En La leyenda del espacio, José Juan Rodríguezexpone la más dura de las batallas, en la que no hay tregua, ni cobijo, como es la que libramos con nosotros mismos durante nuestra vida entera. Un diálogo interior que no precisa de lugar, ni momento apropiado. Inclemente, no nos permite disculpa, porque cuenta con todos los datos de cómo somos.
El actor recibe al público pegado a la pared, al lado de la puerta. Ocupando el menor espacio posible, comienza su disertación consigo mismo, con la naturalidad de quién no precisa calentar motores como en un suma y sigue, mira, al público, y al resto del espacio escénico con sus paredes pintadas en negro, con el único objeto de una bicicleta.
ARodríguez, y al que siempre le acompaña, les preocupa el tiempo, y el espacio. El tiempo porque todo está medido; una función, un posado para unos alumnos de dibujo, parece como si estas acotaciones completaran su significado de los actos, porque si se puede medir su duración, también se puede determinar un antes y un después, al contrario de la muerte que, nos puede sorprender en cualquier momento.
En su intención de ir ocupando el espacio escénico del que habla, ajeno a que el pequeño espacio que ocupa es ya, un espacio escénico.
En La leyenda del espacio, José Juan Rodríguez
José Juan, tiene algo de duende sabio y tozudo, y sabe exteriorizar muy bien cuando su personaje toma una decisión, en este caso con la simple postura de dejar caer su torso a un lado, iniciará la ocupación del resto del espacio, se dejara caer, correrá en círculos, a cuatro patas, poniendo de manifiesto el dominio absoluto de su cuerpo, en un ejercicio de expresión corporal, a la altura de su voz, que maneja en movimiento, o cuando no lo hay, sin denotar fatiga.
El actor una vez demostrado su extraordinaria puesta a punto, se plantea su condición de actor e insiste en señalar que él dice, lo que “pone”, y hace lo que le “dicen”, y en esa acción su voz y su cuerpo son prestados al servicio de la voz de un tercero, al que él, ni juzga, ni considera suyo el discurso, de alguna forma es como esa bicicleta de la que afirma abandona con una cadena atada a un árbol o una verja, y cuando le es precisa, está allí esperando, la libera y vuelve a casa montado en ella, como dueño pleno que es de la máquina.
Todos le entendemos cuando cuenta, que si le asalta un recuerdo de algo que ha hecho él, no le gusta y siente vergüenza, se levanta y hace un gesto con la mano, como queriendo sacudirse el recuerdo, que de pronto se ha hecho presente, olvidando que el recuerdo es únicamente suyo, y el hecho es remotamente imposible que alguien lo recuerde en ese preciso momento
Afirma que las palabras repetidas, pierden su sentido cayendo en un vacío. No se puede decir mucho mas de la Leyenda del espacio, porque José Juan Rodríguez, igual que hace que parezcan sencillos los movimientos que ejecuta, para los que se preciso pericia y disciplina, plantea este dialogo existencial interior, con una sencillez que desarma, y sacando todo el encanto seductor que tiene sobre el escenario, y el mensaje llega al público cristalino, en la medida que se identifique.
En La leyenda del espacio, José Juan Rodríguez
Leyenda del espacio, se representará del 13 al 17 de septiembre en el Teatro del Barrio -Madrid-
Dirección de producción: José Juan Rodríguez Ayudante de dirección: Alexis Becker
Imagen y fotografía: Carla Maró y Cecilia Martínez Colaboración en ensayos abiertos: Sala Exlímite
Agradecimientos: Nacho Vera, Lucas Condro, Rodolfo Sacristán y a todos los que se prestaron a venir a mirar durante los ensayos abiertos.
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
“Los hombres de Putin” de Catherine Belton, nos regala una investigación profunda sobre el ascenso de Vladímir Putin y cómo el KGB secuestró el Estado ruso.
Reunion recuerda que el daño solo puede ser evaluado por quien lo sufre, y que comprender no equivale a justificar, ni perdonar es una obligación moral.
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