuentro, les abrí caminos superables y no hablé. Pronto reconocieron algunos la mímica del que ve dentro y ya no preguntaron más. [“Yo, eterno niño”, 6 Enero 1911]

Por si no son suficientes argumentos para interesarse por el libro, esta teoría del arte como una iluminación doble -la que el artista recibe de las cosas y la que el artista devuelve a los cuerpos- también tiene un lado escabroso, morboso: en plena decepción tras su paso por la prisión y la polémica suscitada en torno a sus dibujos de niños desnudos, desencantado de nuevo de la ciudad y sin dinero, escribe en su diario en 1912:

Hay que haber visto y vivido el mundo aún con ojos ingenuos, puros, para tener una gran cosmovisión […] Hay quienes han de vivir por libros y quienes existen por sí mismos; ¿quiénes son los mejores?, es evidente. Pocos ven el sol […] Ella era pequeña y a través de mí se agrandó palpablemente. Aquello que quiere impedir su surgimiento está poseído de malas intenciones. Envidia a aquellos que en el mundo ven algo bello en todo.

Escritos 1909-1918. Egon Schiele. Trad. de Carla Carmona. Madrid: Lamicro 2014. 157 pp. 17,90 Euros

Autor

Federico Ocaña
He publicado Desprendimientos (Amargord, 2011). Mis poemas han aparecido en La sombra del membrillo, Cuadernos del matemático, Heterogénea, Sol negro, etc. y en Ochenta & 3 (antología en prensa, coord. Hipólito García “Bolo”). He ofrecido recitales en Expoesía de Soria, La Noche en Blanco, universidades, bibliotecas y centros culturales y colaborado como músico con Mª del Mar Ocaña en Almendra (Amargord, 2010), de Luis Luna y Lourdes de Abajo -ilustraciones de Juan Carlos Mestre y pórtico de Antonio Gamoneda, y como artista visual en “Equivocación” (2012) con Irene Tourné. Con Arantxa Romero, Pablo Álvarez e Irene Tourné he fundado el grupo Fractal. Soy Licenciado en Filosofía, Máster en Pensamiento español e iberoamericano (UCM) y ultimo el Grado de Lenguas modernas.

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